Felipe IV Capeto, conocido como El Hermoso, sucedió a su padre –Felipe III el Atrevido–, en 1285, y ya era rey de Navarra y Duque de Champaña, contó entre sus muchos éxitos el haber normalizado las finanzas del reino con la expulsión de los judíos, la supresión de la Orden del Temple (los Caballeros Templarios) y haber puesto en prisión al Papa Bonifacio VIII –fallecido poco después–, trasladando la sede Pontificia de Roma a la ciudad de Aviñón. Y todo eso teniendo en cuenta que apenas se ocupó de los asuntos de estado, dejándolos en manos de sus consejeros, limitándose a ser piadoso, aficionado a la caza y muy cuidadoso a la hora de darle lustre al linaje de su familia. Del matrimonio con Juana I de Navarra, nacieron dos hijas, que no se caracterizaron precisamente por su piedad sino por su liviandad en las cuestiones del amor.
La más famosa de sus hijas –por la liviandad de sus costumbres sexuales–, fue Ana Isabel, a la que se la apodaba La Loba –haciendo alusión al nombre dado a las prostitutas en Roma–, y fue la que casó con Eduardo II de Inglaterra, hijo de Eduardo I Zanco Largo (Longshanks) Plantagenet, ambos inmortalizados en el filme Braveheart, referido a la historia de William Wallace, el patriota escocés.

Más allá del hecho que el joven Eduardo era un gay extremadamente afeminado, Ana Isabel no responde a la imagen idílica con que la recreó Mel Gibson en su film, por más que el personaje de Wallace haya tenido un encuentro amoroso con ella. De hecho la joven esposa del rey de Inglaterra lo despreciaba delante de todo el mundo, y todo el reino estaba enterado que tenía un romance con Roger de Mortimer.

Sophie Marceau en el papel de Ana Isabel, en el filme Braveheart
El 24 de junio de 1314, en la localidad escocesa de Bannockburn, a las nueve de la mañana y con el sol alto, tuvo lugar el encuentro entre las tropas de Eduardo II –el “yernito” andrógino de Felipe IV–, y Robert de Bruce, y sus escoceses, que terminaban con esa batalla que duró seis horas, una larga y dura guerra por la independencia de Escocia, a partir de la cual el vencedor pasaría a ser conocido como Robert I of Scotland.
El destino del dulce Eduardito, estaba sellado. Ana Isabel, que no se andaba con chiquitas, pidió a su amado, el caballero Roger de Mortimer, que reuniese un ejército e invadiera Inglaterra.
El amor, todo lo puede: la invasión se llevó a cabo, y el rey fue hecho prisionero por los oficiales de Mortimer. El 21 de septiembre del mismo año fue asesinado cruelmente, por orden de su dulce y ardiente mujercita, habiendo sido empalado vivo en un hierro candente en el castillo de Berkeley, en Gloucestershire, para luego ser presentado a los súbditos por Ana Isabel, que terminó asumiendo el trono, y enterrado con todos los honores de un rey muerto, puesto que en apariencia no mostraba signos de tortura alguna. Indudablemente, la nena de papá, sabía cómo debían hacerse las cosas en Inglaterra.