Esta es, posiblemente, la más dañina de todas las falacias ya que hasta se ha pretendido darle un marco teórico. El mismísimo ?padre del psicoanálisis?, Sigmund Freud, creó una teoría a partir de la observación de que las niñas pequeñas para masturbarse, se frotan el clítoris y las partes de la vulva más cercanas a éste.
Mito y falacia, sostienen que: hay dos clases de orgasmo, el clitorídeo, que se produce por estímulo manual, lingual o labial del clítoris y el orgasmo vaginal, que sobreviene merced al contacto con el miembro del hombre que penetra a la mujer. De estos dos, sólo el vaginal es verdadero, porque el que provoca la estimulación del clítoris es inmaturo, neurótico y escaso.
Freud creía y sostenía ?el muy cabroncete?, que la masturbación era una práctica inmadura y opinaba que las mujeres mayores debían, por fuerza, aprender en alguna forma a transferir la sensaciones sexuales a la vagina, para poder así disfrutar de las relaciones sexuales.

Esta teoría falaz fue aceptada sin críticas ?al Unkle Sigi no le gustaba que lo contradijeran y lo criticasen?, y defendida por muchos de sus discípulos. Y al mismo tiempo otros muchos científicos la han combatido y rebatido, subrayando que en la vagina carece en gran medida de nervios terminales que conducen las placenteras sensaciones sexuales, en tanto que esos nervios son abundantes en la región del clítoris, por lo que no es desencaminado deducir que el clítoris, en el momento del refocilgue, debe estar presente durante toda la vida de la mujer, como el mayor centro de sexualidad.
Este tema dejó de ser controvertido a partir de los estudios de Master & Jonson, que probaron que, en cuanto a reacción física, un orgasmo es un orgasmo , y no importa adónde se produzca.

De hecho he conocido a muchas mujeres en mi vida. Ninguna de ellas se ha privado del placer de estimularse, en los juegos sexuales o pedir que su pareja lo haga por ella, para incrementar el placer en el momento de esa exhibición de fuegos de artificio que estalla dentro nuestro cuando llegamos al orgasmo. Me sumo a la legión de mujeres que tienen la honestidad de admitirlo y, como ellas, confieso haber pecado, y bien que me gusta el jueguecito. Mea culpa.
Claro que he leído las notas de Simón y de Silvia acerca de la masturbación, y desde la historia, se puede comprender tanta cerrazón respecto de un componente de nuestra conducta y nuestra fisiología, que durante siglos ha estado condicionado por reglas morales que han llevado a la falacia.
Esperad a la próxima, que os dejará boquiabiertos respecto de la cantidad... Mientras tanto, os dejo un beso afectuoso.