El rey Felipe V, de España fue un monarca poco común. Definitivamente, era un hombre dotado de un temperamento ardiente, por más que las reglas del ceremonial indican que los monarcas han de ser mesurados.
A él no le interesaba serlo, porque al fin y al cabo era el rey.
Casado con María Luisa Gabriela de Saboya, una hermosa mujer de la época, se puede decir que la dejó de cama, en la cama. La pobre vivía agotada, durmiéndose en las recepciones quizás, porque su marido el rey la requería de amores cada vez que se la cruzaba en palacio.
Con María Luisa tuvo cuatro hijos, de los cuales sólo sobrevivieron dos, tal como era común en esa época, y Su Majestad no paraba porque estaba enamorado de su mujer y porque no podía refrenar sus impulsos sexuales.

Para colmo de males, la pobre María Luisa enfermó de tuberculosis ?una de las enfermedades que más mortalidad causaba sin distinción de rango, clase o condición social?, y era tal la obcecación de Felipe, que exigía hacerle el amor aunque estuviese tuberculosa y hasta cuando los médicos le advirtieron que su estado era de extrema gravedad.
María Luisa tenía sólo 26 años cuando murió, y aceptó a su esposo el rey en su lecho hasta pocos días antes de ser requerida por Su Creador.
Las crónicas no han registrado si luego de enviudar, su majestad el rey se consiguió una o varias amantes para sosegar sus ardores, pero lo cierto es que volvió a casarse, esta vez con Isabel de Farnesio , una mujer no muy agraciada si se la compara con María Luisa, pero que supo canalizar el temperamento real y sacar partido de su insaciable necesidad de tener sexo en cualquier lado y a toda hora.

Intrigante, manipuladora, hábil y voluptuosa, Isabel lo complacía en todas las veces que fuera necesario, pero al mismo tiempo iba creando una dependencia del monarca hacia ella que lo sometía a sus más ínfimos caprichos, con lo que llegó a ejercer gran influencia en la política de España. Los dichos populares, la mayor parte de las veces, nos aportan grandes verdades: ?A cada chancho le llega su San Martín?, dicen en España. Pues bien, a Felipe V, El Insaciable, también.