En la historia de las familias reales europeas hay muchos asuntos de esos que mejor ni hablar. Trapitos sucios que sólo se ventilaban de puertas para adentro y personas en situaciones comprometidas, que es preferible olvidar.
Tal el caso del rey Carlos VI, apodado El Desafortunado y, más chacotonamente Chale Loco, nacido en 1368 y muerto en 1422, que contrajo matrimonio con Isabeau de Wittelsbach (Baviera) el 17 de julio de 1385, y que resultó ser una de las reinas más impopulares de Francia. El casamiento se concretó para lograr una alianza, pero terminó muy mal cuando la bellísima y licenciosa Isabeau –que además sucumbía al pecado de la gula–, empezó a hacerse una malísima reputación cuando le puso los cuernos al rey nada menos que con su hermano menor Luis, Duque de Orleáns, y en aquella unión concibieron al delfín y futuro Carlos VII El Cobarde, que consiguió su trono merced a Juana de Arco pero que cuando consiguió acomodar su regio trasero en los cojines, con absoluta ingratitud la dejó morir en la hoguera.

Cierto es que el joven Carlos tenía sus razones para ser como era. Su mamita, Isabeau, era tan malévola, que no vaciló en proclamar posteriormente que su nene era un bastardo, y lo hizo simplemente para asegurarse una pensión vitalicia que le permitiera seguir manteniendo a sus amantes y atiborrándose de comida.
Hay que recordar que en una fría noche de otoño 1407 se hallaron los cuerpos de tres hombres asesinados. Con uno de ellos, quienes fueran los que lo mataron, se habían ensañado, reventándole la cabeza y cortándole la mano derecha.

En París, este tipo de cosas eran habituales. Agresiones, robos y homicidios hacían que la vida en la ciudad, especialmente de noche, resultarse sumamente peligrosa. De modo que el caso hubiera pasado como uno de los tantos delitos cotidianos, si no se hubiese puesto atención en las ropas del que había terminado con una mano menos y el cráneo aplastado, que no era otro que el Duque de Orleáns, Luis, hermano del rey Carlos.
Aunque los sospechosos eran muchos, el más interesado en que Luis desapareciera de la faz de la tierra era Juan, Duque de Borgoña, primo hermano tanto del rey como del occiso, que ambicionaba tener un papel más destacado en el gobierno de Francia, dado que Carlos estaba majareta perdido y cada vez con más frecuencia debía delegar los asuntos de estado y Luis, como vimos, le había ganado de mano gozando de los favores de la reina, la hermosa, voluptuosa, glotona e inescrupulosa reina. Por otro lado, una cosa era ser hermano del rey y otra muy distinta primo, y para colmo de males en todo París se sabía que las relaciones entre él y su primo Luis no eran de las mejores.
Una investigación llevada a cabo por los partidarios del Duque de Orleáns y dirigida por su viuda, la italiana Valentina Visconti, descubrió que los asesinos se habían refugiado en el castillo de Artois, residencia oficial de Juan. Antes que llegaran las tropas a registrar su mansión, el Duque de Borgoña admitió ser el instigador del crimen y aunque los seguidores de Luis y su viuda reclamaban un castigo ejemplar, se le ofreció que luego de haber confesado ser el responsable, se arrepintiera solemnemente, hiciera una petición de clemencia y un ofrecimiento de reparación, a fin de que el rey –loco como estaba–, le concediera el perdón.
Pero el Duque no hizo nada de eso. Rechazó toda posibilidad de arrepentimiento, no pidió clemencia ni ofreció reparación alguna. Se limitó a orquestar una campaña para denigrar la memoria de su primito, por medio de discursos, cartas públicas y maledicencias varias, presentando al duque como un usurpador, desparramando a los cuatro vientos su relación con la reina, y asegurando a quien quisiera escucharlo, que a instancia de la licenciosa Isabeau, el Duque de Orleáns había intentado aprovecharse de la enfermedad del rey para desplazarlo del trono y gobernar en su propio beneficio.
Fue defendido por un doctor en Teología famoso, Jean Petit, que dejó bien en claro que el muerto era culpable de crímenes de lesa majestad, por lo cual Juan, su defendido, debía ser considerado como un salvador del reino.
Entre dimes y diretes, transcurrieron once años. Luis fue enterrado en la Iglesia de los Celestinos, en las cercanías del Sena, y la vida siguió su curso. Pero durante todo ese tiempo, Isabeau de Wittelsbach, que ya había reemplazado a su cuñado por una multitud de amantes, siguió rumiando su rencor y preparando su venganza, precisamente porque Juan obtuvo de su marido, el rey, una declaración de no culpabilidad.
Como dicen en Sicilia: “la sangre llama a la sangre”, y la lucha entre facciones prosiguió hasta el 10 de septiembre de 1419 cuando el heredero del trono, el joven delfín Carlos invitó Juan –quien ya era conocido como Juan Sin Miedo–, para firmar un acuerdo de paz.
El delfín y el duque se encontraron en el puente de Montereau. Como era usual, Juan se arrodilló para rendir homenaje al futuro rey, y ya no volvió a incorporarse. Los hombres de la guardia del hijo de Isabeau y del asesinado Luis lo degollaron sin más trámite, completando la vendetta por la que habían esperado tantos años.
De este modo Isabeau, aquella joven princesa que llegó al trono, caprichosa, sensual, ávida de placeres y glotona, que se había transformado en una vieja gorda y decrépita, se cobró la factura, después de haber sido, como regente, la instigadora de todas las intrigas y provocaciones que culminaron en una guerra civil.