La paz entre los reinos de España y Portugal quedó sellada cuando se celebró la boda del rey Don Juan V de Portugal con Doña María Bárbara de Braganza, hija del rey de España Fernando VI.
Para los portugueses, Juan V resultó ser todo un hallazgo y una sorpresa, porque el producto de sus desvelos llevó a la firma del tratado de límites firmado entre ambos reinos, el 13 de enero de 1750, por el cual Fernando VI reconocía a Portugal todos los territorios ocupados al occidente de la línea demarcada por el Tratado de Tordesillas y aceptaba entregar a los portugueses los siete pueblos misioneros ubicados al oriente del río Uruguay con todas sus estancias ganaderas y yerbales, lo que significaba unos 500.000 kilómetros cuadrados de territorio, a cambio de la Colonia de Sacramento. De esta forma se perdieron las Misiones Jesuíticas, y los miembros de esa orden fueron expulsados del continente americano.

De lo que no se hablaba mucho era de la religiosidad del rey, que la tenía y en alto grado, pero que al mismo tiempo tenía que “padecer” los efectos nocivos de un temperamento ardiente y una libido poderosa, que le daba vuelta el seso, y lo tenía a maltraer con sus fantasías.
Claro que, respetuoso como era de los principios de la religión, y con el respeto que sentía por su querida esposa Doña María de Braganza –y bien que le convenía no despertar los celos de la hija del rey de España–, buscó una solución para dar a Dios lo que es de Dios y al rey lo que le apetecía.
De tal manera, y asesorado por algunos expertos en teología de su séquito, dictaminó que la única forma en que no cometía el pecado de adulterio, era tomando como amantes a monjas jóvenes, especialmente a las más jovencitas y preferiblemente vírgenes.

Así es como vivió, este inconsecuente pícaro, rodeado de un séquito de monjitas a las que se llevaba a la cama todas las noches –por lo general a varias de ellas a la vez–, para tranquilidad de sus hormonas y serenidad de su alma, lo que nos hace reflexionar que: o no estaba muy bien de la cabeza; o bien era un travieso de primer orden y un depravado de marca mayor.

Nos preguntamos... ¿se habrá pronunciado la cúpula de la iglesia respecto de esta actitud del rey de Portugal o le habrán encontrado una solución teológica al asunto manifestándose en el sentido que si es con monjas, no es pecado?