"El arte no es casto. Se debería prohibir a los ignorantes e inocentes. Si es casto no es arte”
– Pablo Ruiz Picasso.

Hijo primogénito del pintor vasco José Ruiz Blasco, y de María Picasso López, Pablo Ruiz Picasso nació el 28 de octubre de 1881 en Málaga. Por esos tiempos Ruiz Blasco trabajaba como profesor en la Escuela de Bellas Artes de Málaga y, al mismo tiempo había sido nombrado conservador del Museo Municipal.
No pretendo historiar la vida del genial malagueño, que optó por usar el apellido materno y desechar el paterno, sino analizar brevemente la actitud del artista frente al sexo.
He leído que en una oportunidad un historiador pretendió burlarse de él, sugiriéndole que debería dar una conferencia acerca del arte y la sexualidad. Picasso, con su manera nada diplomática de contestar en esas oportunidades, le respondió que no tenía sentido, porque arte y sexualidad eran lo mismo.
Cierto es que su vida es consecuente con esa afirmación. La pintura y las mujeres ocuparon el lugar de privilegio en la vida de Picasso.

Desde las putas que empezó a alternar en su juventud, y a las que rindió homenaje en su famoso “Les Damoiselles d´Avignon”, hasta sus recreaciones francamente pornográficas, imágenes de ninfas, sátiros y faunos, la obra de Picasso destila erotismo del auténtico y una sensualidad que no reconoce barreras.
Muchas veces me pregunté qué era lo que subyacía en el inconsciente de Picasso, para desdeñar el nombre del padre y nombrarse con el de la madre.

¿Qué buscaba Picasso en los profundos y hermosos ojos verdes de Fernande Olivier a los veintidós años? ¿Por qué se deshizo de ella reemplazándola por Eva Gouel, de la que se dice, fue su gran amor y a la que visitó en el hospital –cuando enfermó de cáncer–, a escondidas de Gaby Dupreye, que ya había ocupado su lugar? ¿Qué vio en Olga Koklova, bella, noble, ambiciosa y sin escrúpulos, que con total desparpajo se abrió el escote para mostrarle los senos y decirle que era la sobrina del Zar de todas las Rusias para después darle a su primer hijo pero a la que dejó morir en la miseria?

Putas de Avignon, mujeres circunstanciales como Irene Lagut o la mulata de la Martinica y grandes amores como la joven pintora Françoise Gilot –madre de su hija Paloma–, que desde sus jóvenes veintitrés años será su compañera durante poco menos de una década de jueves a martes, por más que la engañara con Genevieve Laporte (a la que conoció de adolescente) los miércoles y embarazara en el intermedio a Francoise Giloten, madre de su hijo Claude, mientras Dora Maar, la fotógrafa que inmortalizó al Guernica, se tratara con Lacan los disturbios de la mente y del alma que le dejara Picasso como única herencia.

Como en la canción de Serrat, dicen que dijo: “Para amar a algunas mujeres me fue suficiente con unas horas, e incluso con unos minutos.¡Es mucho mas largo y trabajoso el desamor!”. Y bien que sabía de lo que hablaba.
En 1955 se encuentra a Jacqueline Rocque, a quien conocía desde que era una pequeña, y se había transformado en una hermosa mujer de veintisiete años, con la que se casó en marzo de 1961.
Jacqueline, veintisiete años. Pablo Picasso –estoy convencida que ya había olvidado por completo el Ruiz paterno–, ochenta.

Personalmente, no me cabe duda, aunque quizás me equivoque: Picasso se me aparece como un vendaval para el arte y una tormenta de cuidado para las mujeres, ninguna de las cuales pudo evitar pagar el precio de compartir su vida con un genio.