Cuando murió su bisabuelo, Luix XV era apenas un chiquillo mimado a quien el pueblo francés amaba con devoción. De tal palo tal astilla, si Luis XIV bello, vigoroso y dueño de una voluntad sorprendente como fue, pasó a la historia como uno de los reyes más sensuales de la historia, su bisnieto no le fue a la zaga.
Llegado a la edad adulta, se había transformado en un hermoso hombre, amante de todos los placeres que podían depararle las aventuras entre la sábanas del palacio de Versalles, la gran obra que había construido su predecesor, aunque a diferencia de aquél se había transformado en un gandul indolente a quien el padecimiento de su pueblo lo tenía sin cuidado.

Después de la exquisita Pompadour, y luego que el rey se repusiera de la congoja que le produjo su desaparición, fue una profesional del sexo: Jeanne Bécu, que no provenía de la nobleza ni tenía pariente alguno vinculado con la Corte, pero que se había hecho fama de excelente amante en los prostíbulos más encumbrados y famosos de París, en los cuales se la conocía como Mademoiselle Beauvernier. Hermosa, sensual, divertida y perspicaz como era, logró ocupar el puesto vacante y la historia la conocería como Madame Du Barry.
Se dice que de la misma manera que La Maintenon sedujo a Luis XIV con una receta afrodisíaca, la Du Barry también usó uno. Primero para sus clientes y luego para seducir a Luis XV: el chocolate. Hay quienes opinan que en la receta que utilizaba era la de una sopa de raíz de apio que ordenaba suministrarle al monarca todas las noches, antes de irse a la cama.
Sea cual fuere la pócima utilizada, experta como era en hombres, supo desde el principio que corría el riesgo que el rey se aburriese rápidamente de ella si no exacerbaba su libido. Por ello no dudó en servir de intermediaria para que en el burdel privado del monarca, conocido como El Parque de los Ciervos, siempre hubiera por lo menos media docenas de hermosas jovencitas, cuanto más pequeñas mejor, que se buscaban con cuidado entre las más pobres de París y el interior de Francia.

El cine ha recreado en varias oportunidades la vida de esta cortesana,
y una de las mejores interpretaciones fue la que hiciera Martine Carol en 1954,
en el film dirigido por Christian-Jacque.
En el palacio de Versalles, considerado el máximo símbolo del poder real y de una Francia opulenta en toda Europa, los grandes salones patentizaban el aparato que rodeaba a los reyes, al mismo tiempo que constituía el marco del disfrute de todos los placeres, y deseos, por extravagantes que fueren.
Madame Du Barry llegó a ocupar salas enteras que le habían sido dedicadas con exclusividad y el gasto que ello suponía para las arcas reales era descomunal.
Esos privilegios duraron hasta el momento en que el pueblo, cansado de tanta miseria como consecuencia de tanto derroche en la corte, empezó a desear con fervor la muerte del rey, para poder terminar con el poder de la cortesana, que se había transformado en la persona más aborrecida de Francia.
Cuando en 1774 Luis XVI subió al trono, la Du Barry ya estaba en la mira de la joven princesa austriaca María Antonieta que influenció sobre su soberano esposo y la favorita fue obligada a marchar al destierro durante más de quince años.

Regresar a su hogar al cabo de ese tiempo, fue uno de los peores errores que pudo haber cometido, ya que debió pagar muy caro el haber compartido el lecho del rey y el poder de la corona, pues cuando ya era una mujer vieja y quejumbrosa, fue encarcelada por el gobierno de la Revolución y decapitada en la guillotina junto a muchos de aquellos que contribuyeron a su caída.