A finales de junio de 451, en las llanuras de Châlons, que pasaría a la historia como los Campos Cataláunicos, las tropas de Roma, dirigidas por Flavio Aecio, aliadas a las del rey visigodo Teodorico I, se enfrentaron a la confederación de las huestes de los Hunos, dirigidas por Atila, “El azote de Dios”.
Teodorico I murió en el combate, pero los hunos de Atila se batieron en retirada por lo que se considera que perdió la batalla, aunque los expertos opinan que lo único que consiguió Aecio fue darle un respiro para que el célebre líder reorganizara sus fuerzas y arrasara la Lombardía, hasta llegar a las puertas de la mismísima Roma.
Poco más de un año después, tendría lugar la célebre entrevista con el papa León I el Grande a orillas del río Mincio.
Nadie sabe –y posiblemente nadie sabrá– qué fue lo que Atila y el Papa hablaron, y no existe una versión que sea aceptada históricamente. Lo único que sí es cierto es que los hunos no entraron a saco en Roma y volvieron a sus cuarteles de invierno, en Hungría, posiblemente por cuestiones de logística. No es insensato inferir que con la mediación del Papa, Roma pagó tributo a los hunos para que, obtenido el botín que deseaban, se volvieran a su casa y todos tan contentos. Esta suposición se hace más creíble si se conoce a fondo la historia de los papas de Roma y sus manejos en materia de diplomacia, claro.
Como sea, el caso es que en 453 y según las crónicas, Atila se hallaba en Hungría y en circunstancias muy especiales, puesto que iba a llevarse a la cama –o contraer enlace, que para los hunos era lo mismo que para nosotros, pero sin tanta vuelta–, a una joven cautiva llamada Ildico, que descollaba por su belleza y juventud.
La unión debe haber resultado todo un acontecimiento –con fiesta en un palacio de madera junto al río Tisza y todo–, en el que se debe haber comido en abundancia y bebido con desmesura, a fin de celebrar el apareamiento del jefe con la joven y hermosa doncella, una nueva esposa entre tantas que debió haber tenido.
Atila, se retiró tarde a sus aposentos, quizás frotándose las manos y achispado por el Tokay (si es que para la época los húngaros ya producían el famoso vino), preparado para disfrutar de las mieles del amor luego de satisfecho su apetito y su sed.

Muerte de Atila, grabado, c.1880
A nadie se le ocurrió entrar en la recámara privada de la pareja, no fuera cosa que el jefe se molestara. Por eso a la mañana siguiente se quedaron de una pieza al encontrarse a la hermosa Ildico acurrucada en un rincón, gimiendo y con visibles muestras de estar aterrorizada.
Y es que en el suelo, en medio de un gran charco de sangre se hallaba El Azote de Dios, tan muerto como un pez al que se ha sacado del agua un día antes.
¿Asesinato? Difícil creerlo. Lo más probable es que el huno haya sufrido una hemorragia, a consecuencia de la cual sobrevino la asfixia y la muerte. No existen registros de que nadie haya importunado con torturas a la ya atormentada joven cautiva. Tampoco consta que la joven haya sido virgen a la noche, y ya no a la mañana cuando se llevó a cabo el hallazgo.
Pero no es insensato suponer que entre los excesos de la comida y la bebida, más la euforia de la noche de bodas, Atila –que al fin de cuentas era un hombre y no el mismísimo Satanás–, se haya pasado de la raya (y no existía el Viagra, señoras y señores, a tenerlo en cuenta), y le haya estallado el corazón.
Lo que sí queda en claro es que con su muerte el imperio de la confederación que había conseguido unificar se desmoronó, ya que los hijos que había tenido con otras mujeres entraron en rencillas y peleas por la sucesión y dividieron lo que su padre había unido.
Si se encontrara el lugar donde descansan los restos del gran Atila, la arqueología –con la ayuda de las modernas ciencias auxiliares–, quizás podría desentrañar el enigma de la muerte, pero la ubicación de la tumba es uno de los grandes misterios de la historia, de modo que habrá que ceñirse a lo que sabemos y a lo que suponemos: Atila, el Huno no murió haciendo la guerra, sino el amor.