Agnes Sorel, la primera mujer en ostentar el título de maitresse en titre, fue la querida oficial de Carlos VII, llamado El Bienservido, posiblemente uno de los reyes más pusilánimes y cobardes de la historia de Francia.
La dulce Agnes ha pasado a la historia como la primera de las favoritas reales que influyó en la persona del rey mucho más que la reina misma, y que según las crónicas era una joven dulce, delicada, tierna y muy culta, al punto de ser casi una erudita.
Se sabe que nació en la aldea de Frometeau. Su padre parece haber sido un noble local empobrecido y su madre una mujer del pueblo, hija de mercaderes. Se discrepa respecto de su nacimiento, pues algunos lo datan a fines de octubre de 1410 y otros en 1422.
Desde pequeña, y en una época en que no era común que una mujer estudiara, Agnés se esmeró para destacarse en la literatura. Se dice que aprendió a leer a los cinco años, y a los diez por sus condiciones, entró al servicio de Isabel de Lorena, que la vinculó con María d´Anjou, la esposa legal del rey Carlos VII de Francia.

Y fue la mismísima reina, caprichosa y antojadiza, quien eligió a Agnes para que integrara la corte, exigiéndole a su amiga Isabel que la cediera. O no se daba cuenta de lo que estaba haciendo, o era tan intrigante que lo sabía muy bien, puesto que ni bien la vio, el rey quedó prendado de la bella jovencita de ojos color de cielo y cabellos como el trigo maduro. Quizás advirtió su presencia porque Agnes, en vez de juguetear todo el día como era costumbre en la corte, prefería recluirse para leer.
Se cuenta que cuando El Bienservido la vio por primera vez, comentó que creía haber visto a un ángel. Lo que no fue obstáculo, claro está, para que comenzara a perseguirla de día y de noche con las peores intenciones, aterrorizando a la adolescente quien, además de ser virgen aún, le tenía una especial aprensión a los hombres.
Muerta de miedo, le fue con el cuento a la reina de que su marido la acosaba y María d´Anjou, que nunca sintió especial aprecio por su regio consorte, le recomendó que cerrara los ojos y lo aceptara, ya que era mucho mejor para Francia que Carlos estuviera influenciado por una joven dulce e inteligente como ella, y no por cualquiera de las fulanas intrigantes y ambiciosas que anhelaban compartir el lecho real.
Aunque no nos consta, parece que María le dijo algo así como: ?Si yo hubiese sido hombre, también te hubiera elegido a ti?.

Hay que decirlo: Carlos no sólo era pusilánime, sino que también era feo, narigudo, voluble, tan caprichoso como su mujer y licencioso. No obstante la tierna Agnes se dejó llevar por las sensaciones y cedió a los piropos y escarceos del rey. Va de suyo que en un visto y no visto, Carlos se la llevó al lecho donde procedió a desflorarla en real forma.
Es posible que Agnes haya obrado el milagro, porque el monarca se prendó tanto de ella al punto de no dejarla sola en ningún momento, hecho que se comentaba en los corrillos del palacio, puesto que no la abandonaba ni cuando Agnes debía hacer sus necesidades.
Para ella, y en exclusiva, creó el rey el título de Maitresse en Titre, que era un eufemismo para nombrar a la querida oficial, que se transformó en primera favorita de la historia, aunque los predecesores de su regio amante también las habían tenido, aunque no les habían dado el lugar.
El rey adquirió una propiedad para su querida, la nombró Dama de Belleza y le regalaba joyas todos los días viernes. ¿Por qué los viernes? No lo sabemos, pero Agnes, modesta y humilde como era, se abstenía de lucirlas y se dice que las empeñaba y con el dinero recibido alimentaba a pobres, huérfanos y animales por igual. Y eso duró cinco años, exactamente el tiempo que duró la obsesión del rey por su persona.
Francia, por aquellos tiempos, no era lo que conocimos posteriormente. Carlos VII apenas si gobernaba sobre una pequeña porción de territorio, puesto que transcurrían los turbulentos peores momentos de la Guerra de los Cien años contra los ingleses. Hay que mencionar, también, que al rey hasta su propia madre ?Isabeau de Wittelsbach?, le hacía la vida difícil, recordándole cada vez que podía que no era más que un bastardo a quien ella misma había concebido en una incestuosa relación con su cuñado, Luis de Orleáns.
La joven le dio dos hijos a Carlos y tanto era el ascendiente que tenía, que se podía permitir regañarlo y hasta amenazarlo. Se cuenta que en una oportunidad, y delante de testigos, Agnes lo increpó duramente y lo amenazó con dejarlo contándole que una adivina le había predicho que iba a ser la amante de un gran rey, y que a ojos vista no parecía ser él, puesto que no hacía nada para salvar a Francia, por lo que tendría que probar con el rey de Inglaterra que sí parecía saber lo que quería, tal como devenían los acontecimientos.
Como que tampoco le pudo perdonar la muerte de Juana de Arco, consumida por las llamas de una hoguera inglesa en 1431, luego de haber conseguido para él la mismísima corona.
El rey había tenido un hijo con María d´Anjou, que detestaba a la querida de su padre y se lo hacía notar toda vez que podía. De hecho, se rumoreó que la muerte de Anges no se debió a la disentería sino que fue envenenada por orden del Delfín de Francia.
Si bien Carlos lloró la muerte de su querida, disoluto como era, al poco tiempo buscó consuelo en las faldas de su propia prima, Antonieta de Maignelais, mujer casada con un noble, aunque cuidó de los dos hijos que le había dado su inolvidable amante y los llevó a hacer matrimonios ventajosos, a partir de los cuales descienden varias familias muy encumbradas de Francia.
Agnés ?que solía perfumarse con pétalos de rosas?, dejó tras su muerte el recuerdo de una mujer culta, noble, y limpia (parece ser que era una de las pocas que tomaba baños con regularidad) fuerte de carácter y apasionada.
Aún se conservan algunos de los poemas que escribía y que forman parte del patrimonio literario francés. Y casi nada más tenía la bella y dulce Agnes, como lo comprobó Jacques Coeur , el encargado de las finanzas reales, en el momento de ejecutar el testamento de la joven: no tenía nada, porque todo lo había legado a los niños y a los pobres. De allí que se recuerde a la primera amante oficial, como a la que más hizo por el rey y por la gloria de su patria.