
LIBRETA II
Todavía haciendo cruces y genuflexiones me presenté donde mis padres. Los hallé rodeados de sirvientes, entre los que se encontraba Donata, antigua aya de mi hermana y ahora esposa de Liborio. Turbada de emoción se vino a mí y ambos nos unimos en cálido y largo abrazo. Respetuoso aguardaba Liborio a que diésemos fin a nuestras muestras de afecto para juntarse a su vez a Donata, quien, sin duda por cariños, lo llamó «malandrín y trotavientos». Una vez pasadas las primeras vehemencias, todo fueron plácemes y alegria en aquella casa, aunque mi padre se empecinara en mantener el ceño fosco. Y más algazara hubo cuando a toda carrera se presentó mi hermana en el salón, seguida de las otras damas, y se me arrojó a los pechos, jubilosa.
–¡Ah, Fadrique, hermano pródigo! Hora era ya de que te tuviésemos entre nosotros. Te hemos echado de menos.
Era mi hermana una criatura risueña, de tez pálida y cabellos de azabache. Siendo de talla menuda tenía armoniosas las proporciones, cosa que pese a nuestro estrecho parentesco, nunca pude dejar de apreciar y admirar.
Tomándola por la cintura, la alcé en volandas y poniéndole ósculos en ambas mejillas, la hice dar vueltas por toda la estancia mientras ella no cesaba en sus risas. «¡Qué bien que hayas vuelto, qué bien que hayas vuelto!» Mi madre nos decía “chiquillos locos”, y a mi padre se le destrabó un tanto el ceño. Hasta que mareados de tanto volatín y acezosos, paramos el holgorio. Nos miramos frente a frente.
–Más cenceño estás, hermano, pero también más alto y gallardo.
Sin soltarle la cintura, sonreí.
–No son buenas las gorduras cuando tu vida pende de la presteza de tu cuerpo.
A lo que mi padre se tomó hosco otra vez.
Mi madre, radiante, se nos abrazó a ambos.
–Hijos, no sabéis cuánto me complace que el Señor nos haya reunido a toda la familia en un día como hoy, en el que contamos, además, con unas invitadas muy especiales.
Y haciendo ademán a las dos damas para que se acercaran, me las presentó.
–Hijo, éstas son doña Baldomera de Utrilla, pariente cercana a nosotros, y su hija Justina. Doña Baldomera está desposada con mi primo don Armando Ramírez, de Toledo, de quien a veces me habrás oído hablar. No pude por menos de sentirme corrido ya que doña Baldomera era la dama a la que en mis pecaminosas fantasías había puesto en cueros. Tapé mi bochorno con una reverencia muy floreada, aprendida de cortesanos franceses y florentinos, que en nada se parecía a las austeras españolas, al tiempo que le besaba la mano. Ella hizo una flexión de choquezuelas y así pude yo percibir la fragancia de sus ropas interiores al agitarse.
–Señora –dije–, mucho antes hubiésemos regresado de saber que os encontraríamos aquí.
La dama, de faz de manzana sonrosada, recibió mis palabras con la mirada baja, como si le apurara el cumplido.
–También nosotras nos sentimos complacidas, Fadrique, sobre todo al ver la alegría que vuestra llegada ha traído a esta casa.
Y como se volviera a su hija como para buscar asentimiento, ésta se inclinó levemente, en un grácil saludo.
Señor, que si hermosa era la madre, a la zaga no le iba la hija, de talle estilizado, senos ya turgentes, labios bermejos y mirada de cálido armiño. Hice otra de mis zalemas y de nuevo besé la mano que me tendían. Pero a diferencia de la piel de su madre, a la que sentí acogedora, la de Justina tenía como una tristura que me intrigó. También su gesto, al saludarme, mostraba la inasequible sonrisa de las vírgenes de Botticelli, como si de un momento a otro fuese a perder la materia y diluirse delante de mis mismísimos y pecadores ojos. Sensación que llegó a inquietarme el ánimo, porque no supe si venía de ángel o demonio.
Aunque bergante y todo como era, Liborio había sido mi compañero en muchas malandanzas y de algún que otro aprieto me había sacado, así que lo presenté a la concurrencia. Pero el mamarracho, siempre falto de comedimientos, se arrojó a los pies de las damas y besarles trató el bajo de las hopalandas, lo que ellas impidieron diciéndole que habiendo sido tan buen escudero para su señor, más como amigo que como sirviente lo consideraban. A lo que él se puso muy ufano y esponjó como gallo de corral. De igual modo se echó a los pies de mi hermana, quien lo tomó de los brazos y lo estrechó cálidamente.
–Nada de acatamientos, Liborio –le amonestó–, que no han sido pocas las veces que hemos triscado juntos bajo este techo.
Porque Liborio, mayor que nosotros en unos pocos años, había entrado al servicio de la casa siendo un cagoncillo, hijo de nuestro herrero. Pronto se hizo mozo de cuadra y le dieron la tarea de acompañarme y cuidarme de daños, y en verdad que los suyos fueron unos cuidados muy peregrinos porque más fue maestro y compadre en picardías que cuidador de que no me vapulearan otros mozancones del vecindario. Bien es cierto que me enseñó cosas impropias de un caballero, pero que en la corte de París sirvieron para sacarme de apuros por un lado, y por otro para meterme en ellos. Porque así me enseñó a cómo regatear a las verduleras, a cómo meterles cobre por plata a los comerciantes, a afanar una bolsa descuidada o a mirar por el ojo de la cerradura en los aposentos de las doncellas.
Una de aquellas doncellas era Donata, aya y confidente de mi hermana, y mientras fui menor, también un poco mía. Liborio habíame ilustrado igualmente en cuestiones de vergas, ya que me desafió a un concurso de longitud entre la suya y la mía, que me ganó estrepitosamente. En modo lógico, porque mientras él andaba por las dieciocho primaveras, yo no había alcanzado todavía la nubilidad. De modo que un día, tras haber estado fisgando ambos por el ojo de la puerta de la que después iba a ser su parienta, me llevó a las caballerizas y me invitó a medir nuestras respectivas longitudes. En un momento nos bajamos los calzones y fuimos a la justa. Alborotado como él andaba por la oronda visión del trasero de Donata y de las otras criadas, me dejó en último lugar, ya que su verga amaneció esplendorosa, mientras la mía apenas pasaba del tamaño de una polilla adormilada.
Mal gusto de boca me dejó la escaramuza porque, pese a mi juventud, ya había ido yo cogiendo altivez, y en mi opinión un plebeyo nada debía tener mayor que un hijodalgo. De modo que se la juré, y como siguió enseñándome bellaquerías, no tardó mucho en que llegara el tiempo del ajuste. Porque fue el caso que cuando cumplí mis quince años, Liborio, se conoce que harto de conocer el trasero de Donata a hurtadillas, la pidió en matrimonio a mis padres. A Donata se le saltaron las lágrimas del gozo y no tardaron en desposarse.
Para ser villanos no fue mala boda y tuvieron cuantiosos presentes, y el mejor fue el de mis padres, que les donaron una habitación y un llar en el ala de los criados para que así pudieran hacer su vida separados de los demás. Les quedaba justo por cima de las porquerizas, por lo que el aroma que permanentemente les perfumaba la casa, les hacía pensar que eran más dueños que fámulos.
Pasados los nueve meses, aunque por mi cuenta no fueron más de seis, Donata parió una lucida niña. Ambas, parturienta y parida, disfrutaron de solícitos cuidados, ya que mi madre le preparaba sustanciosos caldos de gallina a Donata, quien habiendo tirado siempre a flaca, cogió carnes y lustre, y mi hermana, feliz y cantarina, no daba con mejor ocupación que lavotear al bebé y ponerle pañales limpios.
A mí, hasta que no pasó de los seis meses, la criatura me pareció de lo más simple porque ni siquiera con la vista sabía encontrarme. Más tarde fui tomándole afición a tontear con ella, lo que a Donata le placía. Y más me aficioné cuando vi que apenas la nena berreaba de hambres, Donata se abría el corpiño y le ensartaba el pezón en la boca, lo que era mano de santo para la llantina.
Primero le daba una teta y luego la otra hasta que la nena quedaba dormida y en la gloria. Luego, Donata echaba los pechos para dentro, decía «mi ángel» y todos quedaban tan anchos, menos yo, a quien las tetas de Donata produjeron siempre honda conturbación. En una ocasión, en que mi mirada se quedó como pasmada en sus ubres, ella me hizo seña de que me aparejara y susurró: «¿Te gustaría una chupada?». Ignoro si hablaba en serio o buscaba chancearse de mí. El caso es que, no yéndole yo a la zaga en descaros, y sin decir sí ni no, en cuanto el rorro cesó el trajín de las mamadas, tomé por asalto los pezones pegándoles enormes y gustosos sorbetones.
Al principio, flujos de risas bobas atacaron a la recién parida: «Mozuelo, cómo chupas, ni que estuvieras hambriento», porque en verdad era como un regalo tirar de teta y sentir que un chorro caliente y suave se estrellaba en mi gañote. Y por otro lado, el agarrarme a aquellos tetones tiernos le ponía un cosquilleo al extremo de mi rabadilla que luego iba para delante, justo donde yacían mis vergüenzas. Las abundosas carcajadas de Donata fueron dando paso a un «chupa, chupa más, cariño», que acabó en apretado abrazo y en un agitar de cuadriles tan tempestuoso, que a mi miembro empingorotó de brusco estirón. «No dejes de chupar, rey mío, y si además me metieras la mano bajo la falda y me llegaras a las entrepiernas, más rico me lo harías». Mientras yo, obediente, cumplía su mandado, ella hurgó por mis interiores hasta que topó con una estaca que la dejó boquiabierta, supongo que por no esperarse tal tamaño en un mozalbete de mi edad.
A achuchones y tumbos anduvimos hasta que dimos en el suelo, yo hundida la jeta entre sus senos y con la mano huroneándole por abajo. Pudo, por fin, poner Donata mi aparato al aire y, mirándolo con ojos de becerra, lo sacudió varias veces, «ah, mi jovencito señor, ya tienes un buen instrumento», y con los alientos acelerados se alzó las ropas hasta el ombligo y desplegó los muslos para ofrecerme lo que entre ellos enseñaba.
Para mí, apenas núbil, la visión de aquella rizosa espesura, en medio de la cual los dedos de Donata abrían su grieta que me hacía sonrosados guiños, fue tentación irresistible. Caí de rodillas entre su regazo. «Eso, nene, acomódate entre los muslos de tu Donata que seguro son de tu gusto, y ahora, adelante, cuélamela toda dentro y démonos al gozo».
Siendo aquélla mi primera coyunda con mujer, anduve tembloroso y torpón, puesto que pujé varias veces y en todas marré.
–Ay, señor mío –suplicaba Donata–, mira que no puedo más y necesito presto ese tizón en mi lumbre si no quieres que me dé un vahído.
Y la muy desdichada no tuvo otra ocurrencia, cuando yo andaba con el tizón ya enfilado, que tomarlo con ambas manos y reiterar las sacudidas. Mi resistencia de macho primerizo se licuó como un limón exprimido y por los aires brincaron mis líquidos en medio del desconsuelo de Donata, «¡Oh, no, señor, por lo que más quiera, no!», y agarrándose al trasto con todas sus fuerzas, trató de colárselo dentro en medio de la regada.
Creo que lo logró, y tan encelada la tenía que bastó la menguada visita para que le atacaran fuertes espasmos y convulsiones. Deseo en este punto aclarar que lo que entonces, por mi bisoñería, no tuvo lugar, aconteció después en múltiples y fructíferas ocasiones, de tal modo que Donata insistía en que ni el propio Liborio le ponía unos rejones tan certeros y gustosos como los que yo tenía la destreza de colocarle.
Tal es el texto de un fragmento
del segundo capítulo de El
Don Prodigioso, una pieza maestra de la literatura erótica de
José María Páez Balgañón, que en exclusiva publicamos en Voyeur®, que también fuera traducida al francés.
Hemos decidido publicarlo,
puesto que viene a cuento con la serie de notas históricas de amoríos,
cortesanas y favoritas con las que nos está deleitando Simón.
En un país sumido en la miseria, en el que cada quien buscaba la mejor forma de sobrevivir, gobernado por el que fue quizás, el rey menos afortunado de la historia de España, tienen lugar las aventuras galantes y las hazañas de un imaginario antepasado del autor, a su regreso de la corte de Francia, de donde escapa acosado por deudas y perseguidores obstinados que buscan resarcimiento por las infidelidades de sus mujeres con el protagonista. Es en este contexto en donde se suceden los lances, cortejos y seducciones con damas de toda condición, incluidas las de su propia familia, relatados en un estilo impecablemente histórico y a la vez vivaz, ameno y estimulante.
De modo que, niñatos, a ver si colaboráis con nosotros, adquiriéndolo que tenemos que mantener esta página con el producido de las ventas, y os estáis perdiendo una pequeña obra maestra de la narrativa erótica y picaresca. Sólo tenéis que pinchar en el vínculo.
Os dejo un beso.