No sé quién fue el que dio origen al aforismo de que las rubias son tontas. Pues se equivocó de cabo a rabo. Y allí está Bianca Lancia, mujer muy bella y seductora, consorte ejemplar y amante fogosa, que además y para su época, era una mujer de sorprendente inteligencia y esmerada educación.
Nació aproximadamente a principios de 1217, y era hija de Manfredo Lancia, un hombre de fortuna, hábil, astuto y cauto, quien en 1230 mudó con toda su familia a Sicilia. La única que no viajó fue su mujer –la madre de Bianca–, que provenía de familia noble pero empobrecida, y la idea de vivir en esa isla habitada por gente de pésimos modelas a quienes no comprendía ni tampoco le interesaban, no le terminaba de gustar del todo.
El hermano mayor de Bianca, Manfredo figlio, había sido incorporado a la corte de Federico II, rey de Sicilia, emperador de lo que en aquellos tiempos era Alemania y también rey de Jerusalén, que se había hecho famoso por sus capacidades amatorias y por su sabiduría y erudición.
Cuando su hermano entró en la corte nada más que porque le había caído en gracia al rey, Bianca era una hermosa mozuela de trece años, llena de vida, dicharachera como toda adolescente, pero con una tendencia a la seriedad bien marcada, y con un carácter que presagiaba que no sería una mujer fácil de tratar o conformar y menos aún dominar.
A la hermosa rubita –en una época en que las mujeres eran casi en un ciento por ciento analfabetas, y leer y escribir no era tan importante como encargarse de la colada o degollar a un pollo–, le daba por leer, por aprender ciencias y conocer la historia, la filosofía y otras lenguas. La fortuna de su padre, el commendatore Lancia, hizo el resto. De tal suerte que cuando el rey la conoció, la niña de ricitos de oro no solo era bella, jovial y encantadora, sino muy culta. Estaba por cumplir los quince años, y su frescura sumada a su sólida formación casi erudita, cautivaron al señor mayor que por entonces era Federico II, a sus 47 años viudo de tres esposas y que mantenía un harén con odaliscas y todo.
En efecto, el monarca había casado primero con Constanza de Aragona, luego con Yolanda de Brienne (también conocida como Isabel de Brienne) y con Isabella Plantagenet, de los Plantagenet de Inglaterra, claro, dado que era la hermana del rey Enrique III.
Según la historia oral y las leyendas, ese hombre ya maduro tomó por primera vez a la hermosa Bianca en un jardín cubierto por pétalos de rosas, y ella se entregó a él de muy buen grado, sin importarle la edad de su consorte, puesto que no era extraño que se concertaran matrimonios con hombres mucho mayores. Cierto es que además de la juventud y la fogosidad, Bianca gustaba del arte de la conversación, que se veía favorecida por el diálogo de alto nivel intelectual que solía mantener con su esposo, quien también era considerado uno de los hombres más sabios de su época.

Miniatura medieval que retrata a un príncipe con su dama,
Codex Palatinus Germanicus 848 (Codex Manesse).
Como fuere, Bianca fue una consorte ejemplar, que hasta toleró que su maridito mantuviera el harén que lo ponía contento y le calmaba las pasiones, y se dice que ella misma habituaba mantener tertulias con las internas más avispadas.
Federico y Bianca vivieron durante más de dieciséis años como marido y mujer, y ella le dio un hijo comprobable –Manfredo–, y uno cuya paternidad quedó en la sombra de la duda, según la fecha de su nacimiento. Y es que Bianca, ni corta ni perezosa, de la misma manera que toleraba y consentía el harén que mantenía su marido, y con el temperamento de fuego que tenía, solía consolarse con un bello paje de nombre Sebastián Lippizio, que era uno de los favoritos del rey.
De modo que su segundo hijo –y el más conflictivo para ella–, Sebastián quizás no era hijo de su padre, porque si se toma en cuenta la fecha de su nacimiento nunca pudo haber sido engendrado por un hombre que ya había fallecido. Su hija Chiara María, con toda seguridad que no lo era, y no cabía duda que el hermoso y bien dotado paje no solo había sosegado la voluptuosidad de la consorte del rey, sino que la había consolado en su temprana viudez, porque Federico II dejó este mundo cuando su bella mujer tenía sólo treinta y tres años.
Como una última prenda de amor, el matrimonio entre Bianca y Federico se formalizó pocas semanas antes de su muerte, el 13 de diciembre de 1250, posiblemente para legitimar a los hijos nacidos durante su larga relación y dejarlos económicamente bien parados, cosa que efectivamente sucedió.
Se había cumplido la profecía de una gitana que, aún siendo una niña, había leído las manos de la pequeña de ricitos de oro y le había profetizado que reinaría sobre el corazón de un hombre poderoso.
Bianca Lancia, murió en 1270, a consecuencia de violentas fiebres, a los 53 años.