Me pasó una vez, cuando la revolución hormonal de la adolescencia me tenía a maltraer, aunque en ese entonces ?creo recordar?, no fue en el subterráneo.
Ayer lo vi por primera vez entre el gentío que se apiñaba en el andén, a la hora punta, cuando los que tienen trabajo, regresan a sus hogares.
No puedo describir qué tenía de especial, pero cuando me sorprendió mirándolo fijo, cautivada y con las fantasías haciendo cabriolas en mi cerebro y estragos en mi bajo vientre, me temblaron las piernas y me ruboricé como aquella primera vez, cuando la adolescente que fui, volvía del colegio.
Su imagen me quedó tan grabada, que puedo describirlo: blazer azul con escudo, camisa celeste, corbata a rayas, pantalón gris y zapatos con cordones bien lustrados. Los puños de la camisa apenas asomando el centímetro reglamentario fuera de la bocamanga. Un hombre limpio, prolijo, vestido con un cierto british style que le sentaba de maravillas.
No debía pasar el metro setenta y cinco. No era musculoso, quizás... ¿cómo describirlo? Sólido. Eso mismo. Daba la impresión de ser sólido. Quizás algo de pancita ?a mí, lo confieso, las pancitas en los hombres, me dan ternura?, sin ser gordo.
El rostro serio, pero suave. Unas cejas oscuras que contrastaban con el cabello corto y suelto, me hizo asociar la imagen de finas hebras de plata. Totalmente canoso y con frente amplia, pero no pelado. Debía pasar los cincuenta, pero tenía algo de joven en el semblante.
Manos no muy grandes de dedos delicados y sin alianza de matrimonio a la vista. Manos que me llamaron la atención, porque sujetaban, muy cerca del corazón, como si estuviera protegiéndolo, un libro. Manos que se me antojaron suaves y expertas. Me las imaginé acariciando mi nuca, y me corrió un escalofrío por todo el cuerpo.
Y los ojos. Dicen que los ojos de una persona son el espejo de su alma. Pues bien, esos ojos café eran serenidad, ensueño y caricia, todo al mismo tiempo.
Cuando llegó el tren, subimos con la marea humana de la hora punta y quedamos enfrentados, con una señora en el medio, separándonos. La maldije por lo bajo. Cuando él volvió a mirarme fijo, me temblaron las piernas y sentí... que me estaba excitando. Me da pudor contarlo, pero sí, me estaba excitando. ¡Semejante grandullona!
Viajamos así, apretujados, separados por la mujer que se había interpuesto entre ambos, por lo menos tres estaciones más. Hasta que el vagón empezó a vaciarse. Pero el re-acomodamiento del pasaje en vez de acercarnos, de alguna manera nos alejó todavía más.
Alguien se levantó y quedó un asiento vacío que yo no ocupé, porque no quería perderlo de vista y aunque sentía las piernas como de goma. Ahora, que lo había encontrado, y aunque nunca más lo volviera a ver, y no tuviera el valor de dirigirle la palabra ni escuchara el timbre de su voz; y aunque sus manos nunca me acariciaran la nuca y esos labios que yo imaginaba sabios en caricias y pródigos en besos jamás rozaran los míos, quería mirarlo.
Con el corazón que me saltaba en el pecho y la respiración agitada y el peso en el bajo vientre, encendida como estaba, lo miré por última vez antes de bajar en la estación Juramento. Si se dio cuenta, lo disimuló muy bien, o al menos es lo que quiero creer. En algún momento había abierto el libro, y estaba enfrascado en la lectura, con un par de anteojos de esos reducidos, haciendo equilibrio en la mitad de su nariz.
No bajó detrás de mí. Seguiría una estación más, hasta el final del recorrido. Las puertas de los vagones sisearon y se cerraron. Como todos a esa hora, caminé rápido hacia la escalera mecánica. El tren tomó velocidad y entonces me di la vuelta y miré hacia donde él estaba un momento antes y, mágicamente, sus ojos mansos y los míos se cruzaron en un punto impreciso y un instante tan intenso como efímero.
El tren se perdió en el túnel y yo seguí a la manada hacia la escalera, buscando el exterior. Estaba a punto de salir a la calle cuando mi cerebro retomó el mando de mi cuerpo pero no pudo o no quiso darme ninguna buena razón que me explicara porqué, de solamente verlo, me había apasionado de tal manera.
La respuesta la tenía ahí, alrededor mío.
Sólo mirar y ver las caras sin expresión de los que me rodeaban, me hizo caer en la cuenta del porqué de mi estado alterado: entre tantas falsificaciones metrosexuales disfrazados de ejecutivos; con tanto machoposmo cargando sus mochillas de niños grandes y jugueteando compulsivamente con el móvil durante todo un viaje; y con tantos cientos de anónimos asexuados light de género masculino volviendo de las oficinas, yo, ayer a la tarde en el subterráneo, y después de mucho tiempo, sentí cerca de mí la presencia de un hombre. Y ese simple hecho, lo confieso, me dejó de vuelta y media durante el resto del día, por más absurdo que parezca.
Porque hombres, señoras y señores, de esos que no sabemos qué tienen, pero lo que no sabemos se trasunta y lo que sabemos es menos de lo que presentimos, pero lo que presentimos nos deja sin habla, con las hormonas perturbadas y los pensamientos confusos; de esos que destilan erotismo y al mismo tiempo nos despiertan la más sublime ternura... de esos hombres, quedan muy pocos. Y yo, como hacía mucho tiempo no me pasaba, había vuelto a cruzarme con uno.
Aunque no suelo hacer confesiones públicas, creo que este momento bien lo vale y el lugar, lo amerita. Porque si un hombre nos mira a nosotras, es... ¿cómo decirlo? ¿Natural?. Pero si una mujer se cruza con un hombre que la deja con las fantasías trastocadas, mejor no mencionarlo. ¿Por qué no?
Sí, señoras y señores, lo confieso: ayer me crucé con un hombre que tenía algo que no sé si puedo describir, pero que me dejó anonadada, turulata, alborotada y desconcertada durante el resto de la tarde y hasta que pude acomodarme las ideas y sentarme frente al ordenador, para escribir así como sale, quizás algo confuso y emotivo, éste, mi post de hoy.