No es idea mía. Este año, anochece mucho más temprano que otros. Dicen que el 21 de junio es el día más corto del año. Entonces, la semana que viene a las seis de la tarde ¿ya no habrá más luz natural?
Esta época del año me resulta extraña. Me levanto cuando aún es de noche y vuelvo a mi casa cuando ya hay que prender las luces...
A mí –por si no lo saben–, me gusta el invierno. No me deprimen ni los días de lluvia y me gusta el frío. Es una gratificante sensación salir una mañana muy fría, pero soleada. Vivo en un barrio de la periferia de la ciudad. Lejos del infierno del centro. Había terminado por acostumbrarme, y ahora, en este barrio, ese cierto aislamiento se hace presente.
Pero también ayuda. Me brinda esos momentos propicios para buscarme a mí misma. Escribir, ayuda. También me gusta pintar, pero en invierno los momentos de buena luz son pocos y los fines de semana termino casi descerebrada y sólo puedo encargarme de todo lo que no pude hacer los días hábiles: ir al súper, hacer la limpieza semanal, lavar y planchar lo que usé en la semana.
Si un domingo duermo la siesta –que son pocos–, cuando me despierto el fin de semana ya terminó.
No soy del tipo de persona que le guste la noche. Me encantan las mañanas de sol, cuando el día comienza a desperezarse. A veces, me siento la única que está caminando un fin de semana a las 8.00 por las calles vacías de mi barrio.
¿Saben qué hago? ¡Shhh! (no lo cuenten). Robo plantitas de los jardines de esas casas perfectitas, como de diseño de revista europea. Tengo para elegir.
También me llevo flores y en esta época, a veces me voy con una bolsa y con sólo alargar los brazos me llevo tres o cuatro quilos de naranjas amargas para hacer mermelada. La que más me gusta. Porque para la mermelada, las naranjas tienen que ser silvestres, amargas, chiquitas y duras.
Cuando llego a casa, me ocupo de los gajos de las plantas para que echen raíces. Son vestigios de mi vida en contacto con la tierra. Recuerdo que una tarde, cuando era niña, una señora me corrió una cuadra entera por robarle flores de su prolijo jardín con enanos y todo.
No miro televisión, excepto películas en vídeo. Me apasionan los buenos policiales de esos de Hollywood, a los que se les puede hincar el diente.
Leo mucho.
Este año ya llevo leídos más de tres docenas de libros, y sigo negándome a esos éxitos de librería como El Código Da Vinci –un fiasco con pretensiones de obra literaria–, o los de Paulo Cohelo, ese burdo plagiador de Carlos Castaneda. El último que leí fue Los Pilares de la Tierra. Una historia de amor muy triste. Una historia de familia. La historia de cómo el Románico dio paso al Gótico y, como si todo esto no fuera suficiente, un excelente paseo por el medioevo en la Inglaterra de antes de Enrique II, ese que le robó a Francia a Leonor de Aquitania y le dejó a Ricardo Corazón de León.
Pero el sábado pasado volví al barrio donde viví la mayor parte de mi niñez y toda mi adolescencia: San Telmo.
Para quienes no conocen Buenos Aires, es uno de los lugares más viejos de la ciudad y era el barrio proferido de los opulentos, antes de la epidemia de fiebre amarilla.
Ahora, van los turistas.
Y allí, rematando el barrio desde una esquina –como diría Serrat–, está el Parque Lezama. Un lugar lleno de recuerdos. Cada piedra de los caminitos, cada árbol, el murallón del Museo Histórico Nacional y las paredes del colegio secundario en el que estudié, me prometieron que me guardarían cada uno un secreto de mi adolescencia. Esa tarde de cielo gris plomizo y llovizna caprichosa, me fui a buscarlos. A veces se me borran esos recuerdos y no sé porqué.
Y ahí estaba, caminando por el parque cuando de pronto el cielo se abrió un poco y se filtró un rayo de sol. Entonces, los vi.

Una pareja joven. Iban abrazados, riéndose y deteniéndose cada diez pasos para besarse en los labios con toda la pasión de la edad. Dos lindos chicos que se limitaban a quererse y a mostrarse mutuamente que se querían.
El sólo verlos, me activó la memoria y los bancos, las piedras, la fuente y el paredón del Museo me devolvieron los recuerdos que habían estado guardando para mí durante tanto tiempo.
Los besos furtivos de mi noviecito de la escuela. Los ojos de asombro. La revolución de mis hormonas y el corazón lleno de esperanzas.
Por aquel tiempo cuando yo era una adolescente que iba a la secundaria. Un colegio de barrio, del estado, para hijos de familias de clase media, muy distintos de esos reductos como el Sagrado Corazón o el St. Catherine´s, donde concurrían las niñas engreídas con padres opulentos y uniformes especiales.
A ese colegio íbamos con el delantal blanco. El mío, casi por arte de magia, se me subía bastante por encima de las rodillas a la salida de clases. Yo, argumentaba que era por el cinturón almidonado por mi mamá. La secretaria y la celadora, opinaban que era porque yo me lo levantaba.
Las medias tres cuartos azules, caídas y arrugadas sobre los zapatos canadienses (ahora les llaman Tracks, como a las 4 X4) y ni siquiera cuando nos tocaba clase de gimnasia las zapatillas estaban sucias, como las usan las nenas de ahora. En esa época, entrar al colegio con las zapatillas sucias, equivalía a volverse a casa.
Sensaciones. Recuerdos. Sentimientos. Emociones que parecían diluídas y, sin embargo, están ahí, en algún lugar dentro de mí.
El primer beso en los labios. El primero con toda la boca, una tarde de primavera en el lado de la barranca que da hacia el río, donde nadie podía vernos. El primer beso... ése que te deja la boca algodonosa y la sensación de los labios de él pegados a los tuyos, por lo menos durante una semana.
La primera vez que me tocaron el pecho... esas protuberancias que para mí –por su tamaño y firmeza–, eran motivo de vergüenza. Recuerdo que sentí algo parecido como si me hubieran enchufado a un cable de alta tensión.
La noche que pasamos a mayores con ese mismo chico... Bueno, pasar a mayores, en esa época, era aventurar las manos debajo de la ropa. El roce de mis dedos en el cabello de él, y después, bajando por su nuca, recorriendo su cuello y llegando hasta ese pecho de muchacho sano y limpio.
Me preguntaba, antes de sentarme a escribir esta nota que de erotismo tiene muy poco y mucho de remembranza, a quién podría interesarle leer un relato de mis amores en San Telmo. De las caricias que me robaron en Barracas. De tanto amor inocente.
Cuando miro lo que pasa a mi alrededor y escucho cómo se “divierten” los chicos ahora, mezclando éxtasis con Viagra y alcohol, a decir verdad, no sólo me da una infinita tristeza sino que me digo que mis recuerdos eróticos adolescentes parecerían una historia de ciencia ficción... ¿no les parece?
Trato de imaginarme qué hubiera hecho mi viejo si hubiera podido leer ésto que escribo ahora. Quizás, a diferencia de aquellos tiempos en que me iba a buscar a las fiestas y no se atrasaba ni un minuto de la hora en que habíamos convenido... me estaría mirando con esos ojos pícaros y esa sonrisa cautivante que tenía.
Insisto no sé si este post tendrá o no erotismo. Pero no quise privarme de escribirlo.