Entenderemos por edad oscura al período que se extiende, durante medio milenio, entre los siglos V y X, aproximadamente. La influencia de la religión, que se reflejaba en el matrimonio cristiano era muy fuerte, y regulaba las relaciones carnales entre marido y mujer. Téngase presente que la concepción que se tenía de la mujer en esta época de la historia de Occidente no era precisamente la mejor, puesto que se argumentaba que no tenían espíritu y carecían de moral, al punto de poner en duda y debatir si la hembra era o no humana. Tal como lo sugirió nuestra lectora Carolina, su efusividad en los “débitos conyugales” llegaban a ser considerados pecaminosos.
Téngase en cuenta que un registro del siglo X, el religioso Odón de Cluny, prevenía a los monjes de los peligros del contacto con la mujer de esta forma: “La belleza de la mujer sólo está en la piel que recubre su cuerpo. Si un hombre pudiese ver lo que se esconde debajo de la piel de la mujer, le daría náuseas...”.
La mujer y el placer se asociaban con el pecado y lo demoníaco, lo que se patentiza en imágenes en las cuales la mujer bella era representada como vanidosa, y por lo general su imagen iba acompañada por la del demonio al acecho.

Se entiende, entonces, que la procreación fuera la única razón que contemplara las relaciones carnales que, sin embargo, debían obedecer a reglas estrictas.
El coito debía practicarse en una postura que se consideraba “natural”, en la que el hombre estaba sobre la mujer, en el lugar dominante y la mujer debía, sumisamente, estar debajo dejándose hacer.
La voluptas, el deseo desmesurado debía reprimirse y eran considerados pecado las delectio fornicationis o fantasías sexuales y estaban seriamente prohibidos los contactuos partium corporis que no era otra cosa que cualquier caricia o toqueteo que, a los efectos de la procreación, se creían innecesarios.
Mientras durara el período de menstruación de la mujer no podía tener contacto alguno con su marido y tampoco los sábados, miércoles, viernes que eran días de penitencia, ni en los días festivos.
Es posible que no sólo los hombres practicaran la masturbación, pero pobre de aquél o aquella que fuera sorprendido mientras lo hacía. La fellatio y el sexo anal eran considerados pecados mortales y en esos tiempos en los cuales la gente del pueblo creía a pie juntillas en el castigo eterno, seguramente no era algo para tomarse a la ligera.
Médicos y religiosos parecían haberse puesto de acuerdo en prescribir remedios y pócimas para paliar los efectos de los pensamientos impuros que podían llevar a las tentaciones de la carne, de modo que a los hombres se les “sugería” que se sometieran voluntariamente a una sangría que debía practicarse en las ventas superficiales de la cara externa superior del muslo. Me cuesta imaginar a algún héroe con sentido común que no hiciera caso de la sugerencia.
A la mujer no se le sugería, se le imponía, y el tratamiento era bastante peor. De modo que aquellas que tenían la desgracia de ser consideradas libidinosas debían someterse a una suerte de fumigación purificadora con incienso y otros productos, cuyos vapores se administraban en la cavidad vaginal.
No es menos cierto que la injusticia social es tan antigua como el hombre, por lo cual existía una amplia variedad de argucias que los nobles, los ricos y los miembros del clero podían esgrimir para que se contemplaran las licencias que se tomaban en estas cuestiones.