En la interminable lista de creencias, mitos carentes de fundamento científico y prejuicios del medioevo, hasta aquellos que opinaban –a la manera de aquellos tiempos, claro–, que el sexo es salud, lo condicionaban a la moderación que, para la época, limitaba al erotismo al sexo como medio de procreación.
Así era como Bernardo de Gordonio, por aquellos tiempos un ilustre médico de Montpellier, reconocido y famoso, recomendaba que sólo con prudencia la práctica del arte amatorio, era fuente de saludables beneficios.
En su obra Lilium medicinae, asegura que la abstinencia no sólo no es buena, sino también muy perjudicial para las mujeres. Y lo fundamenta diciendo que se puede comprobar que las mujeres reprimidas sexualmente sufren sofocación de la matriz (¿?), una patología que él mismo describe como un escotoma acompañado de vértigo, dolor de cabeza y sensación de estar invadida por “humos dañinos que sube a las partes de arriba, y la mujer tiene las manos apretadas sobre el vientre y las piernas encogidas”.
Para el estudioso medieval las más afectadas resultaban ser las viudas y jóvenes sin compromiso, aunque prevenía que contemplar el cuerpo desnudo femenino durante el coito, era una desagradable manera no debida de hacerlo.

A pesar del reconocimiento de que el sexo podía ser beneficioso para la salud, en la obra editada en el siglo XI, Liber de coitu, el médito y erudito italiano Constantino el Africano aseguraba que el acto sexual tenía efectos secundarios nocivos, tale s como la debilidad, los temblores, contracciones, dolor de cabeza, melancolía, hinchazón del vientre y un peculiar olor desagradable, por todo lo cual era desaconsejable practicarlo de cualquier manera, porque constituía una verdadera enfermedad.
Por cierto, en esos tiempos, la palabra amor tenía connotaciones negativas, puesto que se entendía como extramarital y se aplicaba a las pasiones desenfrenadas y a la sensualidad irracional e irresistible, que fatalmente desembocaba en una enfermedad conocida como amor heroicus.
El afecto entre marido y mujer, por el contrario, se definía como la charitas coniugalis, mixtura de ternura y amistad, la dilectio, el amor basado en el respeto que sólo podía tener como consecuencia la caritas, el amor conyugal y culminaba en la honesta copulatio , que no era otra cosa que la relación sexual con la única finalidad de procrear.