Hemos comentado ya que en el medioevo se consideraba a la mujer como la culpable de todos los defectos, vicios y pecados del mundo. Así, por ejemplo, para el obispo de Rennes en 1168, Etienne de Fougères, que también era el capellán de Enrique II Plantagenet –monarca que no descolló precisamente por el cumplimiento estricto de las normas religiosas en lo que respecta a relaciones con las mujeres–, la naturaleza de la mujer se caracterizaba por tres vicios que, de hecho, se equiparaban a los pecados capitales.
El primero y más terrible, consistía en la supuesta habilidad de la mujer para preparar pócimas y venenos usados para abortar los hijos concebidos fuera del matrimonio.
Luego, menos terrible, pero no por eso menos dañino, consistía en la hostilidad manifiesta que evidenciaban las mujeres para someterse al hombre al que fueron entregadas, ya que su afición desmesurada por los placeres de la carne las llevaban a mirar y a desear a otros varones que no fueran sus maridos.
Por último, en la concepción medieval, la mujer tenía una asombrosa inclinación para desviar “el curso natural de las cosas”, y la ponía de manifiesto con su habilidad para la preparación y el uso de cremas y potingues, usados como maquillaje, con el fin de deformar el cuerpo que habían recibido de su Creador.

Ilustración: Edmund Blair Leighton, 1903
Estas características debieron prodigar incontables padecimientos a la mujer durante varios siglos. De hecho en 1428, un fraile llamado Thomas Cuette, logró que las autoridades de los condados de Flandes y Artois emitieran sendos edictos por los que se prohibía a las mujeres seguir haciendo los asombrosos peinados elevados, en forma de cono, y también los de dos puntas –llamados cornettes–, ya que en la opinión del clérigo estos arreglos eran un desenfadado símbolo de lujuria y pecado.
Cabe señalar que ni el mencionado religioso ni las autoridades que emitieron la ordenanza consiguieron el resultado que buscaban puesto que, indignadas y a manera de respuesta, las mujeres de los condados mencionados se rebelaron y, empecinadas, se dedicaron desde aquel momento a hacerse peinados más altos y ornamentados que los anteriores y, para su sorpresa, nadie osó castigarlas por ello.