Para terminar con la serie (antes de comenzar con los amores de Napoleón Bonaparte), es pertinente hablar del arquetipo de mujer en el medioevo.
En el hogar, la mujer debía seguir reglas que eran consecuentes con la taciturnitas, que la obligaban a mantener una actitud virtuosa, que se caracterizaba por la parquedad en la expresión. Esto es: hablar poco.
Un ama de casa medieval que se preciara de tal, sólo podía hablar en caso de necesidad, dirigiéndose a su hombre o a sus padres con absoluta humildad.
Naturalmente, no debían tomar la iniciativa en la conversación. Tenían que esperar ser interrogadas y entonces sí, contestar.
La palabra escrita –muy pocas mujeres sabían leer y escribir en esos tiempos–, también les era negada, tal como lo prescribe en su obra Les quatre áges Felipe de Navarra: “La mujer no debe aspirar a leer ni a escribir, sino a convertirse en monja, porque muchos son los males que han derivado del leer y el escribir de las mujeres”.

De tal manera, la situación podría sinterizarse en: “la mujer, a la cocina”, lugar en el cual tampoco podía permitirse cantar mientras se esmeraba en sus labores. Las esposas decentes no debían perder jamás su dignidad, para lo cual tenían que esforzarse en reprimir sus impulsos eróticos, que se manifestaban –según los censores religiosos–, de diferentes maneras.
Las normas sociales aceptables, imponían el pudor por sobre cualquier actitud. Para ello, la mujer no debía maquillarse ni vestirse con ropas provocativas, no divertirse en exceso, comer poco, moverse con cuidado y moderación evitando todo gesto de voluptuosidad y bailar con la debida compostura, cantando sólo “de manera decente” (¿cuál sería, me pregunto, una “manera decente” de cantar?).
Estas normas tenían sustento en la comparación que –a principios de 1200–, hiciera el predicador Jacques de Vitry, según las cuales los cantos y las danzas de las mujeres eran similares a los de los ritos diabólicos que se mofan de las ceremonias religiosas, en las que la mujer que inicia el canto es la “capellana del diablo” y las que le responden, son las sacerdotisas.
La moderación y el recato, en la calle, se corregían y aumentaban, puesto que no era lugar propio de la mujer sino del hombre, por lo que era un lugar plagado de tentaciones que la mujer decente sólo debía frecuentar si era absolutamente necesario. Exhibirse en público en demasía, ponía automáticamente en tela de juicio la reputación de la mujer medieval.
Otro religioso, Egidio Romano, opinaba que la mujer que estaba habituada a estar en la calle y a mantener relaciones sociales, perdía su natural recato y ponía en riesgo su castidad. Sin su proverbial timidez, según el teólogo, la mujer se transformaba en “uno de esos animales salvajes que, una vez habituados a la compañía del hombre, se vuelven domésticos y se dejan tocar y acariciar por cualquiera”.
Como se ve, el marco teórico de los censores en el medioevo, además de tenebrosamente machista, se oponía a la naturaleza, transformaba en pecado la alegría de vivir y buscaba encorsetar la naturaleza misma.

En tal sentido el erudito Averroes de Córdoba –que para infortunio de la humanidad vivió casi ochenta años–, haciendo gala de una imaginación sin límites, impuso la creencia que una mujer podía quedar embarazada si se bañaba con el agua en la cual hubiera eyaculado un hombre.
¿Una locura? Hasta hace pocos años –en la segunda mitad del siglo XX–, algunas madres convencían a sus hijas que podían quedar embarazadas por sentarse en la tabla del inodoro. ¡Hay que ver las idioteces que han dañado el cuerpo, la mente y el alma de generaciones enteras de hombres y mujeres!