“Nunca volví a verla, ni supe qué fue de ella. Entonces éramos diferentes. Los chicos eran diferentes. Tratábamos de entender lo que sentíamos. La vida está llena de pequeñas victorias y derrotas. Para todo lo que tomamos con nosotros, debemos dejar algo atrás. En el verano del ´42 atacamos cuatro veces a la Guardia Costera, vimos cinco películas, llovió nueve días. Benjie rompió su reloj. Osky dejó la armónica y de una manera especial, yo perdí a Hermie para siempre”.
Con este monólogo relatado en off –con Hermie (un joven Gary Grimes de 1971) caminando en las dunas de arena de la costa mientras un sol rojo como un disco de fuego se funde en el mar–, termina una de las mejores películas eróticas que he visto en toda mi vida: Verano del 42 (Summer of ´42).

Ese año de 1942 es el de las últimas vacaciones de Hermie. Europa se desangraba en la guerra más salvaje de la historia de la humanidad, pero ese niño no pensaba en la guerra. Le importaban otras cosas. Buscaba la respuesta a las dudas e incertidumbres de su corta vida. El amor y el sexo –como en cualquier adolescente de cualquier época–, tenían el lugar de privilegio en la lista de las dudas.
Es común que se hable de la importancia que tiene la iniciación sexual en la vida de una mujer. Pero no me parece tan usual, en esta sociedad en la que nos toca vivir, escuchar cuán importante son para un varón los primeros pasos en ese terreno tan resbaladizo, que puede dejarlo marcado para todo el resto de su existencia. A mi juicio en esta película, está la clave que nos permite comprender de qué se trata eso de vivir.
En ese mágico verano de 1942 Hermie, con su mente abarrotada de interrogantes y su alma colmada de sueños, conoce a Dorothy (Jennifer O´Neill), una joven y hermosa mujer casada que está pasando la licencia de su marido –quien debe regresar al frente de batalla–, en el mismo pueblo costero.

Decir que Hermie buscó en Dorothy las respuestas a los impulsos de su juventud o que Dorothy buscó en el adolescente el amor perdido de su marido muerto en la guerra, es hablar sólo de la parte más insignificante de esta obra de arte del cine, que es mucho más que eso. Es pasión, es sentimiento, complicidad, incomprensión, entendimiento e incertidumbre. Genuina pureza desplegada en las imágenes de ese Hermie adolescente despertando a la vida adulta de la mano de una mujer que, ante el dolor, sólo atina a entregar su cuerpo y transmitir y su amor para no sucumbir ante la tragedia.
Verano del ´42 es Eros ganándole la partida a Thanatos. Es la vida triunfando sobre la muerte. Es el amor prevaleciendo. Es la caricia en imágenes, sentimiento hecho música y poesía transformada en diálogo.
Es, también, la realidad de esa última carta que Dorothy le deja a un niño que ya no lo es, y a un hombre que promete serlo: “Querido Hermie: Ahora debo volver a casa. Sé que entenderás que tengo mucho que hacer. No intentaré explicarte lo de anoche porque sé con el tiempo lo recordarás de una forma adecuada. Lo que haré será recordarte y ruego para que no sufras. Tan sólo te deseo cosas buenas. Hasta siempre, Dorothy”.
No sé cuántos de ustedes han visto esa película. Se las recomiendo especialmente. Por mi parte, no he visto antes una muestra semejante del más genuino erotismo.
Naturalmente que este comentario no pretende ni por lejos ser crítica cinematográfica, sino ahondar en lo más profundo de las sensaciones y los sentimientos de una mujer que, alguna vez, deseó haber sido por un instante esa Dorothy de la película.
Verano del ´42 fue dirigida por Robert Mulligan y el tema musical, de Michael Legrand, recibió el premio Oscar de la Academia ® de 1971 a la mejor música original.