Colección Voyeur

Jueves 21 de Julio de 2005
Mirar cuando se afeitaba

Recién ahora, a mi edad, puedo entender ciertas cosas. Como por ejemplo que las mujeres –a diferencia de los hombres–, para encontrar el amor en nuestro corazón, necesitamos expresar nuestros sentimientos libremente, con fluidez. Los hombres, por lo general –y, por favor, que esto no implica un juicio de valor–, no se dan cuenta lo importante y tranquilizadora que puede ser su atención para la mujer que tienen a su lado.
Del mismo modo, nosotras no comprendemos muchas de las necesidades de los hombres. Ni la necesidad que tienen de que los admiremos, los confortemos, los cuidemos y les hagamos mimos.
Esto que acabo de escribir, me lo enseñó un hombre. Y una de las cosas que más me gustaba era mirarlo a la mañana, cuando se afeitaba.
Recuerdo que me levantaba de la cama, todavía adormilada, cuando escuchaba correr el agua del lavatorio del baño, restregándome los ojos, para poder presenciar ese rito cotidiano. Ahora comprendo que ese simple acto de ver cómo se afeitaba, me despertaba el más puro y genuino erotismo.
Aunque me sabía de memoria la rutina, volvía a hacer lo mismo una y otra vez. Él se reía, con esos ojos llenos de chispas que tenía, me tomaba de la cintura, me levantaba del suelo y me sentaba sobre el vanitory , frente a él.
Primero se mojaba la cara, dándose suaves golpecitos con agua bien caliente. Después agitaba un poco el frasco de espuma de afeitar. A continuación, el rito.
Todavía me parece verlo, haciendo muecas frente al espejo, deslizando la maquinilla de afeitar que se llevaba los pelos de la barba y la espuma y pidiéndome que le acercara más el espejo de mano.
Lo miraba a él y a su imagen en el espejo. La manera que tenía de estirarse la piel de la cara, de pasar la maquinilla a contrapelo en los lugares donde la barba era más rebelde. El tenue rasgar del filo sobre la piel; el agua caliente borboteando, formando un espeso vapor que empañaba el vidrio del espejo del baño.
Una imagen, para mí, exquisitamente erótica. Un rito cotidiano, que la mayor parte de las veces a las mujeres se nos pasa por alto, pero que a mí me hacía aletear mariposas en el vientre.
Mi hombre afeitándose.

Una psicóloga conocida pretendió en una oportunidad –hablando de esto–, convencerme de que no sé qué tenía que ver con la fijación de la imagen edípica que todas las mujeres llevamos en el inconsciente, etcétera, etcétera.
Me acuerdo haberle preguntado si ella se había sentado en el lavatorio, para mirar cuando su hombre se afeitaba. Me contestó que no, con esa pretensión de saberlo todo que tenemos algunas mujeres y en especial algunas psicólogas. Creo que le contesté que ni se imaginaba lo que se estaba perdiendo, y no volvió a abrir la boca.
En más de una oportunidad, a ese hombre del que les hablo, no lo dejaba terminar de afeitarse.
Y bien que le gustaba.

 
Publicado por Silvia a las 04:54

Respuestas
21 Julio 2005 - 08:31
Enviar un emaileros
>Conozco a mas de una que le encanta ese momento. Sobre todo, cuando él esta sólo cubierto con una toalla... Una buena amiga me dijo que eso le fascinaba y por encima de todo, que un hombre se mire al espejo sólo en ese momento!
21 Julio 2005 - 13:52
Enviar un emailCarolina
Esos momentos encierran un erotismo y una complicidad maravillosa...
21 Julio 2005 - 15:57
Enviar un emailSilvia Bonasi
Eso mismo: la sensación de complicidad de compartir los ritos cotidianos. Yo los veo como la pimienta, el touch, esa pizquita de erotismo que rompe la montonía de la convivencia. Gracias a los dos por sus comentarios. Les dejo un beso. Silvia
21 Julio 2005 - 23:17
Tere
Perdón, el más guapo, mi padre, luego uno de mis hermanos, luego un vecino, luego Omar Sharif, luego un gallego delicioso, luego, luego...que se afeiten, y ni me miren.Que silencio... que ceremonia... Con navaja, que sonido ... Un secreto, alguna ves me permitieron, pasar la navaja, que exitante!!!
22 Julio 2005 - 01:18
Enviar un emailSilvia Bonasi
Claro, Tere. Allí, mirando a mi padre afeitarse, es donde lo aprendí. Por cierto, comprendo que tiene que ver con el Edipo, no lo niego. ¿Cómo aprende uno? Mirando. ¿A quién? A quienes nos preceden. ¿Cómo son las influencias? Cruzadas. Es como cuando un niño mira a su madre ponerse las medias, o andar por la casa en ropa interior. Te dejo un beso, y gracias por el comentario. Silvia

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