Té defendiste, con el cuaderno abierto y los ojos brillantes y la boca abierta, detrás de la mesa del cuarto de hotel. Javier la derribó y tú chillaste, corriste ligera hacia la cama y por primera vez te sentiste desnuda, con ese cuaderno entre las manos. El, desnudo, olvidándose del miembro en reposo –el mirasol picando, catán–, y el estómago flácido, te estaba mirando desnudo por primera vez, como si sólo a través de esa rabia y esa humillación mínimas pudiera nacerle otro deseo y tú te diste cuenta de algo, algo nuevo en la velocidad de tu sangre, en la sospecha de tu piel abochornada, ah, novillera, por primera vez Javier te hizo sentir un peligro y tú te quedaste ahí paralizada, bien grifa, oliendo a todos esos perfumes que no lograste evaporar hace un rato, en el baño, y por primera vez sentiste que él venia como atraído o capturado ya por ellos y que tú sólo tenías que decidir una cosa: si adelantarte y ofrecerte y esperar a que él, por su parte, creyera ser dueño de la situación porque tú no hacías nada. Dices que ni siquiera le diste la espalda con la intención de que él lo entendiera como miedo de tu parte.

Ah, mi catán, ahí te diste cuenta que hasta ese ofrecimiento lo hubiera petrificado a él y le habría hecho saber que tú estabas al tanto. Ah, mi novillera, ahí te quedaste rígida, con el cuaderno entre las manos, tratando de borrarte del mapa, sin atreverte ni siquiera a cerrar los ojos, como un avestruz, sino solamente hundida en quién sabe qué comarcas negras de tu cuerpo, como la lagartija, asimilada al color del aire. Por eso él avanzaba hacia ti como si no estuvieras allí, desnudo y él también –ahora lo supiste cuando te abrazó de esa manera torpe y casi infantil, casi desamparada–, oliendo a cosas pasadas, a repeticiones agrias. El mismo te hizo girar, tomándote de los hombros, hasta detenerte con tu espalda contra su pecho y tu cabellera húmeda, de arena negra, contra su rostro. Acercó la mano a tus nalgas, primero con delicadeza, enseguida llevó los dedos a tu trastopije y te quebró la arena del desierto, novillera, convirtió el rulacho seco y tenso en un chicloso suave y derretido y te pasó la otra mano entre las piernas para que no te fueras a morir retrasada.
Te tendió como un arco, Isabel, y cuando caíste en la cama bocabajeada, ya estabas perdida en la selva negra, atascada de sangre y flores saladas, hierbas podridas y helechos picantes y el pescado en busca de sus algas nauseabundas ya estaba, duro como la plata y el cristal, refundido en tus secretos, como nunca, el bastardo macizo bombeándote la mina de la Valenciana, novillera, jugando a las ensartadas hasta el fondo de la galería rosa y negra de tus vetas sagradas, asistiendo al sepelio de tu pudor final, a esa conquista que te convertía en estatua de sal, a esa victoria que le habías impuesto sin decir, sin desear, haciéndole creer que él lo había inventado cuando tú sabías que era el poder de tu inactividad –el poder permanente, nunca puesto a prueba–, lo que tenía a Javier, al fin, revelado en sodomía y entrando, por fin, a matar con la espada metida hasta la empuñadura, diciéndote en su jadeo que se acababan las palabras y las justificaciones y la literatura: sólo había esta libertad final que tú aceptabas con los dientes apretados y el dolor de un parto. Eso era nuevo para los dos y si entendías muy bien lo que te pasaba a ti, a los veintitrés años, por primera vez, de él sólo entendiste una cosa: que un sistema nervioso se probaba antes de agotarse. Ole.
Fragmento de "Cambio de Piel", texto del escritor mexicano Carlos Fuentes, que nos acercara nuestro amigo Arnold. Gracias por ello.