–Estoy enamorada de Ray Klein y no estoy enamorada de ti y eso no hay quien lo mueva –dijo–. He subido contigo hasta aquí porque eres tan excepcional como él.
Wilson se detuvo. Devlin le miró la espalda. Al cabo de unos momentos, él relajó la musculatura de los hombros y respiró hondo.
–Lo siento –dijo. Respiró hondo otra vez y se dio la vuelta–. Lo siento. Te he faltado el respecto, me he perdido el respeto a mí mismo, he perdido el respeto por mi gente. Así de claro.
Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
–Todo lo que algún día llegaremos a ser está aquí mismo, ahora, en este edificio. ¿No se refiere a eso Coley cuando habla de “su gente”. No es necesario aspirar a ser uno de ellos; ni siquiera es necesario estar enfermo.
Wilson se apoyó contra la jamba de la puerta y se dobló por la cintura, ahogando un gemido. Devlin fue corriendo a su lado y le tomó del brazo.
–¿Te encuentras bien?
–Sí –susurró él–, no es más que un calambre. Enseguida se me pasa. –Lentamente volvió a erguirse–. Puede que Coley tenga razón cuando me llama nenaza.
Devlin le tomó la mano.
Yo no lo creo.
Le tiró de la mano.
–Ven conmigo, anda.
Lo llevó al cuarto secreto de Coley le quitó la ropa; él se tendió sobre el colchón enmohecido. Devlin se desnudó mientras él la miraba. Nunca había experimentado nada semejante; no se sentía vanidosa, tímida ni avergonzada. Tampoco estaba excitada, al menos como lo había estado por la mañana, con Klein, pero sí sexualmente incitada, aunque de otro modo, como si estuviera a punto de celebrar un antiquísimo rito. Al ver la cara de Wilson se sintió deseada, aunque también honrada por sus ojos, como si fuera un tesoro, como si representase mucho más de los que era en realidad. Se arrodilló a horcajadas sobre sus muslos y le tomó la polla con la mano, apretándosela. Estaba tiesa. A Wilson se le escapó un gemido, cerró los ojos y se apartó, como si aquello fuera demasiado. Una perla de semen asomó en la punta del glande; Devlin comprendió que seguramente se iba a correr muy rápido, después de tanto tiempo sin estar con una mujer. Sabía que no era prudente, pero la prudencia le pareció de lo más absurdo, y se moría de ganas de hacerle ese regalo. Con la otra mano se separó los labios de la vagina, y muy suavemente, con cuidado de no cargar el peso sobre su herida, se inclinó sobre él. Penetró unos centímetros en ella, y Wilson suspiró hondo mientras clavaba los dedos en el colchón.
–Despacio, despacio –dijo.

Ella se quedó quieta: al sentirlo, notó que se ponía más húmeda. Se levantó un poco, sujetándolo dentro con la mano, y volvió a hincarse en él muy despacio, pero con firmeza. Wilson soltó un grito y entró a fondo. La tomó por la cintura con ambas manos y la atrajo hacia sí, esforzándose por penetrarla más; ella lo apretó y él de pronto irguió el torso. Le abrazó el cuello y lo atrajo hacia sus pechos. Una oleada de ternura la sacudió al apretarlo dentro de sí y sentir sus espasmos; pensó que nunca terminaría de correrse. Después, Wilson quedó inerte y poco a poco se tendió de nuevo, con los ojos cerrados.
Devlin se tumbó a su lado, con la cabeza apoyada en el pecho de Wilson. Se preguntó qué le estaría pasando por la cabeza, se preguntó si se habría sentido decepcionado por ella, o si estaría avergonzado por haberse corrido tan deprisa. Sintió que le pasaba un brazo por los hombros, para estrecharla contra sí. Wilson aumentó la presión hasta que le clavó los dedos; por un momento, Devlin tuvo miedo. Y entonces se dio cuenta, aunque no le viera la cara, de que Reuben Wilson estaba llorando en silencio, deseoso de que ella lo supiera.
Devlin siguió apoyada con la cara sobre su pecho. No dijo nada, no le miró a la cara. Permaneció tendida a su lado, abrazada por él, fingiendo que no se había dado cuenta. Se maravilló por el misterio de aquel encuentro, y al mismo tiempo lo entendió a la perfección; comprendió lo que ella representaba para esos hombres, para Wilson, para Coley, para el mismo Klein, con sus mentes torturadas y sus cuerpos capaces de resistir los mayores extremos del dolor y del miedo sin permitir que nadie lo notara, y que, sin embargo, se desmoronaban porque ella estaba a su lado. La sensación de representar mucho más de lo que era se hizo más intensa. Era mucho más que Devlin, mucho más que una mujer. Era todo lo que ellos habían anhelado, todo lo que nunca podrían tener. Era lo que más necesitaban para sentirse plenamente hombres, y no sólo para follar, sino también para protegerla, aun cuando no pudieran protegerla del todo, y también era la razón de que fueran fuertes, aun cuando en realidad eran débiles, la razón de que fueran orgullosos, aun cuando estuvieran avergonzados, la razón de amar a pesar de vivir con tanto odio. Tal ver lo era sobre todo entonces –en medio del odio– más que en ninguna otra situación.
El fin último de la creación, Segunda parte “El Río”, Tim Wilcox (título original en inglés: Green River Rising), Ediciones B, Barcelona, 1996, págs. 329 a 331.

Quise publicar este fragmento, extractado de la primera novela del autor, que muestra a las claras que el erotismo tiene un lugar de privilegio en cualquier circunstancia de la vida del ser humano. Para aquellos que no conozcan la obra y a la persona de este autor inglés, diré que estudió medicina en el University College de Londres, se licenció en Sociología Médica y ejerce como psiquiatra especializado en adicciones desde 1986.
En 1989 comenzó a dedicarse a la escritura, y en la actualidad ha escrito varios guiones de películas, y es miembro fundador de la Compañía Teatral Kurtz, para cuya primera producción adaptó el Ubú Rey, de Alfred Jarry. También es cinturón negro, 1º Dan de Shotokan Karate Do. El fin último de la creación, su primer novela fue adquirida por la Warner Bros. Desde ya, que está muy lejos de ser una pieza literaria romántica.
La crítica la ha calificado como “indefinible”, aunque me inclino por enmarcarla en el género del policial negro. Es la historia de un motín en una cárcel de máxima seguridad. Una cárcel muy especial, en la que se pone en juego el deber, el precio de la libertad, la dignidad del hombre y la naturaleza de la amistad y el valor por la vida humana. Recomendamos especialmente esta obra para todos aquellos que sepan apreciar una buena novela, y no un mero best-seller .