Un beso en la boca es ensoñación, sorpresa, misterio, premonición, encanto, pasión y preámbulo de lo que se avecina.
La boca del hombre que sabe de qué viene la vida, cuando besa cautiva, entusiasma, sorprende, electriza, divierte y deleita.
El beso en la boca es, al amor, lo que la sal y la pimienta, el romero y el tomillo, las fines herbes y la hoja de menta a una carne bien asada. Se siente su ausencia y se padece su carencia. No se puede llegar ni a empezar los juegos del amor, si no los precede uno de esos besos en la boca que nos hacen burbujear la sangre y latir más fuerte el corazón. Abren todas las puertas y vence toda resistencia.
Cuando los labios se juntan y las lenguas se entrelazan en esa danza mágica dentro de las bocas, no hay más que decir y las cartas se ponen sobre la mesa.
Anticipo del goce, heraldo de placeres mayores, antesala del éxtasis. Convenientemente otorgado y si se deja que el alma se suba a la boca y se escurra entre los dientes de la persona amada, es un cheque en blanco de sensaciones y garantía de voluptuosidad.

Un beso en la boca es una copa de champaña, un plato de rojos frutos del bosque, un entremés exquisito antes de la pièce de résistance. Es la Oda a la Alegría puesta a todo volumen y Freddy Mercuri con Monserrat Caballé cantando Barcelona.
Es una paleta de óleos naranja antes de llegar a la tela. Es una Venus de François Boucher, tendida desnuda y boca abajo en una chaise-longue.
Es el Big-Bang de las sensaciones.
Besos en la boca los hay suaves, furiosos, anhelantes, místicos y apremiantes. Los hay con los labios y la lengua en alegre mescolanza, con un dedo en la boca del otro, lamiéndose los dientes y haciendo cosquillas en las comisuras de los labios; acariciando las encías.
Un beso en la boca es como el oro fundiéndose en el crisol.
He escuchado que hay quienes pueden saltárselo por arriba. Ni me lo imagino.
Para mí
nada empieza sin un beso en la boca de esos que me hacen sentir las piernas como de gelatina, las manos como pétalos de rosa, el corazón como un caballo desbocado y la vulva en llamas.
Aún hoy, después de tanto tiempo, persiste en mi memoria la sensación de tener los labios como de algodón y el cerebro derritiéndose dentro de mi cabeza, después del primer beso con ese chiquito lindo de la secundaria que me hacía perder la cordura y mojarme la entrepierna en un banco de plaza al atardecer.
Hay pocos hombres que comprendan cabalmente cuánto
de importante es para, una mujer, empezar
con uno de esos besos en la boca de pantalla de cine.
Tuve el privilegio de conocer por lo menos a dos.
Me resulta imposible olvidarme de ellos.
¿Saben de qué estoy hablando?