Un orgasmo es una agradable sorpresa, un milagro, una ensoñación, un encantamiento, una avalancha de sensaciones. Estupor y maravilla a la vez.
Comienza con la estimulación –que será más deliciosa y excitante cuanto mayor sea la experiencia de él–, y su duración puede durar minutos o puede sentirse por horas.
Personalmente, me deja las piernas como si fueran gelatina durante lo que quede del día.
Me aumenta el tamaño de los pechos, me los ponen turgentes, plenos, henchidos. Siento los pezones como si fueran de piedra incandescente. La vulva, inflamada, se me inunda de miel y, me da la sensación que el clítoris va a estallarme entre las piernas.
En algún lado leí que nuestro útero se eleva, cambiando de posición, quizás esperando lo que vendrá. La lubricación de la vagina, facilita la entrada de nuestro amoroso visitante. La tensión arterial, tanto en nosotras como en ellos, sube y ambos sentimos esas contracciones que desencadenan el placer mayor.
A mí me descalabra el cerebro. Veo estrellas en el firmamento y me explota la cabeza en un rojo tan intenso, que no lo he vislumbrado ni en la más amplia paleta de colores. Los muslos me tiemblan, el vientre me palpita y se me da por balbucear incoherencias.

Es en ese momento cuando nosotras queremos –más bien exigimos– la ofrenda. Ese regalo que nos hace el hombre con su simiente cálida, que nos llena, nos colma y se derrama en nuestro interior como un mensaje de la vida misma. No sólo la queremos, sino que la exigimos con la mente, con el cuerpo y con el alma. Arreciamos con el movimiento de nuestra pelvis, sacudimos las caderas, nos aferramos a su espalda, le clavamos las uñas y buscamos, anhelantes, su boca.
Es entonces, cuando nuestro hombre, se nos entrega.
No importa si sea joven y nos invada como un torrente o si, en el caso de un hombre maduro, se deslice sutilmente en nuestro interior, hasta inundarlo con ese néctar que es savia de vida.
Cuando sentimos ese homenaje, y si somos sanas de cuerpo y de alma, nos dejamos llevar. Las contracciones de nuestro sexo se desbocan, como si nuestra vulva –sin control de nuestra voluntad–, quisiera seguir exprimiendo a ese fruto jugoso que es la virilidad de nuestro querido... de nuestro macho.
Porque de eso se trata. De un mensaje que nos llega desde el fondo de los tiempos. En ese momento –yo, al menos–, no lo considero ni mi marido, ni mi amigo íntimo, ni mi amigovio, ni mi amante. En ese instante sublime, ese hombre que me separa las piernas con su cuerpo es mi macho, y yo soy su hembra. Su bien más preciado. Su máxima ofrenda.
Después, lentamente, la ruborización que me había congestionado el pecho y la espalda decrece. No siento los senos tan henchidos y mis pezones vuelven a su lugar.
Es en ese momento en que, sintiendo su confortable peso sobre mi cuerpo, se me da por acariciarle el cabello y hacerle arrumacos.
¿No les ocurre lo mismo, queridas lectoras? Y ustedes, señores... ¿saben de qué estoy hablando? Si ambos lo reconocen, y han experimentado estas sensaciones, dichosos de ustedes.