Médicos y clérigos aconsejaban limitar y hasta suprimir totalmente la ingestión de carne, a fin de reprimir los impulsos eróticos que, entre monjes y monjas, eran vox populi, aunque trataran de ocultarlo bajo un manto de falsa piedad. La creencia era que la carne contribuía a la mayor elaboración de semen, acrecentando la lujuria en el hombre y los deseos voluptuosos en la mujer.
Un médico de origen catalán llamado Arnau de Vilanova, aseguraba en su Tractatus de esu carnium que todos aquellos manjares que resultaban sabrosos al paladar, eran los que abrían las puertas a los deseos y a la impudicia, ya que propiciaban una vitalidad exuberante que incitaba al acto sexual.
Los enredos de polleras entre monjes y mojas en los conventos son bien conocidos, y no escandalizaban a nadie en una sociedad como la medieval, aunque dejaban a las claras que los santos hombres y las piadosas mujeres, a escondidas o cuando se encontraban a solas, se dedicaban a “predicar moral con la bragueta abierta”, como lo asegura un dicho popular.

"El monje y la monja espiados por la gente",
de Cornelius van Haarlem, 1591.
A tal punto los escándalos amorosos pululaban en todos los monasterios y conventos, que un obispo –Pedro de Cuellar–, debió tomar medidas severas en su diócesis, tal como se registra en su Catecismo, fechado en 1368, en el cual se prohíbe enfáticamente a curas y monjas compartir la vivienda –tampoco podían los curas compartir la casa con una mujer de familia–, y ordena que las conversaciones con las santas hermanas debían mantenerse delante de otras dos o tres religiosas y en lugares libres de toda sospecha.
Si se daba el caso que un monje era sorprendido cometiendo pecado, la manceba –fuera monja o no–, era excomulgada en el acto, y si se daba el agravante que vivía públicamente con el monje tanto ella como los hijos que hubiera tenido con él o antes de él, eran condenados a la servidumbre. Pero... ¿y el monje? ¿Qué le pasaba al monje?

"El monje y monja" – Una escena de seducción propiciada por el vino.
Pintura atribuida probablemente a un artista germano, circa 1625,
actualmente en el Catarijneconvent Museum de Utrecht, Holanda.
El clérigo pecador primero era amonestado hasta en tres oportunidades (¡qué vivillos para impartir los castigos!) y si reincidía, podía llegar a perder en primer lugar, parte de sus beneficios. Pero si hacía caso omiso del castigo y se empecinaba, la pena era mayor: podía perder su cargo religioso. C´est terrible!
Así de equitativa era la justicia, y con el paso del tiempo se puso peor. En el caso de la masturbación, por ejemplo, si quien se dedicaba a los placeres solitarios era una mujer o una religiosa y era sorprendida in flagrante delito, se le imponía una pena de siete años de ayuno ipso facto y sin dudar ni un segundo. Si era un monje, la pena se reducía a dos años. Eso sí, en el caso de los masturbadores consuetudinarios y pertinaces, la pena podía llegar a quince años de ayuno.
El arte, en la historia, es una de las manifestaciones de la cultura y las costumbres de la época. Las imágenes que ilustran esta nota, con sus citas históricas, son de por sí elocuentes. ¡Vaya que se divertían en los conventos!