?Soy Genevieve Laporte. La chica de los miércoles. Le entregué a Pablo Picasso
cuatro años de mi vida, durante los cuales Fui su amor secreto?.
Genevieve Laporte
La historia empezó cuando la
jovencita adolescente que era Genevieve
Laporte en 1944 fue a verlo a su
estudio de París, con la finalidad de hacerle una entrevista que sería publicada
en el periódico del colegio al que asistía.
En ese año, Picasso ya pasaba los
sesenta años y la jovencita apenas dieciséis.
?Monsieur Picasso, los jóvenes
no entienden su pintura?, le dijo para comenzar la entrevista y él se la quedó
mirando y luego debe haberle contestado algo ingenioso, y volvió a mirarla.

Cuando la entrevista terminó, el pintor le pidió que
regresara en otra oportunidad y Genevieve, claro, volvió. Debía ser muy difícil
resistirse al encanto y al magnetismo de semejante hombre, aunque ya estuviera
en la senectud. Fue así como nació una relación muy especial: tomaban chocolate
juntos, Picasso le recomendaba libros y conversaban. Al principio, fue ?al menos
por parte de ella?, una amistad totalmente inocente.
Siete años después,
cuando Genevieve ya había comenzado a trabajar, lo visitó de nuevo en su
departamento y lo dejó hacer, porque era lo que quería. Fue allí donde se
consumó la relación amorosa.
De
esta manera comenzaron las visitas secretas que, durante años, le darían a
Picasso un puñado de buenas razones para pintar cuadros de una exquisita
sensualidad. Muy pocas personas conocían esta situación, y una de las que sí
sabía que Genevieve llegaba puntualmente los miércoles y posaba ?vestida o
denuda?, para Picasso era su
barbero, otro español exiliado por la Guerra Civil, llamado Eugenio
Arias
.

Arias le guardaba los dibujos que su cliente le
daba, a espaldas de Françoise ?que casi con seguridad ya se había
enterado de estas citas secretas?, y además lo acompañaba a las corridas de
toros en Nimes, y otras correrías que compartían juntos. Porque para un buen
español ?al decir de Arias?, un domingo se vive ?Por la mañana en
misa, por la tarde toros y cuando cae la noche, en la casa de
putas?.
Para Picasso la joven Genevieve era el último aire de juventud,
era ?como para el Tío Alberto de Machado?, el quemar
los últimos cartuchos, tirarse las últimas juergas... y sentir que seguía vivo.
Siguió viéndola aún después que Françoise Gilot lo abandonara, porque para el
genial malagueño ?el hombre no deja de enamorarse cuando envejece, por el
contrario: envejece cuando deja de enamorarse?.

Genevieve lo visitaba a menudo, y hasta con la
complicidad de su hijo Paulo, en la capilla de Vallauris ?en la Costa Azul?, donde Picasso pintaba los
murales de la Guerra y la Paz. En ese lugar pintó en las rodillas de la
jovencita dos rostros: el de un hombre y el de una mujer, y la niña no se bañó
para conservarlas, hasta que no se borraron solas por el paso del tiempo.
Un
malentendido terminó con la relación entre ambos, el día que Paulo, hijo de
Picasso, le preguntó por qué no le había pedido a la joven que se fuera a vivir
con él. Su padre lo miró y, como solía hacer cuando no se le daba la gana
contestar, murmuró algo.
?¿Qué dijiste? ?le preguntó Pablo.
?Las mujeres
que no amo, se me pegan. Y las que amo, desaparecen ?contestó, de mal talante?.
Fíjate en Genevieve, va y viene pero nunca se queda.
Iba de viaje a la Costa Azul y hablaban de estas
cosas cuando se detuvieron a desayunar en una pastelería, la del matrimonio
Ramie, antes de llegar a Vallauris.
Los Ramie eran los tíos de una joven
mujer de treinta años, divorciada y con una hija llamada Catherine
Hutin
. Picasso la
había conocido cuando era apenas una niña, casi veinte años antes. Su nombre:
Jacqueline Rocque
.
Genevieve Laporte guardó durante décadas en una caja fuerte los dibujos que de ella había hecho Picasso, por temor a un robo. No podía olvidar aquellos tiempos, cuando apenas acababa de cumplir 24 años, y era la amante de ese genio de la pintura, que pisaba las siete décadas. La había pintado desnuda, vestida con traje de novia, con el suéter del uniforme de marinero y de muchas otras maneras, especialmente varias veces más desnuda.
"Era un individuo tierno, respetuoso, inteligente y
tímido. No era el abominable hombre de las nieves", dijo Genevieve a la
prensa. Claro que también dijo que tuvo la suerte de poner fin a tiempo la
relación, antes de que fuera perjudicial para ella, si se tiene en cuenta el
destino de otros amorosas del Picasso.
Cuando Genevieve abandonó a Picasso, Jean
Cocteau, el escritor que lo conocía muy bien, le dijo: "Acabas de
salvarte la vida".