Colección Voyeur

Viernes 30 de Septiembre de 2005
El erotismo del piropo

Pueden halagarnos, acariciarnos el ego, levantarnos la autoestima, tomarnos por sorpresa, deslumbrarnos, hacer que las mejillas se nos enciendan, excitarnos, obligarnos a mirar dos veces a quien lo susurró a nuestro paso, dejarnos pensando y hasta exasperarnos porque nos han dado justo ahí, donde sabemos que somos vulnerables. Algunos piropos, dichos en el momento indicado y en el lugar adecuado, pueden producir milagros y que se nos crispe allí abajo y se nos moje la bombacha, aunque sé de muy pocas mujeres que seamos capaces de admitirlo.
Da lo mismo que tengamos quince, veintiocho, cuarenta o cincuenta y siete años.
He visto, hace muy poco tiempo a un hombre que peinaba canas decirle un piropo a una mujer que ya no era precisamente una jovencita, pero que caminaba con el paso decidido de la que ha sido halagada por muchos hombres en su vida.
El hombre sólo le dijo:
?¡Qué hermosa mujer!
Nada más, nada menos. Fue suficiente para que ella ?alta, esbelta, distinguida, quizás abuela pero con unas piernas que me dieron envidia?, se diera la vuelta y, con la más sugestiva sonrisa le contestara:
?Gracias, señor. Es usted un caballero.
¿Siguió el diálogo? ¿Continuaron esa relación que empezó allí, en la esquina de Juramento, junto a la entrada del subterráneo? No lo sé.

El piropo ?del griego pyropus: rojo fuego?, es tan viejo como la civilización occidental. Los romanos, esos copiones, tomaron la expresión y la usaron para la clasificación de ciertas piedras semi preciosas llamadas granates, de color rojo rubí. Para los romanos, el rubí simbolizaba al corazón, y era la piedra que los galanes le regalaban a la mujer que pretendían cortejar. Aquellos que no tenían recursos para adquirir y regalar un granate, sólo le podían dar hermosas palabras. De ahí que Italia sea, quizás, la patria del piropo.
Algo es cierto. El piropo puede producirnos mil y una sensaciones, algunas más agradables que otras. Pero que a todas las mujeres nos gusta que nos digan un piropo, es una verdad grande como un templo.
Y la que diga que no, que no le gusta, que consulte inmediatamente a un psiquiatra, para que además, la pueda medicar. Me imagino al piropo como el mejor antídoto para no morirnos envenenadas porque nadie nos diga nada.
Porque a decir verdad, lo que nos duele, es pasar desapercibida entre tanta marea humana. No es en balde el dicho popular: "Lo que mata, es la indiferencia".

 
Publicado por Silvia a las 05:00

Respuestas
01 Octubre 2005 - 10:15
Enviar un emailpanetagel
OLÁ, adorei seu conto, mesmo porque é a linguagem que não tem barreiras, a linguagem do amor, da sedução. É a própria linguagem do coração. Vou deixar minhas pegadas para que me faças uma visita. Um abraço
01 Octubre 2005 - 12:30
Enviar un emailSilvia Bonasi
Moito brigado, querido amigo. Um beijo. Silvia
29 Marzo 2009 - 19:09
Enviar un emailAlejandro
El piropo debería ser como una rosa que se arroja a los pies de la mujer que se está admirando; al no tener flores a mano, debemos usar el vocabulario para hacerle sentir a esa dama, lo mucho que nos ha pegado su presencia. Lástima que algunas mujeres malinterpreten este proceder, ¿no? Obviamente en esta categoría (piropos) no entra la chabacanería ni la grosería. Muy interesante el comentario. Gracias por ilustrarnos.

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