Lo mío parece ser grave. Debo ser una nostálgica contumaz, una romántica retrógrada, nada fashion, que se ha quedado anclada en un pasado que ?teniendo en cuenta las modas de este mundo progre, globalizado, materialista e hiper individualista?, se me hace tan remoto como los trajes con chaleco que usaban los hombres.
¿Camas separadas? ¿Una opción diferente?
Pero si hasta ayer nomás, una esperaba el momento de compartir la cama con su hombre, con ronquidos o sin ellos. Dormir juntos ?habiendo hecho el amor o no? era un placer, era la culminación de la jornada, era el final esperado después de haber compartido las vicisitudes y las alegrías de un día, y del simple y grandioso hecho de vivir juntos.
Recuerdo unas mini vacaciones en Mar del Plata en el invierno de 1997 ?al fin y al cabo no hace tanto tiempo?, gracias a una estadía de cortesía en el hotel Costa Galana, por un canje publicitario. Todavía me acuerdo la cara de decepción de mi compañero y mía cuando nos abrieron la puerta de la habitación y nos encontramos con las dos camas separadas de una twin. ¿Una estadía casi gratis en ese hotel tan hermoso, en pleno invierno, con vista al mar y todo el confort y teníamos que dormir en camas separadas?
Cierto es que no había impedimento alguno en ocupar una sola de ellas para hacer el amor. Cada una tenía por lo menos una plaza y media, espacio más que suficiente. Pero... ¿y después? ¿Y el deleite de yacer juntos, abrazados, acariciándonos después de sofocada la pasión? ¿Y el placer inmenso de ?hacer cucharita?, los cuerpos casi fundidos el uno con el otro, la mano de él en mi vientre y la mía en su muslo hasta quedarnos dormidos? ¿Cómo íbamos a poder cobijarnos juntos y disfrutar de la calidez de esa habitación soberbia, sabiendo que afuera la temperatura era casi polar? ¿Y si en la madrugada uno de los dos, adormilado, necesitaba abandonarse al impulso de empezar de nuevo?

En camas separadas, no era posible.
A qué punto habrá sido nuestro desasosiego que el joven que nos acompañó con el equipaje y nos entregó la tarjeta magnética, antes de recibir la propina nos tranquilizó diciendo:
?No se hagan problemas... ahora viene la mucama y les junta las camas.
Hasta no hace mucho camas separadas eran sinónimo de desavenencia. O de un mutuo acuerdo de ambos cónyuges de mantener las apariencias ante el resto de la familia, en una actitud que en mi escala de valores era más hipócrita que realista.
Y ahora, en opinión de psicólogos y councelors, resulta que dormir
en camas separadas se eleva al rango de paradigma de la
convivencia y del mejoramiento en la comunicación de la
pareja . Porque en los tiempos que corren, todo parece ser válido para conseguir que la rutina no estropee la relación.
Recuerdo
que en mi familia una conocida de mi madre contrajo patrimonio con un hombre con el cual compartían la dirección de una empresa. Tenían dos hijos perfectitos, que iban a colegios caros y tenían amigos que pertenecían a otras tantas familias opulentas. La conocida de mi mamá y su marido salían mucho a cenar afuera, jamás discutían, no hacían papelones, delante de terceros eran la imagen viva del equilibro y la perfección matrimonial. Pero no dormían juntos. Ni siquiera en camas separadas. Dormían en cuartos separados.
Naturalmente, no se amaban.
Y esos chicos se avergonzaban de esa situación. Rara vez invitaban a un compañero o a un amigo a su casa, porque corrían el riesgo de que se supiera y se corriera la voz de que su papá y su mamá dormían en cuartos separados, y eso ?queridos lectores? era muestra palpable de problemas conyugales... y de los que podían ser considerados serios.
Pero la post modernidad con sus espejismos de autosuficiencia, egocentrismo, narcisismo a ultranza y materialismo elevado al rango de escala de valores, puede hacer de las camas separadas ?una nueva alternativa o una opción diferente para la pareja?.
Un novelista famoso escribió ?palabra más, palabra menos?, que hay una considerable cantidad de idiotas en este mundo que comen caca de rata pero se hacen la ilusión de estar masticando caviar Beluga y no hay quien pueda convencerlos de lo contrario, hasta que se atragantan con lo que ingieren. Quizás sirva como alegoría ¿qué les parece?
Por lo que a mí respecta, creo que queda en claro, las camas separadas no me gustan. Quizás porque me han dicho que, de vez en cuando, yo (como muchas mujeres, aunque se nieguen a admitirlo), también ronco. ¿Y qué?