En las ruinas de Pompeya, cerca de Nápoles, en las ruinas de una construcción llamada La Villa de los Misterios, un conjunto de frescos que decoraban las paredes del tablinum –el comedor–, y que fueron datados como de mediados del siglo I a.C. Esos frescos, que corresponden al tipo de pintura pompeyana, son el más antiguo de los restos de pinturas murales de la antigüedad, y constituyen una excelente muestra del llamado estilo arquitectónico o segundo estilo.
El nombre de Villa de los Misterios le fue dado porque los frescos mencionados, a todas luces, están destinado a los misteriosos ritos de iniciación en el culto dionisíaco y aunque en su versión romana, sin duda alguna pertenecen al período de antigüedad clásica, por estar inspirado en modelos griegos y aunque no se conoce el verdadero sentido de las pinturas, sí se puede mencionar el alto grado de erotismo en varios de los tramos del gran fresco.

Escena del Gran friso de los Misterios Dionisíacos
Villa de los Misterios, ruinas de Pompeya, Nápoles.
Aproximadamente en la mitad del friso, Dionisio se representa como recostado sobre el regazo de Ariadna y a su derecha, una esclava presenta el símbolo del falo sobre una bandeja de granos, mientras la poderosa diosa con alas azota a una mujer que, desnuda de la cintura para arriba, se ofrece –y no vemos que esté sujeta y obligada–, al castigo.
Los temas desplegados varían considerablemente, pero la constante de los ritos báquicos se conserva en la mayor parte de las imágenes. Por ejemplo en la que presentamos, las jóvenes que allí se representan, aparecen en una actitud casi de posesión o de delirio frenético. En otra, las mismas jóvenes –completamente desnudas–, son perseguidas por figuras negras con alas mientras ellas parecen estar danzando.
Es muy difícil especular, desde nuestro tiempo, sobre el tipo de ritos iniciáticos a los que se sometían las jóvenes aspirantes, pero no cabe duda que se trata de una liturgia misteriosa, en la que no faltaban los excesos sexuales ya que Dionisio, dios del vino y del éxtasis amoroso, además de embriagar los sentidos para amortiguar el sufrimiento, lo canalizaba con la práctica de todos los excesos de la carne, desatando su ira y descarándola con el sufrimiento de otros.