Colección Voyeur

Domingo 23 de Octubre de 2005
Si tan solo supiera...

A Mandingo

Hace rato que no sé de ti, de modo que entro al estudio a buscarte.
Amore –te llamo–, “cosa fai?
Estás frente a la computadora y te das vuelta en la silla giratoria. Me diriges una mirada de desprecio absoluto. No tengo tiempo de preguntarte qué te sucede porque veo que estás desnudo y que tienes una formidable erección. ¡Ah, qué delicia! La excitación me recorre la columna como si fuera un latigazo.
Nunca antes te había visto tan tieso, tan grande, tan grueso. Tan fugaz como un reflejo, mi coño se humedece. Me estremezco. No recuerdo haberme mojado jamás de esa manera. No cabe duda, es tu hombría allí expuesta, que me provoca. Busco tus ojos con los míos, pero es en vano. Tienes la vista perdida en algún punto detrás de mí y tus provocativos ojos verdes son ahora dos tizones que te abrasan las pupilas. ¡No importa! No puedo apartar mi mirada de tu erección.
Me despojo del negligé que llevo puesto y me acerco a ti ardiendo de deseo. Estiras los brazos hacia mí, me agarras con fuerza y me atraes violentamente hacia tu cuerpo. Me paras frente a ti y me bajas la cabeza. Hincas tus dientes en mi cerviz. Con gusto entrego mi nuca a tu boca agresiva. ¡Muerde, muerde fuerte! Sométeme a dentelladas. Sabes muy bien que así me dominas. Aunque, date cuenta, no estoy oponiendo la menor resistencia. Puedes hacer conmigo lo que quieras. ¡Sigue!
Temblorosa, me quedo esperando a que lamas y beses la marca que dejaste, que me alivies el dolor. No dices ni una sola palabra. ¿Dónde están las amadas ternezas que sueles susurrar a mi oído con tu mejor voz de seductor italiano? Sí, debo admitirlo, echo de menos esos dulces “bella”, “cucciolo”, “mia passione” que me vas regalando con cada beso, con cada lamida.
Definitivamente estás furioso. ¿Por qué? No sé y, a ser sincera, no me interesa en lo más mínimo.
Imperioso, casi brutal, tiras de mi brazo y me arrodillas ante ti. Es justo lo que quiero. Desde que te vi, ansío tomar tu falo entre mis manos y llevármelo a la boca. Y eso estoy haciendo en este momento. Maliciosa, busco tu mirada y de nuevo me la escondes. Bien, ¿quieres jugar al duro? Por mí no hay problema. Pero, te advierto, podrías llevarte una sorpresa…
Para desesperarte, no te toco. Me regalo varios segundos sólo para observar tu sexo, mientras me mojo los labios y aspiro profundo para oler las gotas de ese líquido traslúcido que asoma. Conociéndote sé que quieres que me trague toda tu hombría de una sola vez y te chupe con fuerza. Saco la lengua y la paso, despacio y suave, por el glande enrojecido. ¡Ah! Qué bueno. Otra vez más logré estremecerte.

Lamo con calculada lentitud entre el glande y el asta, jugueteo con tus testículos. Siento su peso en mis manos. Sí, están llenos, están listos. Quiero exprimirlos, vaciarlos. Quiero tu semen. Estoy lista para ir por él.
Sólo entonces abro la boca por completo y te engullo. Succiono. Mi boca se ha sublevado, ávida y exigente. Mis dedos buscan ese punto que te hace suspirar y estremecerte.
Sé de los ramalazos de placer que te fustigan el cuerpo, soy su artífice. Vamos, hombre, regálame tus jadeos. Deja escapar ese gemido que tienes ahogado en la garganta. Tiembla bajo el azote de mi lengua. Goza con mis dedos.
¿Qué ocurre? ¿Prefrieres seguir haciendo el duro?
Tiras de mis cabellos y empujas esa hombría dentro de mi boca. No te la haré fácil, bribón. Ahí va. Presiono de nuevo el perineo. Acometes otra vez, empecinado.
¿Y si me aventuro un poco más allá?
Lo intento…
Estás furioso, ¿eh? Te incorporas y me pones de pie. Me tomas por los codos y me das la vuelta, de espaldas a ti. Esas tenazas que tienes por manos me agarran, no puedo liberarme. Pegado por detrás a mi cuerpo, me obligas a dar varios pasos contigo. Siento cada uno de tus relieves y tus honduras. Tu altura te permite mantener la cabeza apoyada en la mía y siento tu aliento caliente en mis cabellos. La cerviz aún me escuece, parte dolor, parte placer. Tu verga sigue clavada en mis riñones. ¿Quieres que la sienta allí, eh? ¿Que enloquezca con la espera? ¿Que sepa lo que me tienes reservado?
Me afirmas contra la pared, me inmovilizas con uno de tus brazos en la espalda. Una de tus piernas separa las mías y por puro instinto las flexiono. Ha llegado el momento, ya siento tus dos dedos en mi coño húmedo. Los mojas, y sabes muy bien para qué. Vas a lubricarme para penetrarme, pero no por allí. Me mojas, me abres, me preparas como el animal del sacrificio.
Cuando crees que es suficiente, con esa misma mano ungida con mi humedad, me tapas la boca y sin más, me enculas.
Embistes con fuerza. Lo sé, si me duele, no te importa. Puedo sentir tus bolas chocar contra mis nalgas. Tú sabes por qué me tapaste la boca, bien que lo sabes. Quiero gritar y lo adivinas. Retiras la mano y siento la boca pringosa. Retiras apenas tu verga al mismo tiempo, y me arrancas un quejido.
Ti fa male? –me preguntas.
Hasta el momento, no habías dicho una sola palabra. No llego a contestar. Apenas si amago un gesto con la cabeza, y otra vez esas tus manos me sujetan las caderas y me abren las nalgas. Acometes de nuevo y esta vez, con más fuerza.
Ahora sí, no puedo reprimir el grito.
¿Tu respuesta? Me tiras del cabello, mi cabeza hacia atrás, sometida, indefensa.
Con tu boca en mi oreja, me gruñes una orden:
Stai zitta! –ruges.
Cada palabra, una amenaza.
Pero no te voy a dar el gusto. No quiero complacerte y de silencio, nada. Si se me antoja gritar, grito. Del fondo del dolor brota un orgasmo. Me atraviesa el cuerpo. No es un orgasmo, es un rayo. Es el rugir de un trueno, es el fulgor de un relámpago traspasándome el cuerpo.
–¡Ah, Dios! –grito.
Pero esta vez no quieres que me calle. Reconoces cada ramalazo de placer, los estabas esperando. Presiento que estás por llegar también, y me agito. Sé cómo se te esponja aún más la verga cuando estalla. Tu respiración, más agitada, me lo anuncia.
No te privas de nada, primitivo. Me magreas los senos, me los aprietas, hundes tus dedos en la carne blanca y clavas tus uñas. Y entonces, en tu embestida final, arremetes con una fuerza para mí desconocida.
Y entonces sí, te vienes.
Me anegas.
Esta vez mi grito no es grito, es alarido. Penetras más, vas a fondo, no puedo más, me estás partiendo. Siento que me deshago, me derrito, mi cuerpo tiembla, las piernas se me ablandan, sacudo la cabeza. Es demasiado.
No puedo más. No te detengas.
Antes de salirte del canal, tu boca en mi oreja y tu voz de acero que me dice:
Non farlo mai piú, puttana! –y me sueltas.
Te llegas hasta el baño, abres la llave de la ducha y empiezas a silbar el "Nessum dorma". En el cuarto, me dejo caer al suelo. De todas las óperas, ¿por qué tienes que escoger precisamente esa?  Sabes que adoro "Turandot", y ese final.
Sentarme es un esfuerzo, pero me siento. Recojo las rodillas, apoyo la cabeza a la pared y cierro los ojos. Sigues silbando. Quiero recordar qué hice en los últimos días. Me pregunto cuál actitud te despertó la ira. ¡Ah! Si tan sólo supiera qué te provocó esa furia. Pero por más que busco y rebusco, no encuentro.
De pronto, sólo escucho la cascada de la ducha, dejas de silbar. Casi no tengo fuerzas para levantarme, pero las consigo. Entonces llega tu voz. ¡No te bastó con silbar, ahora también cantas!  Para ponerme en pie, me apoyo en la pared, temo caerme. Cuando escucho el prolongado "All'alba vinceró!”, te adivino satisfecho, forzando la garganta para el repetido final: "Vinceró! Vinceró!
En ese instante, estiro los brazos, doy un respingo y una sonrisa me cabriolea en los labios.
Para que me escuches, por sobre el ruido del agua de la ducha te grito:
–¡Si tan solo supiera qué fue lo que hice con gusto lo haría de nuevo!
Durante un instante, silencio. Después, la ducha también enmudece. Y mi coño, que vuelve a humedecerse.
¿Quieres más? –me digo–. Aquí te espero…

Anamar

Ilustración, Red Head, cortesía del artista plástico Bruno Di Maio

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
24 Octubre 2005 - 05:25
sonrisas
me sigue sorprendiendo tu fuerza al describir las vivencias.
24 Octubre 2005 - 10:10
Antonio
Una duda, tía: ¿eres mujer o un tío que escribe bajo ese nombre pa matizar la cosa ? quienes algo sabemos de internet, sabemos de las sopresaas acerca de que quien aparece...pues ese/a no es... No ostento una lista de mujeres seducidas por mis encantos, pero me gustan, claro, y mucho y justamente lo que hace de ellas seres cautivantes, sensuales, irresistibles son aquellas que como tales, se van sacando de los siete velos , todos menos uno. Vamos que creo que ese el secreto... que una mujer me cuente al oído esta fantasía, me enloquece, que la exponga, perdió pa mi... Hacer lo que el hombre, hablar como hablamos los hombres si eres mujer ... ¿es como entiendes el tiempo moderno? Viva la diferencia! Que no somos iguales mujer... me quedo con tus relatos anteriores, cuota de erotismo, creíbles... Anda, ve por tu velo, vuelvete misterio. Antonio.
24 Octubre 2005 - 17:41
Enviar un emailAnamar
¡Por supuesto que soy mujer! Y ese que lees ahí es mi nombre. No me escondo detrás de un seudónimo, ni de ninguna otra máscara. Una de las cosas más maravillosas que tiene la escritura -y también la lectura- es la posibilidad de ver, experimentar, narrar, describir una situación desde varios puntos de vista. Si leíste mi relato de hace dos domingos ("Al ritmo de sus caderas"), habrás notado que lo conté desde la perspectiva masculina y utilizando la voz de un hombre. En este de ayer ("Si tan solo supiera"), quien habla es una mujer. Admito que su lenguaje y tal vez su tema sean un poco más fuertes que los de las historias anteriores. ¿Qué te puedo decir al respecto? Que se trata únicamente de un velo más que me aventuré a descorrer. Al igual que tú, celebro y disfruto las diferencias. Soy de esas mujeres sumamente femeninas que nos hacemos manicura y pedicura, usamos apenas el maquillaje justo para realzar nuestra belleza, nos encaramamos en unas sandalias de tacón alto para ir a hacer compras al supermercado, optamos la mayoría de las veces por un vestido o una falda y estamos muy conscientes del encanto de ese velo que envuelve el llamado "misterio femenino". Sin embargo, cuando escribo me doy la libertad de ponerme en el lugar de un hombre para ver qué podría sentir éste en determinado momento. Créeme, no es fácil, aunque sí muy enriquecedor para mí no sólo como escritora, sino también como mujer y, por encima de todo, como ser humano.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces