Colección Voyeur

Lunes 31 de Octubre de 2005
Promiscua, bella y noble

En ese orden ha pasado a la historia Julia, hija de César Augusto, nacida en el 39 a.C. de la unión de éste con Escribonia, su primera esposa.
Julia era hermosa sin limitaciones y por donde se la mirara. Desde pequeña fue la gran preocupación de su padre, que necesitaba casar a su hijita díscola para tener un yerno o un nieto que lo pudiera suceder. Por ello la casó primero con Marcelo, que murió muy joven. A continuación la casó con su amigo Agripa, con el que tuvo tres hijos y dos hijas: Julia la Menor y Agripina. Los dos primeros fallecieron siendo niños y el tercero –Agripa Póstumo, porque nació luego de la muerte de su padre–, fue exiliado por orden del emperador, por haberse comprobado que era deficiente mental.
Finalmente a instancias de Livia, su segunda esposa, la casó con el hijo de ésta, Tiberio –contra la voluntad de su amargo muchacho, que estaba muy bien con su anterior mujer, de quien tuvo que divorciarse–, que no tenía ni paciencia ni sentido del humor para soportar las trastadas que le hacía su bella e impuesta mujercita.

Parece que era vox populi que la hermosa Julia era capaz de cualquier exceso con tal de escandalizar al pueblo de Roma. Se dice que era tan promiscua, y de tal cariz sus aventuras eróticas, que llegó a unirse a un grupo de mujeres que se acostaban con cualquier hombre, sin importar su edad ni condición. Con ese grupo de amiguitas –se comenta–, llegaron al límite del acoso sexual en las callejas de la ciudad de Roma.
Esta fama, por supuesto, le acarrearía pésimas consecuencias. Luego de que su padre se enterara que la nena había tenido miles de encuentros sexuales y que no había quien lo ignorara en toda la urbe, la mandó desterrar en Ventetones, lugar del que no pudo salir y en la que falleció en el año 14 d.C.
Hay quienes opinan que si bien Julia era una matrona ligera de cascos, no era tan promiscua como pretendía Livia, que aprovechando los amoríos de su hijastra urdió una de sus famosas tramas para que Augusto tomara tal decisión y, al momento de la sucesión fuera Tiberio el elegido para ocupar el trono.
Para desventura de Augusto –que era bastante conservador en materia de costumbres sexuales–, su nietita Julia le salió más descocada que la madre. En el año 8 d.C. el emperador tuvo que soportar un nuevo escándalo a causa de los excesos de su hermosa nieta, quien pese a su matrimonio con Lucio Emilio Paulo, mantenía relaciones carnales con el poeta Ovidio –que no le caía nada bien al César–, quien le cantó con el nombre de Corina. Cuando esta relación se hizo pública, tanto Julia como Ovidio fueron desterrados.
Nos imaginamos a un Augusto abatido, ya viejo, preguntándose por qué le tenía que ocurrir justo a él, que todas las Julias se le habían transformado en una auténtica pesadilla.

 
Publicado por Simon a las 05:00

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