Colección Voyeur

Martes 08 de Noviembre de 2005
Erotismo en sepia

Cuando era pequeña mis abuelos por parte de madre vivían en un pueblito de montaña de Lérida, en Catalunya, cercano a la frontera con Francia. De esa época tengo algunos hermosos recuerdos de la época de las fiestas navideñas, cuando viajábamos a pasarla con ellos pese al frío del invierno: las castañas asadas, el hogar encendido, el café caliente y la biblioteca de mi abuelo, en la cual se percibía el aroma de la madera, cuero, tabaco y ese inconfundible olor de los libros.
Fue en la biblioteca de ese abuelo catalán que descubrí una tarde en la que todos dormían la siesta –mi abuela siempre me decía: “Ya descubrirás, niña, que las siestas no se hicieron para dormir”–, una cajita escondida entre los libros, donde mi abuelo guardaba un fajo de fotos de esas que los niños no debíamos ver. Fotos como la que ilustra esta nota. Las viejas fotos eróticas en sepia, algunas desvaídas por el paso del tiempo, que para la época, y como se imaginarán, eran la mar de prohibidas. Fotos como las que podréis encontrar aquí, en este sitio por el que me he dado una vuelta y que –además de despertarme estos recuerdos que tenía dormidos–, me ha parecido de lo más divertido.

Recuerdo cuánto se amaban mis abuelos. Ella era una mujer dulce, de maneras suaves, piel muy blanca y ojos azules que a su edad seguía siendo bella y, por las fotos que había visto en la casa, había sido una mujer hermosa, con todo lo que se entiende por ello. Aún hoy la asocio con el olor del pan recién horneado, las puntillas y las manos suaves.
Mi abuelo, bajo su apariencia de hombre serio y de pocas palabras, era un catalán que llevaba en sus genes la impronta de los siete siglos que los moros ocuparon España. Ojos negros, el cabello totalmente canoso que contrastaba con unas cejas que seguían siendo del color del ala de cuervo. Y bajo esa apariencia de rudeza, era un hombre sumamente tierno, que olía a tabaco, que contaba estupendos cuentos y que, me consta, amaba a mi abuela con una pasión que no he vuelto a ver muy seguido.
Yo misma los sorprendí una mañana que me desperté más temprano que de costumbre, mi abuela trajinando con la cocina económica de leña, justo cuando él le daba una palmada más que cariñosa en la cola, y ella –con un gesto de picardía que a veces le iluminaba el rostro–, le regañaba diciéndole en catalán: “¡Hombre! Sal de aquí... sal de aquí que está por despertarse la niña”. Por supuesto, nunca les dije que los había visto.
En esa casa escuché hablar de Andorra y Perpignan y de las escapadas que ambos se hacían, durante la época de la represión franquista, y de aquello que hacían del otro lado de la frontera donde –ahora lo sé–, habían algunos cines que daban esas películas que hoy te las puedes bajar de la Internet y negocios en los que vendían fotos como ésas, que encontré en la caja de la biblioteca.
No me cabe duda que en aquellos tiempos sería mucho más divertido –al menos para ellos–, por ese toque que le da lo prohibido. Me los puedo imaginar a ambos, tomados de la mano, entrando en esos cines o comprando esas postales eróticas que encontré una tarde, secreteando y divirtiéndose como dos chavales que van de juerga, eludiendo la censura. Darme una vuelta por ese sitio que os recomiendo, me trajo esos hermosos recuerdos de la niñez y de los estupendos abuelos que la vida me tocaron en suerte.
Os dejo un beso.

 
Publicado por Monserrat a las 05:00

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