En una serie de notas anteriores, hemos tratado los mitos que circulan por allí acerca del orgasmo femenino. Estoy convencida que todas las mujeres tenemos la vía libre para obtener placer sexual, y es falso de falsedad absoluta que haya mujeres que no estén capacitadas para disfrutar del orgasmo. Claro que también es cierto que hay una considerable cantidad que no sabe de qué va eso del goce femenino: esa excitación que se manifiesta mediante una serie de cambios en todo el cuerpo, que se nos ruborice la piel, que se nos altere el ritmo respiratorio, que no podamos reprimir los suspiros profundos y que nos aumente la tensión sanguínea y la frecuencia de los latidos del corazón.
Nuestra fase de excitación suele ser mucho más larga y placentera que la del hombre, y cuando empiezan los espasmos que nos llevan a tensar los músculos del cuello, los brazos y las piernas, entramos en esa suerte de trance que nos corre por todo el cuerpo y nos anuncia que estamos llegando a la cima, al paroxismo del orgasmo.

Y entonces allí, cuando ya nos dejamos llevar por las sensaciones, sacudimos la cabeza, nos reímos, gritamos o gemimos como gatitas –algunas no podemos resistir la tentación de arañar, también–, o tironear de las sábanas. Hay tantas variantes como mujeres, y en cada una es diferente. Es ese lapso de entre veinte y sesenta segundos en que el cerebro se nos llena de fuegos de artificio de colores, y se hace tan largo que a veces se torna inaguantable y, al mismo tiempo tan corto, que deseamos que no termine nunca.
Se han escrito páginas y más páginas acerca del orgasmo femenino. Dando vueltas por el ciberespacio me encontré con una nota muy bien escrita amena y nada acartonada, cuyos autores son Maricruz Pineda Sánchez y Ollin Islas Romo, titulada “Dame una O”, que lo define así: “Es tan adictivo como el alcohol, tan buscado como el oro y más deseado que un gol de campeonato. La petit mort, como también se le conoce, ha tenido que librar varias batallas para aspirar al trono que merece: rey del más alto placer humano”.
Os la recomiendo, y no sólo a las mujeres. Que vosotros, los señores, también debéis saber muy bien de qué va eso del placer de la mujer; que todas somos distintas; que cada mujer debe ser gratificada a su manera; que no hay reglas fijas y que algunas mujeres llegan al punto perder la conciencia de tanto placer, mientras que otras lo viven de manera tranquila y sosegada. Y que cuando la unión es plena, tanto la mujer como el hombre experimentan una sensación que no tiene parangón: la exaltación de la consustanciación.
Y que todas, invariablemente, necesitamos de las caricias para regalaros uno, para vuestro deleite personal.
Os dejo un beso.