Colección Voyeur

Viernes 11 de Noviembre de 2005
Los amores de Napoleón

Se han escrito cientos de miles de páginas acerca del pequeño gran Corso. Se ha dicho de él que detestaba el agua y que le enviaba a Josefina cartas subidas de tono exigiéndole que no se diera baños, y que su ojeriza con respecto al agua era tal que exigía a los miembros de la Vieja Guardia que no se bañaran, por lo que el hedor de las tropas podía percibirse desde lejos.
Otros han asegurado que Napoleón Bonaparte se excitaba sexualmente haciendo caricias o rozando las piernas de sus soldados, o que obligaba a sus subordinados a cederle a sus mujeres, si tenían la mala suerte que él le pusiera el ojo encima a alguna en especial.
Lo cierto es que Napoleón tuvo muchas mujeres en su vida. Creía –en opinión de Max Gallo–, que “para imponerse a una mujer en este mundo tal cual es, hay que conquistar ante todo a una mujer”.
Vivió antes de Brienne y después de la Revolución Francesa, rodeado de mujeres: su madre Leticia, sus hermanas, Josefina de Beauharnais, sus amantes y luego María Teresa de Austria, la que le daría al hijo que tanto anhelaba para sucederlo en el poder.

Escribió a su hermano José: “Las mujeres están presentes en todas partes: en los espectáculos, en los paseos, en las bibliotecas. Hasta en el gabinete de un erudito se ven bellas jovencitas. Sólo aquí, de todos los lugares de la tierra, merecen llevar el timón; pero también los hombres están locos, no piensan más que en ellas y sólo viven por ellas y para ellas. Una mujer sólo necesita de seis meses en París para saber lo que merece y cuál es su imperio”.
Consecuente con esta, su manera de pensar, se introdujo en el mundo de las mujeres en las célebres reuniones que se realizaban en la casa de madame Recamier, donde una señora no tan joven, de cabellos oscuros le sonrió por primera vez: Josefina, que por ese entonces –se rumoraba–, era amante del ciudadano Barrás.
Y allí también conoció a quien lo introdujo en el misterioso mundo de las mujeres. Un mundo de sensualidad, inteligencia y poder. Porque para llegar a obtener el apoyo del hombre más poderoso de la Francia Revolucionaria, necesitó acercarse a la hermosa Teresa Tallien, a quien se conocía en París como Notre-Dame de Termidor. Con ella, en el próximo post, comienzo esta serie que trata acerca de las mujeres de Napoleón Bonaparte.

 
Publicado por Simon a las 05:00

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