Fue Cosme de Medicis, jefe quien en la primera década del 1400 gobernaba la república de Florencia y era el jefe de una familia de banqueros que controlaban entre otras las finanzas del Vaticano y tenían grandes negocios internacionales, quien eligió a Baltasare Cossa, como sucesor del Papa Alejandro V.
El mencionado Cossa, que llegó a ser elegido Papa con el nombre de Juan XXIII, y ocupó el trono de San Pedro entre 1410 y 1415, fue un hombre controvertido en la historia del Renacimiento, aunque posteriormente otros más controvertidos ocuparon su lugar y no fueron defenestrados de la misma forma.
Según Dietrich von Niem, en su juventud se dedicó a la piratería –aunque otros cronistas de la época aseguran que estudió en Bolonia, donde se doctoró en Derecho–, por lo que es difícil formarse una idea exacta sobre su personalidad y abrir juicios sobre sus actividades.
Lo cierto es que fue acusado por casi cuarenta testigos –¿hace falta mencionar con qué facilidad se podían agenciar de testigos ad hoc sus enemigos en esa época?–, de los cargos de fornicación, sodomía, hurto, homicidio, adulterio e incesto, y de haber mantenido en Bolonia un harén de por lo menos dos centenares de jóvenes –entre ellas las religiosas más hermosas y jóvenes–, que padecieron sus excesos y los de los monjes que gozaban de su confianza.

Se dice que entre sus relaciones estaba su propia cuñada y que, luego de ser destituido y excomulgado en el Concilio de Constanza –que él mismo convocó–, fue asesinado por un marido engañado en 1419.
Pero estas acusaciones no parecen concordar con la opinión de otros estudios que aseguran que no fue el monstruo de corrupción descrito por sus enemigos y que poseía una gran capacidad, aunque tal vez mayor para la guerra o la política, que para el cuidado de las almas de los fieles, como lo describiría Leonardo de Arezzo y sin exagerar, como: “un grande en las cosas temporales”.
Es cierto que cuando asumió el papado, benefició holgadamente a sus patrocinadores –los poderosos banqueros Médicis–, que si bien manejaban a su antojo la fortuna de la Iglesia, utilizaron su dinero no sólo para ganar más, sino para llevar a cabo obras públicas, construir hospitales, patrocinar estudiantes prometedores o financiar a eruditos y artistas necesitados de capital, como lo hiciera con Donatello, Brunelleschi y muchos otros artistas de la época.
El monumento funeral de este Antipapa, excomulgado por hombres no menos licenciosos que él, en una época en que la Iglesia se debatía en una lucha sin piedad por el poder terrenal, fue diseñada por Donatello y en su construcción fue asistido por Michellozzo.
Es llamativo y da que pensar que otro papa muy polémico, por los cambios y reformas que produjo en el seno de la Iglesia Católica–, eligiera el mismo nombre que el presuntamente infame y licencioso Antipapa Baltasare Cossa.