Colección Voyeur

Jueves 17 de Noviembre de 2005
Los amores de Napoleón: Josefina II

Dicen que cuando contrajeron enlace, Josefina, además de cambiar su nombre, le restó cuatro años a su edad verdadera y Napoleón le agregó dieciocho meses y que si hubo una pareja polémica en la historia, fue la de ellos, puesto que para empezar parecen haber firmado un contrato matrimonial con separación de bienes incluida, aunque para ese momento él no tenía más fortuna que su cargo y ella lo único que tenía, era la ropa que llevaba puesta... además de cuantiosas deudas contraídas. Esto de las deudas, con el tiempo parece haberse transformado en costumbre, puesto que hasta después de divorciados, cuando Napoleón ya había casado con la princesa María Luisa de Austria, seguía pagando las obligaciones que su mujer contraía alegremente.
Si se consideran ciertas y fidedignas las crónicas de la época, durante su corto noviazgo y su matrimonio, Napoleón y Josefina llevaron a cabo una actividad amorosa apasionada y constante y sus gritos, gemidos y jadeos nocturnos tenían en vilo a todos los habitantes de La Malmaison, la propiedad que el novio eligió y le regaló a su prometida. Un chisme de la época cuenta que en la noche de bodas, el perro de Josefina atacó a Napoleón cuando imaginó que estaba haciéndole daño a su dueña, por sus quejidos y exclamaciones.

Sí es cierto que Josefina de Beauharnais había sido –y siguió siendo–, una viuda ligera de cascos, que llevaba una vida liviana y estaba en boca del pueblo por pagar “en especies” todo aquello que necesitaba y que no tenía el menor empacho en reconocer que le tenía alergia a la castidad. A tal punto era su fama, que cuando Napoleón anunció que se casaría con ella, se transformó en el hazmerreír de sus allegados y provocó la cólera de su madre Letizia y sus hermanos por el hecho de “querer pagar por aquello que todos recibían gratis”.
Hecho éste que al joven general parecía tenerlo sin cuidado, que disfrutaba con sus opulencias y la generosidad con que se prodigaba en el momento de entregar su sexo. Nadie podía saber, sin experimentar, qué sentía él al desvestirla y acariciarla en esas noches de pasión, aún antes de quitarse el uniforme.
“Me despierto lleno de ti. Tu retrato y tu embriagadora velada de ayer no han dado reposo a mis sentidos. Mi dulce e incomparable Josefina, ¡qué extraño efecto causas en mi corazón! Si te aflijes, si te veo triste, si estás inquieta, mi alma se desgarra de dolor y no hay ya reposo para tu amigo. ¿Pero es acaso de otro modo cuando, al entregarme al profundo sentimiento que me domina, elevo hasta tus labios y tu corazón la llama que me abrasa? ¡Ah! Esta noche me he dado cuenta de que tu retrato no eres tú misma. Te marchas a mediodía, te veré dentro de tres horas. Mientras aguardo, mio dolce amore, un millón de besos, ¡pero no quiero los tuyos porque me inflaman la sangre!”
De tal cariz y grado de pasión eran las cartas que Napoleón le escribía a esa mujer que le había hecho perder la cordura y lo había despertado a su sexualidad. Napoleón y Josefina contrajeron enlace el 19 Ventoso del año IV –9 de marzo de 1796–, en el ayuntamiento de la calle Antin y estaban presentes Barrás, Teresa Tallien y los los edecanes del recién nombrado general del ejército de Italia. Dos días después de su casamiento, partirá hacia Niza, para establecer su cuartel general.
Cuando Josefina lo despide en la escalinata antes de montar su caballo, ya se está preparando para una larga ausencia y para encontrarse con un joven capitán llamado Hyppolyte Charles.
El 27 de marzo, cuando apenas han transcurrido quince días de su partida, un Napoleón consternado escribe: “... Cada instante me aleja de ti, adorable amiga, y a cada instante tengo menos fuerzas para soportar verme alejado de ti. Eres el perpetuo objeto de mis pensamientos; mi imaginación se extenúa al representarse lo que haces. Si te veo triste, mi corazón se desgarra y mi dolor aumenta; si eres feliz, alegre con tus amigos, te reprocho entonces haber olvidado tan pronto la dolorosa separación; te creo entonces ligera y por lo mismo, sin ningún sentimiento profundo...”.
Lo que Napoleón no comprendía es que ella, a su manera y pese a sus infidelidades y desatenciones, lo quería de manera muy especial. Sencillamente era así, casquivana, enamoradiza, voluptuosa, generosa con su cuerpo e incapaz de evitar dejarse llevar por una nueva aventura. Tal como Napoleón vivía para el campo de batalla, Josefina justificaba su existencia en las lides que se desarrollaban en la cama.

 
Publicado por Simon a las 05:00

Respuestas
17 Noviembre 2005 - 11:09
Natalia
He seguido estos relatos, escritos en forma especialmente ricos en contenido y sensibilidad.Gracias.

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