Colección Voyeur

Miércoles 23 de Noviembre de 2005
Una mujer fue Papa

Nunca había escuchado acerca del tema. Una mujer ocupó el trono de Pedro. ¡Un horror!
Hace poco tiempo leí un análisis profundo de la forma en que la Iglesia Católica se empeñó en hacer desaparecer la costumbre de las sacerdotisas, que contemplaban casi todas las civilizaciones antiguas, Grecia y Roma incluidas.
Pero claro, se lo mantuvieron bien en secreto. Por lo que sé –prometo pedirle a Simón que escriba una de sus habituales notas eruditas sobre el tema–, recién a comienzos del siglo XIII se corrió la voz en Europa que una mujer había dirigido la Iglesia Romana entre el 855 y el 858. A partir de ese momento y hasta el siglo XVI, las autoridades de la Iglesia parecen haber aceptado la existencia de la Papisa Juana como un hecho acaecido, pero a partir de entonces cambió de actitud y se llegó a negar hasta la existencia misma de la mujer, considerada como una leyenda maliciosa y anticlerical por la mayor parte de los historiadores.
Según los nuevos estudios medievales, Juana había nacido en el 822 en Inglelheim, en las cercanías de Maguncia, y cuyo nombre puede haber sido Gilberta, Isabel o Margarita, que desde pequeña fue instruida por su padre, y como en esa época no se le permitía a la mujer estudiar, se hizo pasar por Juan el Inglés, y llegó a vivir un tiempo en Atenas para poder llevar a cabo estudios clásicos.
Llegada a Roma, de la mano de un inglés que la dejó embarazada, se la comenzó a conocer por su sabiduría y su belleza pero, al mismo tiempo, por su sentido de la piedad y a poco tiempo llegó a ser nombrada cardenal, lo que le permitió ser designada Papisa.

¿Cómo sucedió? En este punto es donde entro en confusión, ya que las opiniones de los diferentes estudiosos de la historia medieval discrepan. Pues a la muerte del papa León IV, que fue sucedido por Benito III –considerado un antipapa–, pudo haber sido designada Papisa en 855 con el nombre de Juan VIII El Angelical. O bien Benito III –que no se menciona en el más antiguo ejemplar conocido del Liber Pontificales–, la historia oficial de la Iglesia podría haber rebautizado a Juana o Juan VIII el Angelical, llamándolo Benito para poder disimular mejor su sexo.
Los estudiosos sostienen que desempeñó muy bien su cargo, aunque no se privó de ejercer su condición de mujer –pareciera ser que le gustaba hacer el amor tanto como estudiar–, y se mostró muy digna de ese privilegio. Pero su reinado terminó en abril del año 858, durante una fiesta de Rogativas, cuando se desplomó en la calle y poco después dio a luz a un niño, y murió a continuación horas después. Aparentemente el niño fue convenientemente ahogado para que siguiera a su madre al paraíso y no quedara como testigo, porque no quiero ni imaginar el escándalo mayúsculo entre los fieles. Seguramente por eso es que fue sepultada a escondidas y en un lugar no consagrado como cementerio. También hay un historiador que opina que Benito III fue posterior a ella, y fue él –despechado quizás por no haber podido gozar de los favores sexuales de la sensual papisa–, quien destruyó una capilla en la que había una estatua de una mujer con los hábitos de sacerdote y con un niño en brazos, que se había levantado en su honor en el lugar donde fue enterrada, y cuyas ruinas estuvieron en el lugar hasta el siglo XV.
Pero lo que más me sorprende es que su existencia dio lugar a una costumbre en la Iglesia cada vez que se elegía un nuevo Papa: el invento de la prueba de la silla horadada, en la que se sentaba el Papa elegido con las piernas separadas y los hábitos entreabiertos para que pudiera darse fe de su virilidad. Para ello, dos diáconos se aseguraban mirando y el tocando, y cuando por fin estaban seguros –no se sabe de ninguno que se haya propasado ni un poquito así–, gritaban: ¡Habemus Papa! Momentos después todos los cardenales y presentes se prosternaban, rezaban el Deo gratia, le ceñían el cinturón, procedían al rito del besapies y luego se dedicaban a celebrar con un gran festín en el que vaya a saber uno qué ocurría.
Por lo que pude averiguar, esta prueba ridícula duró hasta el papado de León X, que con un criterio mucho más práctico, cobraba en dinero constante y sonante por el perdón de los pecados.
Claro, a éste, la Iglesia considera actualmente como uno de sus mejores Papas, mientras que a Juana, Gilberta, Isabel, Margarita, Juan VIII El Angelical o como se haya llamado, ni noticias.

 
Publicado por Silvia a las 05:00

Respuestas
23 Noviembre 2005 - 12:42
Enviar un emailfelipe
las mujeres en la Iglesía católica, y algo en las cristianas, es un tema aun cargado de pre-juicios y de mitosd que están por esclarecer. Mujeres importántisimas en o cerca del trno de las altas jerarquías.

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