Colección Voyeur

Domingo 04 de Diciembre de 2005
A cuatro manos

A mis contactos del Messenger que fueron
lo bastante curiosos para preguntar

 

Aunque no sucede siempre, con cierta frecuencia, cada vez que le doy mi nick a un nuevo amigo virtual para que nos encontremos en el Messenger, se repite la pregunta con un dejo de picardía "¿Y ese apodo tan particular?". Cuando hacen la pregunta, sé de antemano que seremos muy buenos amigos. Claro que no les explico el verdadero origen de mi seudónimo de buenas a primeras. Tampoco es cuestión de desnudarse el alma ni el cuerpo sin más. Para quienes no se tragaron el cuento, espero que de esta manera se aclaren sus dudas.
Desde hace tiempo venía pensando en dos fantasías sumamente excitantes para mí. Un buen día, cuando tanto la mente como el cuerpo parecían a punto de explotar decidí que ya era el momento de hacerlas realidad, así que hablé con mi esposo. Él casi saltó de alegría cuando le dije que aceptaba su propuesta de que hiciéramos un trío. Un ménage a trois, se entiende. Me tomó entre sus brazos y me besó apasionadamente. Me dijo que era la mujer perfecta y agradeció la posibilidad de materializar uno de sus más anhelados sueños.
Sabiendo que en menos de cinco minutos sus elogios se convertirían en gruñidos, le dije que para cumplir su fantasía tenía una condición:
?¿Cuál condición? ?preguntó.
?Yo también quiero un trío pero en mis propios términos. Yo decidiré con quién, cuándo y cómo.
En un instante se le velaron los ojos con una sombra de duda y en el momento siguiente desapareció.
Era comprensible: la única idea de un trío que entraba en sus fantasías, siempre había sido él, otra chica y yo.
Pues no.
Sin más preámbulos le aclaré que en mi trío participaríamos él, otro hombre y yo.
Sucedió lo esperado. No sólo gruñó, carraspeó, se atragantó sino que empezó a gritar como un poseso, hasta que me ladró un:
?¡Puta, más que puta! ¡Necesitas dos huevos que te satisfagan!
Hasta ahí llegó mi paciencia, y lo dejé en claro.
?Querido, tranquilo, escucha ?dije?. No es la experiencia de probar dos penes lo que ando buscando. Tampoco quiero lenguas, bocas o lo que se te ocurra Sólo deseo manos.
?¿Deseas qué? ?los ojos se le abrieron como platos gourmet.
?Sueño con que dos hombres me satisfagan a cuatro manos. Quiero que dos personas me lleven al orgasmo sólo usando sus manos ?le aclaré.
A esta altura dejó escapar un suspiro de alivio. Al parecer el que no hubiese penes de por medio lo tranquilizaba enormemente. De todos modos quiso cerciorarse y por eso insistió:
?¿Nada de penes, sólo manos?
Esbocé la más encantadora de mis sonrisas, me acerqué a él, le acaricié la mejilla con ternura y reiteré mi deseo:
?Sí, mi amor. Sólo manos. Sueño con que tú y otro hombre me hagan el amor a cuatro manos. Después haré realidad tu fantasía de un trío con otra mujer.
Sentí como se derrumbaban sus barreras. Sabía que mis dos fantasías se harían realidad muy pronto, aunque a él todavía le quedaba una duda:
?¿Y ya has pensado en alguien?
Puse la mejor cara de nenita inocente que encontré en mi repertorio.
Sí. Bruno, mi masajista ?dije así, con aire casual, como al descuido.
No me equivoqué al anticipar su carcajada y mucho menos su comentario:
?¿Bruno? ¿Bruno? ?balbuceó?. ¿El maricón que te da masajes? Esto si está bueno.
Disfrutando cada peldaño que me llevaba hacia la culminación de mi deseo, pregunté, tratando de que no se me notara la satisfacción, si tenía alguna objeción. Otra vez mi esposo perdió la oportunidad de decir algo inteligente, por lo visto, es su costumbre.
?No, ninguna, sólo que te hubieses buscado un hombre.
Dio la vuelta para irse, cuando pareció recordar algo y giró de nuevo. Apuntándome con un dedo me anunció que él también tenía una condición: que si yo irrespetaba mis propios términos, él decidiría todo lo referente a su fantasía del trío con otra mujer.
?Por supuesto ?me apresuré a contestar?. Pero si eres tú quien los quebranta entonces yo tendré el control
?Por supuesto ?dijo?, imitando hasta mi tono de voz y sólo porque tiene la imperiosa necesidad de tener siempre la última palabra. Se  lo agradezco, contaba con que así fuera. Al fin y al cabo, el tiempo de casados no pasó en vano.
Hice todos los arreglos para que Bruno fuera ese fin de semana a darme uno de sus exquisitos masajes en casa. A las cuatro de la tarde del sábado, puntual como siempre, estaba armando su camilla en el estudio donde suelo escribir. Yo sabía que él era el compañero perfecto para realizar mis fantasías.
Me había encargado de preparar el terreno abriéndole los muslos cada vez un poquito más cuando me masajeaba la entrepierna y gimiendo de placer cuando tocaba ciertas partes de mi cuerpo. Además estaba al tanto de que yo no le resultaba indiferente, porque sentía como sus ojos se clavaban en mi sexo mientras éste se iba humedeciendo ante la presión de sus manos hábiles y expertas. Y no se me había pasado por alto cómo se le abultaba el miembro cuando yo aparentaba rozarlo por accidente y sentía hervir su aliento en mi espalda cuando me sentía completamente entregada. Intuía que estaba a punto de complacerme en lo que le pidiera.
Mi plan era que Bruno comenzara su sesión de masaje y pasada una media hora mi esposo entrara a mi estudio en busca de un libro. Yo tendría esos treinta minutos para excitar lo más que pudiera a Bruno y ponerlo a punto para realizar mi sueño. Está de más decir que antes de ponerme un dedo encima, mi sexo estaba tan húmedo que rezumaba y mi olor a hembra excitada habría hecho enloquecer al más frío de los hombres. Me tendí boca abajo, y sin mirarlo pero con mi tono de voz más suave y dulce le pedí que no me masajeara, que por favor me acariciara como si me estuviera haciendo el amor.

No le vi la cara, pero me la imagino, porque Bruno no lo dudó ni por un instante. Mi apreciación había sido acertada. Ni siquiera tuve que decirle que sólo podía utilizar las manos. Se desnudó, derramó aceite tibio en mi piel y sus dedos y sus palmas ávidas pasaron por debajo de mis brazos y aprisionaron mis pechos. Si sus masajes me excitaban, sus caricias me enloquecieron.
Empezó a dibujar círculos, rayas, espirales en el costado y las protuberancias turgentes y el profundo seno entre ellos. Manipuló mis pezones como si fuesen diales de una radio, los estiró, los pellizcó, los sobó. Ponía una mano sobre cada pecho y la iba abriendo lentamente, abarcándolos por completo y yo sentía que una flor hacía eclosión en ellos. Metía sus dedos en mi boca y la exploraba. Luego recorrían mi cara con una dulzura infinita y me apretaban el cuello de manera totalmente diferente. En los pabellones de mis orejas nacieron nuevos gemidos cuando se dedicó a dibujarlos de nuevo con sus delicados pinceles digitales. Acarició tanto mi cabello como el cráneo, variando la intensidad y el ritmo, haciendo que me retorciera de gozo. Me apretó las caderas con fuerza y abrí las piernas. Con una mano abrió mis labios vaginales e introdujo dos dedos de la otra en mi sexo anegado en humedad.
Yo sabía que mi esposo estaba mirando, aprovechando para masturbarse, y que en cuanto Bruno se dedicara a mi sexo, él aparecería queriendo imponer su voluntad. Efectivamente así sucedió. Bruno se cortó un poco y buscó mi mirada. Le dirigí una sonrisa tranquilizadora. Mi esposo se acercó a nosotros y lo apartó casi con brusquedad, disponiéndose a penetrarme con su verga enhiesta. Bastó con que clavara mis ojos verdes en los suyos para que se detuviera en seco. Se alejó lo más que pudo y terminó lo que había empezado tras la puerta. Justo en ese momento comprendió el alto precio que había pagado para ver realizada su fantasía. Sin decir ni una palabra, salió de mi estudio. 
Bruno me hizo acabar una y otra vez en sus manos, con sus manos, para sus manos, por sus manos. En retribución, me dediqué a acariciarlo, sobarlo, tocarlo, explorarlo y complacerlo de la misma manera y con la misma entrega que él lo había hecho conmigo.
Mi premio ?merecido, debo decirlo?, fueron tres magníficos chorros de semen depositados en el cuenco de mis manos. No hubo penes, no hubo lenguas, no hubo dientes, ni nada más.
Sólo manos.
Nos complacimos a cuatro manos. Las de Bruno y las mías.
Mi esposo también me dio una satisfacción, aunque no la que él esperaba. Dos de mis sueños se habían hecho realidad: llegar al orgasmo sólo con las manos y que fuera precisamente Bruno quien lo hiciera.
Ya les contaré cómo le fue con su fantasía al que poco después dejó de ser mi esposo.

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
04 Diciembre 2005 - 11:23
Patricia
Hola, Ana Mar: Gracias por tus relatos! Siempre me ha parecido que Internet es el último milagro de Dios, por todas las opciones que nos ofrece, pero ahora tengo que agregar la opción de encontrar nuevas formas de explorar (¡y satisfacer!) nuestra sexualidad. Además, tus relatos son tan exquisitos! Luego de leer tus relatos por curiosidad he buscado otros sitios con relatos eróticos, pero la gran mayoría son historias burdas mal escritas, seguramente por el apuro. ¡Chévere, sigue así!
04 Diciembre 2005 - 19:00
Enviar un emailEl Tecnorrante
Que bueno este relato! Merece estar entre mis relatos eróticos favoritos. Mas!
04 Diciembre 2005 - 20:39
sonrisas
destreza en las letras, riqueza en el contenido, novedad en las sensaciones. Si sigo poniendome por meta tus relatos, no sé que me traerá de regalo a mi erotismo los Reyes Magos. sigue provocandome,Anamar.
06 Diciembre 2005 - 13:50
Enviar un emailGUADALUPE
Mi querida Anamar amiga , nunca dejas de sorprenderme, la exquisites la delicadeza al describir situaciones tan sensuales me atrapan Como un adicional te cuento, soy masajista profesional, aunque ni en sueños ire a cumplirle la fantasia a nadie (creo jajajajaja)
06 Diciembre 2005 - 18:06
Enviar un emailAnamar
De todo corazón, ¡muchas gracias por sus cálidos comentarios! Patricia, sin querer pecar de pretenciosa te comento que una de las cosas que distingue a Voyeur y su Blog de otros sitios similares es precisamente la calidad. Tanto quienes colaboramos como el Director Editorial (a quien cariñosamente mis compañeros llaman "El Gran Cabronazo" y yo, rendida de agradecimiento, rebauticé como "El Pigmalión de las palabras") ponemos especial cariño y cuidado en lo que escribimos, los temas que tratamos, la forma en que lo hacemos, la ilustración que embellece cada post para que todo el conjunto sea del agrado de nuestros lectores. El erotismo es un género que hay que saber tratar con sutileza y refinación, porque el umbral que lo separa de la vulgaridad y la chabacanería de la pornografía es muy pequeño. A El Tecnorrante le digo que será un honor que éste esté entre sus relatos eróticos favoritos y, tal como pide, le prometo que habrá más, muchos más. Sonrisas, veamos qué podrían traerte los Reyes Magos. ¿Quizás una hetaira que baile, cante y haga fiesta para ti y tu bella sonrisa? Umm, se lo pediré de regalo a las musas. Será un obsequio que disfrutaremos todos. Guadalupe, ¿cómo que no vas a hacerle realidad la fantasía a nadie? Mira que mis relatos son precisamente para que se animen. Besos a todos y, una vez más, gracias.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces