Se llamaba Germaine Necker, y fue hija del que fuera banquero y ministro de finanzas del rey Luis XVI, casada con el embajador sueco, barón de Staël. Se la conoció como una de las ?divas? de París antes y después de la Revolución, fue una de las mujeres más influyentes del siglo de las revoluciones y, como si a su belleza, su garbo, educación y refinamiento no le bastaran, se dio por lo menos dos gustos en su vida: el primero, ser amante de Benjamín Constant, y el segundo ?mucho más importante?, ser la mujer que rechazó a Napoleón Bonaparte y, más aún, lo detestaba como sólo una enemiga encarnizada puede hacerlo.
¿Cuáles son las razones de la ojeriza que la baronesa Staël le tenía al pequeño Corso? Yo, las ignoro. Hay quienes opinan que dispuesta a entregarse a él, fue rechazada por Bonaparte y entonces, despechada, se dedicó a vilipendiarlo cada vez que tenía oportunidad. No sería nada extraño, viniendo de una mujer así.
Otros piensan que, sencillamente, Napoleón no le había caído bien desde el primer momento, y dado el lugar que ocupaba en la sociedad parisina, su educación, su talento y su condición social, lo despreciaba como un arribista, un sine nobile, que sólo había llegado al poder por la fuerza de las armas.
Insisto en que además de bella, la baronesa era una mujer culta y muy inteligente, rápida para las contestaciones, ingeniosa y habituada que a su alrededor pululara una legión de admiradores que anhelaban conseguir sus favores sexuales, sin saber que para conquistarla primero había que llegarle a la razón, antes de cautivar su corazón. Y si hemos aprendido a conocer a Napoleón, no creo que fuera el camino que tomó ante la hermosa dama.

Retrato de la baronesa Madame Staël, por Francois Gerard (detalle)
Colección del Castillo de Coppet, Suiza
Uno de los admiradores de Madame Staël, conociendo la animadversión que ella sentía por Napoleón, creyó que denostándolo, conseguiría lo que buscaba. Por lo tanto, hizo un comentario insultante sobre el emperador y se manifestó como uno de sus más acérrimos enemigos, llegando a calificarlo como un ?corso ignorante?.
Claro que no contó con que la baronesa, además, era una mujer ecuánime, y debió haberse quedado de una pieza cuando ella, tan suelta de cuerpo, le contestó: ?Os ruego, caballero, no persistir en esta actitud. Puesto que no vais a convencerme de que toda Europa, desde hace tres lustros, venera a un imbécil?.
La anécdota, la pinta de cuerpo entero.
Pero claro que las veces que estuvo frente al amo de Europa, no se privó de sus ironias, como cuando se entabló este diálogo, en una reunión en la que se hablaba de política, y así que ella mostrara su disgusto ante un comentario de Napoleón:
?¿Acaso no estáis de acuerdo con nosotros, madame? ?preguntó Napoleón, y como ella contestara abiertamente haciendo gala de un furioso antibonapartismo, él le contestó:
?Discrepo con usted, señora pero, en cualquier caso, no me gusta que las mujeres opinen de política.
Entonces la baronesa le dio una de las respuestas más atrevidas e ingeniosas de entre todas las que se conocen y repuso:
?Pues, sire, deberíais reconocer que en un país donde a las mujeres se les corta la cabeza, éstas tienen por lo menos el derecho de saber cuál es el motivo.
En otra oportunidad, se dice que Napoleón, delante de todos los presentes, le preguntó con intención abiertamente galante, sabiendo la relación que la Staël mantenía con su amante:
?¿Os siguen gustando tanto los hombres, madame?
?Por supuesto, monsieur ?respondió ella, sin más?. Siempre que sean bien educados.
Anécdotas como éstas, las hay por decenas. Y esta relación de odio tan marcada, fue la única que tuvo que soportar Napoleón durante su tiempo de gloria, cuando ninguna mujer se le resistía y eran muchas las que estaban dispuestas a ponerse por entero a su disposición.
Madame Staël, se me ocurre, debió haber sido para él, su amor imposible.