En China, el erotismo, las perversiones sexuales y todo refinamiento sexual tiene, por lo menos, más de dos mil años de antigüedad. Los emperadores y los nobles tenían todo el poder que necesitaban para disponer a su antojo de doncellas, mancebos y hasta niños, tal como quedó registrado en escritos y pinturas.
Uno de los más lascivos, entre los años 569 y 618, fue el emperador Yan Ti, de la dinastía Tsui, que tuvo dos emperatrices con sus correspondientes reinas suplentes. Pero no conforme con esto, este grandísimo cachondo, también contaba para su disfrute con seis consortes reales, setenta y dos damas reales, tres mil sirvientas de palacio que estaban allí para todo uso y hasta dos concubinas de su propio padre. La mayor parte de su harén, de más de tres mil mujeres, estaba formado por jovencitas adolescentes casi niñas.
Esto se explica porque la aberrante práctica de la prostitución infantil tiene una larga historia en China, y viene de la mano del poder absoluto de emperadores y nobles. Era sabido y aceptado que niñas y niños elegidos eran iniciados y entrenados para las prácticas sexuales. Las niñas, terminaban en un harén imperial y los niños, salían preparados para la pederastia pasiva. En especial los varones, llegaron a ser santificados como elegidos por ?el dios de la sodomía?, Tcheou Wange.

Fue durante la dinastía Tsung (960 y 1279) que se relajaron las costumbres, permitiendo una mayor liberalidad en materia sexual. A tal punto, que no sólo fueron los hombres los que podían darse ciertos gustos especiales, también las mujeres. Fue en esta dinastía que una famosa princesa se encaprichó con formar su propio harén de hombres, y para disfrutar con varios al mismo tiempo, mandó construir una enorme cama en la que cabían treinta acompañantes al mismo tiempo, todos para su disfrute personal. ¡Menuda juerguista, la tía ésta!
No es casualidad que fuera durante esta dinastía que en China aparecieron los primeros prostíbulos, que fueron conocidos como ?Las Casas del Vino?, y que podían reconocerse con facilidad por el farolito rojo colgado sobre la puerta, que no dejaba lugar a dudas de los servicios que se ofrecían en su interior, que no tenían que ver precisamente con el consumo de alcohol. Nada hay de nuevo bajo el sol, según se ve.
Os dejo un besote.