La Condesa Maria Walewska pasó a la historia como a la esposa polaca de Napoleón Bonaparte. Nacida en 1789, se dijo de ella que fue en su época la mujer más hermosa de Polonia. Con su país empobrecido y hambriento y su familia al borde de la ruina, no vaciló en tomar la decisión de casarse con un hombre muy rico, el anciano conde Walewski, que era más de treinta años mayor que ella.
Napoleón la conoció cuando ella tenía dieciocho años y para la bella María la esperanza de salvar a su país se renovó cuando el conquistador de Europa invadió Polonia. Sólo él podía vencer a los eternos enemigos de la Rusia de los zares y a los aristocráticos austriacos que no cejaban en su intento por anexionar el territorio polaco. Sólo Napoleón podía hacer que Polonia fuera otra vez un país independiente, fuerte y próspero.
Le es presentada en el baile que se da en su honor, para recibirlo como el salvador de Polonia, donde se encontraban las mujeres más hermosas de la nobleza. El emperador las miró a todas, pero se fijó detenidamente en María Walewska, la joven y hermosa condesa.

No había terminado la recepción cuando María recibió en mano una carta firmada sólo con una N, y supo de qué se trataba. El emperador de los franceses quería verla a solas. Había quedado prendado de ella y si la joven sintió culpa por serle infiel a su casi anciano esposo, no lo sabemos. Alentada por un grupo de nobles compatriotas, acepta la invitación del francés. Sabe que el destino de su patria depende de aquel hombre. La imagino yendo a las habitaciones privadas de Napoleón, haciendo lo que sabía que tenía que hacer... y enamorándose de él. A partir de ese momento, el volvería cada vez que la guerra se lo permitiera.
?Tus cartas me han agradado mucho, como siempre. No apruebo que hayas seguido al ejército a Cracovia, pero tampoco puedo reprochártelo. La situación de Polonia se ha restablecido y comprendo la ansiedad que has podido sentir. En lugar de prodigarte consuelo, he actuado; pero no has de agradecérmelo: amo a tu país y aprecio en su justo valor los méritos de un gran número de tus compatriotas.
?Hace falta algo más que la conquista de Viena para poner fin a la campaña.
?Cuando haya acabado, procuraré acercarme a ti, mi dulce amiga, porque deseo verte. Si es en Schönbrunn, disfrutaremos juntos del encanto de sus hermosos jardines y olvidaremos todos los malos días.
?Ten paciencia y confía en mí.
N.?*
Napoleón escribió esa carta en mayo de 1809. En agosto, se entera que su bella María está embarazada. Lleva un hijo de él, y la juventud y fecundidad para la procreación de la muchacha son una esperanza. Pero deberá divorciarse de Josefina para volver a casarse con una mujer como esa, que sea digna del emperador de los Franceses y pueda darle legalmente lo que María le da en secreto.
Alexandre Florian Joseph Colonna nació en el palacio de Walewice el 4 de junio de 1810 y María Walewska, feliz y dichosa, le envía la noticia al padre de la criatura, diciéndole que el niño se le parece, en su gran frente, en la forma de la boca y en sus cabellos de un negro intenso.
Se dice que Napoleón tuvo intenciones de llevarla a Francia e instalarla en París, en una casa de la rue Victoria, y hasta que tenía pensado cómo presentarla en sociedad: como una noble perteneciente a una familia polaca aliada a Francia.
Pero nada resultaría como lo habían imaginado en otros tiempos. Napoleón ya había concertado con el conde Metternich, embajador de Austria, su casamiento con María Luisa, hija del emperador Francisco I.
Y para evitar una nueva guerra, pacta un acuerdo con el zar de Rusia. El acuerdo no contempla que Polonia renazca. Quizás el emperador lo pensó un poco antes de traicionar las promesas hechas a la madre de su recién nacido hijo. Tal vez Tayllerand y Fouché lo convencieron que para conseguir esa paz que buscaba, era necesario sacrificar a Polonia e incumplir la palabra entregada a la madre de su hijo.
Como fuere, no lo dudó: nunca reconoció oficialmente a su hijo, aunque hasta su caída lo colmó de obsequios, se ocupó que recibiera todo lo necesario para su crecimiento y educación y hasta le dio un título de nobleza: Conde Walewski.
La devota y enamorada María, la polaca de piel de leche y miel, la hermosa jovencita que se entregó al invasor para salvar a su patria, murió muy joven, en 1817, cuando sólo contaba treinta y ocho años, profundamente amargada por tener que padecer el chismorreo desaprobatorio de una nobleza hipócrita, con Napoleón desterrado y prisionero en Santa Elena, y sabiendo que su amor por ese hombre ya nunca más sería correspondido.
*Fuente: Gallo, Max: ?Napoleón, La Novela?, II parte, Bookket, Planeta, Barcelona, 2004, pág. 455.