Josefina Beauharnais tenía, como correspondía a la esposa del Primer Cónsul de la nueva Francia, una dama de compañía. Se llamaba Isabel de Vaudey, y Napoleón le echó el ojo a la primera oportunidad.
Ajetreados como estaban todos con el referéndum que se organizó para que los ciudadanos dijeran que sí o que no a la coronación de Bonaparte como emperador, Josefina se descuidó y su dama de compañía comenzó a visitar a Napoleón en Saint-Cloud.
Si la historia no oculta nada, Isabel de Vaudey, una señora atractiva pero con poco savoir faire, era para Napoleón un placebo para cuando necesitaba desahogarse con urgencia de sus múltiples actividades. Quizás por eso no la recibía en sus habitaciones, sino en un pequeño entrepiso ubicado sobre su gabinete de trabajo, cuya entrada sólo conocían unos pocos, y al que se accedía por una escalera que no estaba a la vista.
Pero Josefina no era mujer desaprensiva, y sus razones tenía, porque le había hecho a Napoleón las mil y una, con sus aventuras secretas con capitanes apuestos y otros caballeros que la frecuentaban cuando su marido andaba de batalla en batalla.

Y como no era desaprensiva, le temía más a Isabel de Vaudey que al mismísimo demonio. Por eso empezó a parar la oreja y abrir bien los ojos, hasta que una noche se deslizó por la escalera secreta y entró sin golpear al cuarto ubicado en el entrepiso.
Se encontró con lo que sabía que se iba a encontrar: Isabel en actitud comprometida, la habitación revuelta, y Napoleón con el rostro congestionado y los pantalones caídos, en medio de una ?audiencia privada?.
Los pescó con las manos en la masa. O, mejor dicho, con las manos de su marido en las mórbidas carnes de su dama de compañía, según los cronistas.
Se dice que se armó la de Dios es Cristo, y mientras Madame Vaudey lloraba y trataba de tapar su desnudez, Josefina y Napoleón armaron tamaño escándalo. Uno de los tantos. Aunque éste a Josefina le costó caro y comenzó a cobrar con la misma moneda que había pagado.
Napoleón, harto ya de que su mujer lo persiguiera luego de haberle puesto los cuernos con cuanto joven apuesto se le cruzara por el camino ?y algunos no tan jóvenes?, y que además no podía darle un heredero ahora que iba a coronarse emperador y necesitaba descendencia, por primera vez le echó en cara todo lo sucedido y estuvo muy cerca de repudiarla allí, sin más.
Las crónicas dicen que ese día Napoleón se hartó y, a los gritos, le dijo que estaba harto de su vigilancia y persecución, que la intimó a que abandonara Saint-Cloud porque sus consejeros políticos le sugerían que debía tomar una esposa fértil que pudiera darle hijos.
Josefina debe haberse quedado de una pieza. No sabemos con certeza qué ocurrió. Es muy posible que se retirara llorando, como solía hacer. Tampoco sabemos si el futuro emperador de Francia, siguió con la ?audiencia especial? que le había concedido, esa noche, a Madame de Vaudey.
Con Josefina las cosas se arreglarían por un tiempo. Llegó a ser coronada emperatriz, aunque le duró poco porque su marido terminó repudiándola para contraer enlace con la austriaca que le daría a su primer hijo legítimo.
¿Qué se hizo de Isabel de Vaudey? Ni idea. De ella ni siquiera ha quedado un retrato, pese a que Napoleón tenía una manía obsesiva por hacerlo pintar todo para la posteridad.