La suerte de Josefina Beauharnais se jugó cuando, después de ser coronada emperatriz, no pudo darle un heredero a su marido. Difícil relación, complicada para estudiarla y comprenderla, la de Josefina y Napoleón.
En mi humilde manera de ver las cosas, creo que no fue tan sencillo como eso, sino que jugaron varios factores entre los que no se puede dejar de lado el anhelo de revancha de Napoleón por todas las trastadas que le jugó su casquivana esposa. Que Josefina se las traía ?como hemos visto en publicaciones anteriores?, y no dudó en ningún momento de ponerle los cuernos a Napoleón cada vez que le fue posible y, especialmente, cuando éste andaba de campaña en campaña.
Pasado el primer tiempo que pareció amarla sin condiciones ?quizás porque como él mismo confesó con ella conoció el verdadero sentido del amor y los placeres del sexo?, Bonaparte no se quedó atrás en aventuras amorosas, al extremo de enredarse con una prima del primer marido de Josefina, Estefanía de Beauharnais, que cuando llegó a las Tullerías tenía dieciséis años de edad y trece de aspecto. Apenas una púber con un poder de seducción poderoso, que rápidamente embrujó a su ?tío?, el emperador.
Estefanía, que sabía hasta dónde llegaba el ascendiente que tenía con Napoleón, se abusaba abiertamente como la chiquilla traviesa que era ?o aparentaba ser?, aún a sabiendas que provocaba el fastidio de más de un miembro de la corte y los celos de su tía, que se dio cuenta al instante de la inclinación que él sentía hacia su sobrina.
Para colmo de males, Bonaparte la consentía abiertamente, y la jovencita cada día se aprovechaba más. En cierta oportunidad, como las hermanas del emperador la reprendieron por sentarse mientras esperaban ser atendidas, cuando por fin Napoleón las recibió se encontró a su hermana Carolina ofuscada y a Estefanía llorando. Cuando consiguió que le contara la razón de su llanto, el emperador hizo una seña para que se acercara y la hizo sentarse sobre sus rodillas, y ante la estupefacción general, dijo en voz lo suficientemente clara como para que lo escucharan todos los presentes:
?¡Bien! Siéntate en mis rodillas y ya no molestarás a nadie.
En opinión de Madame Remusat, tal como lo cuenta en sus memorias, Bonaparte no disimulaba su inclinación por la jovencita delante de su mujer y ni siquiera delante del joven príncipe de Baden, con quien casó a Estefanía. Y es que nadie se atrevía a llevarle la contraria, porque al fin de cuentas era el emperador ¡qué embromar!

Napoleón repudia a Josefina, pintura de John Pott Laslett (detalle)
Queda claro que en la decisión de repudiar a Josefina, además de la cuestión del heredero, las infidelidades recíprocas de ambos cónyuges no dejan de ser un factor de importancia. En los últimos tiempos Napoleón pagaba las cuentas de la emperatriz a regañadientes, aunque la seguía considerando una buena amiga.
Que Josefina entró en la familia Bonaparte con el pie izquierdo y que no hizo nada por modificar las cosas, no queda duda. Al punto que el 2 de diciembre de 1804, cuando su esposo la coronó en Notre Dame su suegra Letizia Bonaparte se negó a asistir porque no soportaba su presencia. La consideraba una vulgar meretriz y parece cierta la versión de que Jacques Louis David, que recreó la coronación, recibió una orden expresa de Napoleón para que incorporara a su madre a la pintura, porque no había estado presente en la ceremonia.
A pesar de haberla coronado emperatriz, hombre pragmático como era, llegado el momento de elegir entre los sentimientos y un heredero, Napoleón no lo dudó y siguió los consejos de Tayllerand, que hizo lo imposible para que eligiera a la princesa María Luisa de Habsburgo, hija del emperador de Austria, a fin de que Bonaparte se casara con una mujer de la realeza y diera inicio a una dinastía.
Si hemos de dar crédito a los comentarios, cuando Napoleón tomó la decisión de repudiar a Josefina y contraer enlace con ?la austriaca?, se refirió a ella como ?nada más que una matriz adecuada?, aunque posteriormente pareció haberse enamorado realmente de la bella joven.
Convenientemente asesorada por Tayllerand y otros miembros del entorno del emperador, Josefina Behaurnais, emperatriz de Francia, aceptó divorciarse de Napoleón para que pudiera casarse legalmente y engendrar el hijo que él y Francia necesitaban. El divorcio se formalizó el 10 de enero de 1810 y fue el primero que se celebró desde el momento que entró en vigencia el Código de Napoleón. Un año después su ex marido contrajo enlace con la candidata elegida y a fines de ese año de 1811, nació el tan anhelado hijo varón.
Josefina siguió se trasladó al castillo de La Malmaison , en las cercanías de París, donde falleció en 1814, antes que se opacara el brillo de la estrella de aquel joven general originario de Córcega que se había enamorado perdidamente de ella.