Napoleón parece haber tenido un gran amor: Josefina de Beauharnais, varias mujeres, y una gran pasión: María Luisa de Habsburgo, la mujer que lo hizo padre legalmente y satisfizo las necesidades de un heredero para el imperio, aunque el amo de Europa nunca lo haya visto.
Dicen que cuando Tayllerand le sugirió por primera vez la conveniencia de contraer enlace con la hija del emperador de Austria, Napoleón le contestó que Francia ya había tenido una austriaca y no le había ido del todo bien, y que no se podía construir un imperio sobre los malos recuerdos. Puede ser. Pero no es menos cierto que a veces los hombres hablamos de más y a menudo nos tenemos que comer nuestras propias palabras.
Porque cuando hubo repudiado a Josefina ?y mientras el emperador tenía una que otra aventurilla por aquí y por allá?, y por fin aceptó la unión con la joven princesa austriaca, cambió de idea. Y a tal punto cambió de idea que cuando la fue a recibir, antes de la boda, se sintió urgido de llevársela a su lecho así, sin más trámite.
Y como María Luisa, mujer al fin y coqueta como era, le dijo que tal cosa no era posible hasta que no fuera santificada la unión ante Dios, mandó Napoleón a buscar con urgencia un cura para satisfacer a su futura esposa, de tan fuerte que la había pegado la pasión.
Es que María Luisa no era tan melindrosa como él la había podido imaginar, era mucho más bella de lo que aparecía en los grabados, pinturas y camafeos que le habían mostrado y mucho más apasionada de lo que había supuesto.

De hecho, según las crónicas, no llegaron a París hasta algunos días después. Napoleón y su nueva esposa ?que bien podía ser su hija?, se entretuvieron en el camino para que ella entregara su prenda de amor al emperador de Francia y el se esmerara por satisfacerla en primer lugar y por dejarla ligeramente preñadita, tal como lo necesitaba el imperio. Porque María Luisa fue, para Napoleón, algo más que "una matriz adecuada". Creo, con toda honestidad, que fue la mujer que desató la pasión madura de ese hombre habituado a usar al poder como afrodisíaco y tener como amante predilecta a la guerra.
María Luisa resulta ser una mujer sorprendente, que lo reclama a toda hora y cada vez que puede, y lo seguirá haciendo durante todo el embarazo, según los mentideros de la época. ¿Qué pasaría por la mente y el corazón de Napoleón Bonaparte al hacerle el amor a esa joven, cuyo cuerpo va cambiando día a día por el embarazo?
Lo que todos veían es que parecía haber rejuvenecido, se sentía en la plenitud de su vida, y con la experiencia de sus cuarenta y dos años, y la sensación de poder que le daba la sumisión de la mayor parte de las naciones de Europa.
Cuando llega el momento del parto, y como se presenta con dificultades, ante la requisitoria del médico Dubois, Napoleón le contesta:
?No piense que está atendiendo a la emperatriz de Francia, sino a una mujer cualquiera de la calle de Saint-Denis.
?Pero Sire ?insistió el médico?. Si debo elegir entre la madre y el niño... ?titubea, porque no se anima a decirle al emperador las cosas como son.
?Salve a la madre ?respondió Napoleón, aliviándolo?. La madre está en su derecho.
Dubois no tendrá que elegir. Ese 20 de marzo de 1811, se escuchan los berridos del recién nacido y Madame Montesquiou, luego de limpiarlo y envolverlo en una manta, se lo presenta al padre. Unos minutos después, se escucharán los cañonazos que anunciarán que Francia ya tiene un heredero.
?Mi hijo es grande y sano. Espero que crezca bien. Tiene mi pecho, mi boca, mis ojos. Confío en que cumpla su destino?, escribe y llama a un ayudante de campo, para que entreguen la carta de inmediato.
La carta tiene un destinatario preciso: Josefina de Beauharnais.
Como si supiera, de antemano, que esa mujer a la que había repudiado, era la única ?para bien o para mal, con infidelidades o sin ellas?, en la que podía confiar.
La historia terminaría por decirle la verdad.
Porque después de la derrota de Leipzig, María Luisa que lo había amado, lo abandonó como así también a Francia llevándose a ese hijo al que tanto había deseado y añorado, al que no volvería a ver en su vida. Un poco más allá lo esperaba Wellington en Waterloo, Santa Elena y el final de sus días.