¡Vaya con los Alfonsos! En España hemos tenido a unos personajes muy peculiares ocupando el trono. Y varios de ellos eran menudos cachondos, si de decir la verdad se trata.
Ya hemos mencionado las aventurillas del rey Alfonso XII con las cantantes líricas, que por lo que se ha visto eran sus preferidas. Y el monarca no ocultaba sus gustos, eso queda claro. Mostraba una especial predilección por las mujeres de carnes rotundas, por llamarlo de alguna manera. ¿Qué remedio? Gustos, son gustos.
Hay que decir, también, que no lo ocultaba ni le importaba un pimiento el qué dirán.
Cuando falleció María de las Mercedes, su primera esposa, y por cuestiones de estado, Alfonso se vio obligado a buscar una nueva esposa ni bien terminó su período de luto.
¡Venga, vamos! Allí salieron los mensajeros por toda Europa para procurarle una nueva consorte al rey, que debía dejar un heredero varón para perpetuar el linaje y ocupar el trono.

La elegida fue la archiduquesa María Cristina de Habsburgo y Lorena, austriaca ella y muy hermosa a juicio de todos, menos para nuestro monarca quien, cuando la conoció, no se llevó una impresión muy favorable que digamos.
Recordemos que a él le encantaban las pechugonas, rotundas, voluptuosas y entraditas en carnes y de ahí su preferencia por las cantantes líricas que no suelen ser estilizadas. En su peculiar manera de ver, María Cristina era demasiado esbelta. Una delgaducha, vamos. Que no lo era, a juzgar por los retratos que hemos visto. Pero, claro, en cuestión de gustos no hay nada escrito.
Sin embargo, proclive a las formas más redonditas, se quedó prendado de su suegra, que le pareció mucho más atractiva que la hija.
?Lástima que gustándome más la madre, tenga que casarme con la hija?, dicen que dijo. Prefiero no imaginar la cara que habría puesto su futuro suegro, de haber escuchado ese comentario.
Lo que no le impidió ni fue un obstáculo para casarse con la joven María Cristina, hacer aquello que todo hombre debe hacer con su esposa ?en especial si es el rey?, y darle un heredero a la corona, el pequeño Alfonsito, el futuro Alfonso XIII, que ya vimos cómo se las gastaba.
De tal palo, tal astilla, dicen. Y para el caso, el refrán viene como anillo al dedo.