La música de mi CD, definitivamente sensual, me transportaba al mundo de sus manos, que palpaban mi carne sin pudores, límites o tabúes, tal y como me gusta. En la vegetación al borde del camino de pronto se abría un claro entre los árboles, dejando ver las colinas maravillosamente delineadas por un cielo estrellado e iluminando el interior de mi auto con un sinfín de emociones.
Me había llevado a jugar sin que mediara ningún tipo de aviso previo, sólo una llamada telefónica en la cual decía que me preparara. Y así lo hice. ¡Cielos, estaba tan excitada! Trataba de recordar desde hacía cuanto tiempo no experimentaba estas sensaciones.
Me tendí sobre sus piernas como pude, en la estrechez del interior del auto y comencé a lamerlo. Un minuto o una eternidad después, habíamos cambiado de posición.

Las piernas abiertas por completo mostraban mi sexo, todo depilado, y tenía la cara de él pegada a mi ingle. Una y otra vez intentaba atrapar mi clítoris entre sus dientes, pero mi posición le dejaba poco espacio. Lo obligaba a moverse atrapado entre mis muslos y a darme el placer que yo tanto deseaba. Quería ser yo quien lo convirtiera en súcubo de mis deseos.
Me movía deleitada por el placer de ser manoseada con tanta lujuria y la imaginación me llevaba a creer que él, mi cómplice, también estaba aquí. No quería perderme la sensación de ser poseída por mi hombre y la emoción de sentirme cerca de mi cómplice. Deseaba que él me viera gozando con mi hombre. ¡Sí, cuánto lo deseaba!
Estaba a punto de enloquecer. Levantándome del asiento me dispuse a cabalgarlo, apoyando mi espalda contra su pecho. Su erección le permitía penetrarme, mientras yo le daba tiempo a disfrutar descendiendo con lentitud hacia su sexo, erguido y prepotente, hasta tenerlo por entero dentro de mí.
En el vidrio delantero ?podía verlo con absoluta claridad?, se reflejaba la imagen de nosotros dos, enroscados en aquella posición en la cual yo era la cazadora y él la presa. Mi pierna derecha en alto, apoyada en la portezuela y el sexo de él que yo estaba cabalgando sin descanso. Como si estuviésemos frente a un espejo, lo veía moverse y entrar. Me incitaba a que acabara, así lo quería. Pero yo tenía otra idea en la mente?
Doblando mi cuerpo todo lo que podía acerqué mi boca a su sexo, sin sacarlo de mi vulva. Entonces de manera imprevista subí las caderas y de un bocado engullí su sexo. Escuché un gemido y él, descubriéndose en mi boca, me presionó la cabeza, obligándome a chuparlo, mientras su mano se insinuaba, haciendo pequeños círculos en mi ano.
No deseaba llevarlo al orgasmo. Quería que se sintiera ferozmente atrapado y que su sexo duro creciera en mi boca. Él sentía, lo sé, cómo lo cogía mi boca y aumentaba la acción de su mano, al tiempo que deseaba encargarse de mi entrada más pequeña. Su dedo entraba sin esfuerzo alguno en mi intestino. Era el momento de sorprenderlo?
Me senté frente a él y comencé a tocarme. Me apoyé sobre el tablero con las piernas abiertas de par en par. Mis dedos recorrían mi ingle en busca del placer. Mis caricias in crescendo y su mirada consternada me hacían sentir una perdida, una puta. La puta que lo llevaría a la locura.
?Ven, le dije y salí del auto. Me recosté boca abajo sobre el capó, abrí las piernas y sonreí. Incrédulo me siguió. Su erección era perfecta?. ¡Encúlame! ?ordené, separándome las nalgas con las manos.
Lo sentí entrar con violencia. El dolor mezclándose con el placer. Sentí que me dilataba como nunca antes y él, finalmente satisfecho, se preparó a acabar dentro de mí.
?¡Espera! ¡Espera! ?grité. ?Quiero que acabemos juntos.
El movimiento de mi pelvis se volvió frenético. Entró, empujó con golpes de mazo y con cada embestida yo experimentaba aún mayor placer.
?¡Vengo! ? gritó.
Y yo, con el placer que me inundaba, me volteé arrodillándome para recibir el chorro de semen en la cara, los labios, el seno. Tenía su placer ante mis ojos y ahora era libre de aullar el mío:
?¡Báñame de semen! Tu sabor será mi perfume.
Me estremecí.
?Llévame a casa ?le pedí.
No me vestí.
Así llegué a casa, con su semen secándose encima de mi la piel.
?Chao ?le dije y se bajó del auto. Una vez más, lo dejaba consternado y confundido.
Descendí desnuda del auto, y desnuda entré en mi casa. Podía imaginarlo parado, mirando hacia la puerta de entrada de la cochera, sin terminar de entender del todo cuál era mi propósito.
* * * *
Entré y lo encontré frente al computador, escribiendo. Me vio y sonrió, lascivo.
?Lámeme y ni se te ocurra decir ni una sola palabra ?le exigí.
El, por supuesto, obedeció.