Colección Voyeur

Viernes 17 de Febrero de 2006
Clara y su amo

Está sola en su cubículo. Lleva un corto y vaporoso vestido primaveral. Las finas tiras de las descubiertas sandalias de tacones altos se enroscan como serpientes en los tobillos. Distraída juega haciendo tintinear la pulsera que usa en la muñeca, mientras espera que el programa analice los datos que acaba de ingresar al sistema.
En el silencio de la oficina el sonido de la puerta que se abre y reconoce e identifica el reverbero de ese caminar pesado.
Su jefe.
Aparece de pronto. Sin decir nada se asoma al cubículo de Clara, se acerca a ella, la jala por los cabellos y la obliga a levantarse. La besa en la boca, sigue por el cuello. Baja por su pecho. La lengua recorre el canalillo de los senos.

Un instante después la empuja, obligándola a tumbarse boca abajo sobre el escritorio. Allí está Clara, los senos apretados contra la superficie del mueble, la espalda arqueada, el trasero erguido, casi insolente; las piernas tensas por los tacones altos. Él comienza a provocarla, preguntándole:
?¿Estás mojada?
Ella no responde.
?¿Estás excitada?
Tampoco contesta esta vez. Él le levanta el vestido hasta las caderas y empieza a azotarle el trasero. Las nalgadas lentas y fuertes, una tras otra. Él le ordena que las cuente. En el silencio artificial de la oficina se escuchan únicamente los golpes de la mano sobre las nalgas, la voz jadeante de Clara y la respiración regular de su jefe, su Amo. Amo, como está obligada a llamarlo incluso frente a otras personas.
Clara siente como se va calentando la piel de su trasero. Su Amo le agarra la tanga y tironea. La tela se hunde entre los labios de su sexo, frotando su clítoris hinchado, penetra tenso en la hendidura entre las nalgas, presiona el vestíbulo de su vulva mojándose con un humor ligero. Un soplo de aire fresco acaricia su sexo, y la estremece.
Su Amo la obliga a abrir las piernas lo más que pueda y prosigue con las nalgadas. Las lágrimas le escuecen las mejillas rojas de embarazo, vergüenza, humillación y perversa excitación. Percibe cómo su sexo se humedece y de manera involuntaria comienza a mover las caderas. Instintivamente levanta el trasero, ofreciéndolo a su Amo. Él se da cuenta de cuan excitada está ella y se enfurece. Los golpes caen con más fuerza, acompasados. Luego toma un pequeño fuete y lo utiliza para azotarla, una sola vez pero con violencia, sobre el sexo húmedo.
Ella deja escapar un grito de dolor y trata de soltarse, pero él la tiene doblegada, oprimiendo con fuerza su espalda y obligándola a mantenerse quieta sobre el escritorio. Sabe que no es necesario gritar para que le obedezca, así que en un susurro le ordena:
?¡Silencio! Ábrete las nalgas.
Temblando Clara lo obedece. Separa las piernas todo lo que puede, coloca las manos sobre la redondez de los glúteos y jala. La brecha entre ambos se ensancha. Si más pequeño orificio queda a la vista. El sexo húmedo, completamente depilado, se abre impúdico ante los ojos de él. Su amo mete bajo sus pies un taburete, de modo tal que deba arquear aún más la espalda y que su trasero quede más alto y más expuesto.
?Mantenlas bien abiertas, Clara. Ni se te ocurra cerrarlas, ¿está claro?
Clara asiente, pegando su cara a la superficie del escritorio. Con por arte de magia aparece un gato de nueve colas, y su Amo redobla los azotes. Algunas tiras de cuero penetran en su sexo, haciéndola temblar y gritar. Él golpea fuerte, metódico, sobre el sexo y su orificio estrecho. Clara grita a voz en cuello, rogándole que se detenga. Siente miles de pequeñas punzadas dentro de ella. Le parece estar sumergida en el fuego, pero no se atreve a dejar que sus nalgas se cierren y continúa ofreciéndose al suplicio.
Ahora grita con más fuerza, le pide que no se detenga. Mientras los ramalazos de dolor engañosamente se transforman en placer, que inunda su sexo y la hace jadear.
?¿Estás gozando, eh? ?comenta él?. Mira cómo te ofreces a mis manos. Deseosa de que yo ye use, como si estuvieras en celo.
?Mi señor, te ruego ¡úsame! ?se escucha su voz, un susurro que brota de modo casi inaudible de sus labios; mientras empina aún más el trasero, empujándolo hacia su Amo y Señor.
Percibe los dedos de él apoyados sobre su sexo. Escucha el ruido obsceno cuando éstos penetran en su interior, esa oquedad empapada por la excitación. Por puro reflejo, gime de placer al sentir su sexo completamente lleno por aquellos apéndices que se mueven gentiles y lentos. Jadea, está al borde del clímax, cuando de pronto su Amo saca los dedos. Clara empuja las caderas hacia atrás, buscando de nuevo un contacto cualquiera, mientras el ímpetu de su orgasmo se apaga, dejándola con la sensación del placer no experimentado.
?¿Creíste que ibas a acabar? ?le pregunta, con una risa sarcástica.
Apoya su dedo en el ano y lo mete. El orificio aún es muy estrecho y la está violando brutalmente. Por fin cede, el dedo penetra con lentitud hasta el fondo.
?¡Ay, mi Amo! ¡Ay!
El placer invade el recto en fuertes oleadas, mientras su Señor comienza a mover el dedo en círculos dentro de ella, tratando de dilatarla.
?Mantén las nalgas bien abiertas ?le ordena.
?Sí, mi Señor, ¡ay!
Él intenta meter un segundo dedo en el orificio, hasta que éste cede.
?¡Ay, mi señor, me estás abriendo!
Lo siente penetrar por completo, deslizándose junto al otro. Luego, cuando los dos están bien adentro, su Señor los separa, dilatando su orificio, estirando y abriendo. Clara gime, grita de dolor y placer.
?Te ruego, mi Señor, ¡basta! Me hace daño, mucho daño.
Pero cuando él hace un amago de retirarlos, se oye un quejido:
?No, no. Todavía no, mi Señor. Te suplico... ábreme más.
Saca los dedos y unta el orificio con una crema densa y suave. El ano late, excitado y adolorido.
?Te estoy untando esta crema para meterte todo lo que me dé la gana ?dice, arrogante y mientras habla le pone frente a la boca un enorme plug anal y le ordena que lo chupe.
Clara obedece, succionando el plug como si fuese el sexo de su Amo. Lo lame, lo toma entre sus labios, lo vuelve a chupar, metiéndolo en aquella boca que siente plena. Mientras tanto su Señor le inserta dos dedos untados con crema en el recto, lubricándolo por dentro, moviéndolos adentro y afuera.
Clara se sonroja, al verse a sí misma humillada de esa manera, inclinada sobre el escritorio, violada en su interior, mientras con los labios va mojando el artilugio. Se sonroja de vergüenza, pero también de placer. Imagina cuando entre en su recto, a la vez que gime percibiendo los dedos de su Amo que se mueven decididos en su interior.
Piensa que su orificio aún es muy estrecho, que nunca ha recibido nada más grande que los tres dedos unidos de su Amo. Imagina y anticipa el dolor y el placer que hoy Él sabrá darle. Aumenta la velocidad de su succión del infernal ingenio; mientras los pensamientos y las imágenes pasan frente a sus ojos cerrados la excitan todavía más que los dedos de su Amo moviéndose dentro de ella.
Él le saca el aparato de la boca con un gesto duro y decidido. Viéndola a los ojos murmura:
?Ahora te dilataré y tú gritarás.
Clara se debate entre el miedo y la excitación. Después ambas emociones desaparecen cuando siente la punta del plug apoyada en el ano y entrando suavemente?
?Vamos, esclava, empuja tu trasero hacia mí, muy lentamente, quiero que te penetres tú sola.
Ella intenta relajar el esfínter y se va acercando a ese artefacto duro que su Amo mantiene firme y rígido. Humillada, las nalgas abiertas de par en par, empuja sola hasta hacer entrar el monstruoso artificio en su ano. Siente cómo comienza a penetrar, con suma lentitud, el orificio dilatándose, tensándose, la punta tocando su interior, estimulando. Gime de placer y sigue enculándose, moviendo hacia atrás las caderas.
?¡Ay, Señor, es muy grande! ?se queja?. Ya siento el ano demasiado dilatado, estirado. Me duele.
?Continúa ?le responde él, sin pestañear?, te lo meterás todo.
No puede. Tiene que detenerse. Siente demasiado tenso el orificio. Le duele. El aparato infernal la abre como hasta ahora nada lo había hecho. Permanece quieta, pidiendo perdón a su Amo. Sin decir una palabra, su Amo le acaricia tiernamente las nalgas y le susurra palabras dulces hasta que ella se relaja, entonces de un solo golpe empuja hasta el fondo del recto, hasta cuando el orificio no se vuelve a cerrar alrededor del extremo, dejando afuera sólo la base.
Ella chilla. Las punzadas de dolor son casi irresistibles. Tiene la sensación de estarse partiendo en cuatro y de ser penetrada por completo. Sobre sus mejillas corren las lágrimas. Enternecido, su Señor, le ordena que cierre las piernas para que sienta en mayor profundidad el plug en el recto. Luego empieza a darle nalgadas de nuevo.
Y Clara, llorando, finalmente disfruta del orgasmo tan anhelado.

 
Publicado por Stevan a las 05:00

Respuestas
19 Febrero 2006 - 15:42
Trini
Que bella fotografía! Conozco al autor.Gracias.
20 Febrero 2006 - 05:56
Enviar un emailrober
me encantan tus relatos...las fotos que los acompañan....gracias.....me encanta la idea de participar mirando...y en este caso...leyendo...un beso
07 Marzo 2007 - 10:18
Enviar un emailChuyo
Me apasiono este relato, es como si escribieran una de mis fantasías, son las 7.10 de la mañana acá en México y estos excitado a mas no poder. Gracias por hacer que este inicio de día sea excitante.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces