Anna Empuja el carrito de compras entre las filas del estacionamiento con aire distraído, hasta que llega a su auto y se detiene en seco. Mira hacia el auto contiguo al suyo y ¡Por todos los cielos! ¡Dentro del carro un hombre y una mujer se están haciendo el amor!
Escandalizada expresa su disgusto y su sorpresa con vehemencia. Mira alrededor, en un esfuerzo inútil por buscar aliados. No hay nadie, en el amplio estacionamiento está solo ella y sus palabras se pierden en el ruido sordo producido por los movimientos de la pareja dentro del auto.
Su curiosidad puede más que su pudor. Observa al hombre y, por la fuerza con que la está introduciendo su miembro erecto en la boca a la mujer, puede adivinar el enorme deseo que siente de entregarse a sus atenciones. Ella está completamente desnuda, exhibiéndose sin el menor decoro. Tiene las piernas abiertas y se muestra dispuesta a ofrendarle caricias inconfesables. Pareciera querer violar al hombre. Por la posición en que está se puede ver su sexo completamente húmedo e incluso el trasero expectante.
?¡Desvergonzados! Son unos animales ?grita la señora. ?Y tú eres una? una? ¡Una puta!
Se dispone a marcharse, cuando la portezuela se abre, el hombre la agarra por la muñeca y la hala hacia el interior del auto. Sorprendida, asustada y ofuscada, nota que su mano ?todavía aferrada por la del hombre? está en contacto con la piel de la mujer, rozándola apenas y entonces siente una extraña sensación. Como si la enchufaran directamente a la corriente eléctrica.
¿Cuánto tiempo lo niega? No mucho. Sin más cae en la cuenta que está excitada...
El fuerte tironeo la ha dejado boca abajo, con los labios sobre aquel monstruoso sexo del hombre. Se decide. No lo duda ni un instante.
Como si se tratara de un sueño, lo toma entre sus labios. Mientras tanto el hombre le empuja la cabeza hacia abajo y unas manos violentas le quitan la panty. Siente cómo la prenda de ropa interior se rasga y se desliza de su cuerpo tembloroso. Miedo y excitación. Una mezcla explosiva. Sin pensarlo comienza a succionar el sexo de aquel desconocido.
?Sí, chúpame. Lámeme la cabeza. ¡Hazlo! ?ordena él.
Obedece. De pronto siente el deseo ineludible de chupar como jamás se lo ha chupado a ningún otro hombre. Siente la cabeza de la mujer separándole los muslos y, un instante después, la lengua de ella se adueña del clítoris.
El sexo del hombre cada vez más duro y grande dentro de su boca. ?Sí, lámeme. Lámeme lentamente, sí. Así, así, así?, piensa, mientras su boca y la lengua de la mujer en su vulva, se mueven al unísono, como si hubiera practicado ese trío varias veces.
?Cielos, esta si que sabe mamar?, se dice y le ordena a ella:
?Chúpame, chúpame como tanto te gusta.
Su boca se abre y se cierra con movimientos que van enloqueciendo al hombre. El agradable picor en el glande lo hace empujar hacia delante, una y otra vez, metiéndolo hasta la garganta.
La lengua entre sus piernas se revela experta. No puede evitar abrir y mover las caderas de manera que pueda lamerla a su gusto. Tiene el clítoris entre sus labios y con destreza de mujer que sabe qué le gusta a otra mujer, con exasperante lentitud lo succiona suavemente. Por un instante el chupeteo y el lamido recíproco, la hace fantasear con la idea que, en realidad, es una sola boca que está en todos lados a la vez.
Anna está haciéndole una felación a aquel hombre y percibe su fuerza animal. Siente que la domina y que ella está lista para dejarse someter. La mujer se interrumpe, se incorpora, sigue jugueteando con los dedos en su vulva y sus ojos son dos brasas encendidas, en medio de ese rostro en el que se lee la voluptuosidad desatada.
?Él es Ezio... yo, Francesca ?es lo único que dice.
Francesca se tiende en el asiento del acompañante, extendido como una cama y vuelve a lamerle el sexo que asoma entre la mata de vellos ensortijados. Parece darse cuenta que Ezio sólo tiene ojos y deseo para ella, para la desconocida que salía del supermercado.

Anna le echa una ojeada al cuerpo de aquella desconocida. Delicado y algo entrado en carnes, sin llegar a la gordura. Ahora que la observa con detenimiento se da cuenta de que el vestido que lleva esconde sus bellas formas, el seno abundante. Olisquea su perfume barato, tan diferente a los perfumes franceses que suele usar ella. Un perfume que debe haber escogido a conciencia para incitar a ese desconocido llamado Ezio.
?Desnúdate, hembra ?dice el hombre a Francesca, con la voz enronquecida de la excitación.
La mira desnudarse, y Anna advierte que se despoja de sus ropas con ademanes bruscos y maneras cursi. Definitivamente, no es gorda y sus formas se le antojan muy femeninas. Si estaba excitada antes, ahora Anna está a punto de perder la poca cordura que le queda. Ella es todo lo contrario de Francesca. Con su figura atlética y la piel siempre bañada de esencias y perfumes costosos. Sus senos libres se ven abundantes y firmes, con la aureola oscura y pezones pequeños. Lleva el sexo depilado. El contraste de ese pubis rasurado y liso como el de una impúber con ese cuerpo relleno y voluptuoso, la excita más, enardece su imaginación.
Anna quiere y desea que el hombre la sodomice. Nunca lo ha hecho antes, pero si hay una oportunidad es ésta. Siente el deseo en aumento mientras la mujer le lame el orificio del ano, lubricándola.
Ezio no pretende acabar en la boca de la desconocida, pero se da cuenta de que Francesca le está lamiendo el ano, preparándola, pero presiente que su amante está enojada. Le aparta la cabeza y con un movimiento rápido, la penetra por detrás. Anna siente el dolor, pero se abre, se relaja, se entrega a esa verga monstruosa que se abre paso en su interior. Sin encontrar resistencia alguna entra de un solo golpe en su recto y antes de perder el sentido de la realidad, escucha la voz de Francesca sibilante.
?¡Bastardo! ¡Eres un bastardo! ?repite, furiosa Francesca.
?Encúlame. Hazme sentir una perra ?pide Anna con voz enronquecida por la lujuria.
Ezio empuja lentamente su sexo dentro de Anna y lo mueve con el placer de quien se sabe al mando. No desea acabar, porque quiere que antes aquella mujer experimente un orgasmo. Francesca le busca la boca con la suya y prueba el sabor, fuerte y excitante, del sexo de aquella desconocida que lo intriga.
Ahora Francesca le coloca su propio sexo frente a la cara y besa a Ezio con toda la boca, hurgando en la de él con la lengua. Anna, sabe qué hacer y con la lengua y los labios, abren los gruesos y húmedos labios de su rival, buscando el botoncito mágico del placer.
?Cómeme, perra, hazme acabar. Lámeme y no te detengas. Mi macho te está enculando, pero yo soy su hembra y tú? tú no eres más que una puta a quien recogimos por la calle.
Es en ese momento que Anna decide su destino. En ese momento, por primera vez en la vida, se siente una mujer libre. Libre de ser aquello que siempre ha escondido: una mujer lujuriosa, salvaje casi. En ese instante toma la decisión que aquella melindrosa sexualmente era una reprimida, ha quedado en el olvido. Ella y ese idiota que tenía como compañero, que lo máximo que le proponía era un sábado sobre la poltrona en espera de la cena.
?Sí, te lamo y tú no dejes de encularme. ¡Soy vuestra esclava! ?dijo, y siguió repitiéndolo como una salmodia.
Ahora se sentía la puta que, en ese lugar tan relegado de sí misma, sabía que era. Aquella era su esencia, su yo más íntimo. Deseaba violencia sin límites, ser utilizada sin poder rebelarse, ser un instrumento de placer y dar placer. Ahora tenía la sensación de estar por explotar en un orgasmo liberador, sintiendo el sexo cada vez más adentro del recto.
Estaba lista para recibir la descarga de él y lamía el sexo de la mujer, disfrutando de un placer que jamás había pensado alcanzar. Le agradaba el sabor de aquel sexo, completamente depilado, los grandes labios que se abrían para mostrar un clítoris túrgido y rosáceo, mientras sus manos se apresuraban en búsqueda del ano de aquella mujer que parecía gozar de sus atenciones.
Percibe los embistes cada vez más violentos y las manos de él aferradas a sus senos, causándole un dolor que le gustaba, la enloquecía, la subyugaba. Se sorprendía al descubrir que en secreto estaba anhelando ser tratada con una violencia aún mayor.
Como si él hubiese adivinado su anhelo, le dio un azote. Y otro, y luego otro. Empezó a darle nalgadas, y los golpes restallaban tan fuertes que le arrancaban alaridos de dolor, pero que iban transformándose en gemidos de placer. ?Estás por acabar?, dijo una silenciosa voz en su cabeza. ?Conoces esta sensación, la cascada de placer que desciende del cerebro como un río de lava?.
Fue apenas un susurro que duró una fracción de segundos.
?¡Sí! ¡Sí! ¡Sí, sí! ¡SÍ! ¡Acabo! ?grito, exacerbados todos sus sentidos?. ¡Sí! ¡Soy una puta! ¡Cójanme. ¡Así, más, quieromásquieromásquieromás! ¡Más! ?aulló, como perra en celo.
Por primera vez en la vida, se sinte libre.
Abre los ojos.
Numerosas personas a su alrededor que la miran y sonríen, divertidas.
Sonríen y aplauden.
Una de ellas le muestra un cartel, en el que se lee: ?¡Bienvenida a Sexy Cámara Escondida!?