Colección Voyeur

Sábado 01 de Abril de 2006
Tu mano sobre mi pierna

?Ana, estás excitada.
Sí, claro que estoy excitada y mucho. Me conoces muy bien, ni siquiera tienes que preguntarlo. Le estaba contando a esta mujer que nos visita sobre ese relato tuyo que tanto me gusta y que fue el comienzo de nuestra relación, marcando un antes y un después en nuestras vidas. Ese relato intrigante que me golpeó con la fuerza de un huracán, me hizo soñar y querer ser partícipe de tus historias, mostrándome el camino que debía y deseaba recorrer. Comencé a hablar de ese relato y me excité.
?Si ? digo.
?¿Y qué harás al respecto? ?me preguntas. Posas tu mano sobre una de mis piernas. Es la señal, la reconozco. Te miro de soslayo y casi puedo escuchar tus pensamientos:
(Poso una mano sobre su pierna. Observo su rostro, escudriñando los ojos, estudiando atentamente cada reacción en un intento por adivinar sus emociones. Logro percibir un cierto estupor. Algo es cierto: reconoce la señal, sabe lo que quiero)
Miro la mano extasiada. Pareciera ser tan solo cinco dedos, una palma y un dorso; en cambio yo la siento de hielo y fuego. Una mano que esconde mil caricias y castigos; que promete dolor y placer infinitos y me lleva por igual al cielo y al infierno. Descansa inmóvil, quemando mi piel, en un gesto mudo de posesión. La miro con deseo, con un deseo febril, con total y absoluto deseo. Como tenemos compañía intento controlar mi agitación y busco el modo de responderle, pero no lo logro.
(Está completamente agitada, decidiendo qué decir o qué hacer. No estamos solos y ella se sorprende de este gesto que hago frente a una persona extraña para ella. Pero es una esclava y sabe comportarse; o al menos debería saber comportarse. Veamos si el adiestramiento comienza a dar sus frutos.)
?Yo, yo... ?balbuceo, a mitad de camino entre la confusión y el titubeo.
Me muerdo los labios. Tiemblo. Me paso la mano por el cabello. Observo a mi alrededor. Espero. Me toco el cuello. Inspiro profundamente. Mi cuerpo se va tensando poco a poco. Parezco un animal que espera, porque aún no atina a saber si será presa, predador o simple carnada para capturar otra presa. Tengo la garganta seca, los pezones duros, el sexo humedecido, todo el cuerpo encendido. Las piernas me tiemblan. Estoy excitada, perturbada, fuera de mí.

(Está trastornada. Siente la presion de mi mano sobre su pierna y mi dominio total sobre ella. De intento concentro mi atención en la conversación con la visitante. También quisiera adiestrarla y que mi esclava la sirviera con la felicidad de saber que me pertenece y de que lo hace por mí. Por mi mente cruzan pensamientos inclementes, mientras recurro a palabras de miel para prepararla.)
Te miro buscando tu ayuda. Pero tú estás concentrando en lo que te dice esta mujer que ha venido a nuestra casa. No apartas tus ojos de ella. Por el contrario, pareciera que de un momento a otro la penetrarás con tu mirada, mientras le sonríes y haces amago de tocarla. Entonces decidida tomo tu mano y la acerco a mi cara. Quiero sentir tu palma sobre mis mejillas, enrojecidas por el deseo y la confusión. Lentamente me acaricio el rostro con tu mano. Me estremezco con el contacto. Gimo. Bajo la cabeza y con absoluta reverencia doy un beso casto sobre el dorso.
(Por extraño que parezca, busca la dulzura de mis caricias. Le doy una orden seca y perentoria. Es necesario que restablezca los roles.)
?¡Arrodíllate, esclava! ?murmuras.
?Sí, mi Señor.
Rápidamente te obedezco, atemorizada.
?No te di permiso de tocarme ?me dices, con voz fría y cortante.
?Me equivoqué, mi Señor ?reconozco, sumisa.
(¿Se equivocó? Entonces debo castigarla, así entiende que no se puede permitir el lujo de equivocarse.)
Siento las lágrimas que me anegan los ojos, pero contengo el llanto y un quejido. La turbación que me produce ser tratada así frente a una desconocida ya es suficiente para mí, no deseo posteriores humillaciones. En un gesto evidentemente inútil, te suplico con la mirad.
?¡Y mucho menos te he autorizado a mirarme, perra!
?Disculpa ?te digo.
?¿Como? ?me preguntas. Sé que estás actuando la sorpresa.
?Discúlpame, mi Señor ?repito, pronunciando muy bien cada palabra, decidida a corregir mi equivocación.
? Bien, esclava. Veamos de qué eres capaz para excusarte ?me dices, mientras te abres la cremallera del pantalon, te sacas el miembro y lo plantas frente a mi cara. Lo tomo entre mis manos y lo acerco a mi boca.
Cuando te lo beso, lo hago con dulzura, casi con veneración. Con mis húmedos labios trémulos apenas rozo esa masa encarnada, pulsante y apenas humedecida por las primeras gotas de líquido seminal. Saco la lengua y lamo como una fiera sedienta, que sabe muy bien que en el fondo del pozo hay agua y que sólo debe excavar para conseguirla.
Abro mi boca caliente y deseosa para engullir tu miembro por completo, solamente los testículos quedan fuera. Los tomo entre mis manos. Succiono y acaricio, rozo y sorbo. Labios, lengua, boca, manos y dedos se combinan para volverlo grande y duro. Cuando noto que ya está bien grueso me lo saco de la boca, volteo la cabeza y extiendo una mano hacia la mujer, invitándola a acercarse con una sonrisa cómplice.
(Sí, chúpamelo, esclava. Sigue haciéndolo así. Mi visitante se está tocando y observa maravillada tu sumisión sometida; No puede evitar mirar cómo juegas con mi miembro hasta que éste consigue tamaño, forma y consistencia. Hasta que se envara como tanto le gusta.)
Me doy cuenta de que mientras yo te mamaba, la mujer se desnudó. Pienso que tal vez incluso se masturbó frente a ti y me enfurezco. Sin decir nada ni dejar transparentar lo que siento, la abrazo y la beso en la boca. Ella se rinde confiada a mis caricias y aprovecho la ocasión para tocarla abajo. ¡Sí, la muy puta está mojada! ¡Se estaba masturbando para ti!
(Mi visitante está desnuda y excitada. Dócilmente se deja llevar por mi esclava, quien está bullendo de celos, lo sé. Me complace verla en este estado. Sabe perfectamente que no puede rebelarse.)
Aunque siento celos por ella y la rabia me hace hervir la sangre, sé que esto no tiene ninguna relevancia en este momento. Lo importante es satisfacer tus deseos, darte todo el placer que busques, servirte como el Amo y Señor, porque lo eres. Dejo de besarla. Me pongo detrás de ella y, mientras la empujo suavemente hacia ti, le digo al oído:
?Ve, chúpaselo.
Escucho tu voz orgullosa:
?¡Mi esclava! ¡Mi estupenda esclava!
Ahora sí sonrío feliz, pero tú no lo notas. No puedes darte cuenta. No debes ni siquiera sospechar lo que tengo en mente...
La ayudo a ponerse en cuatro patas. Me arrodillo al lado de ambos, tomo tu miembro con una mano y con la otra le acerco la cabeza de ella, obligándola a engullirlo. Odio el suspiro de satisfacción que sale de tu boca, pero disimulo mi rabia. Dentro de poco me saldré con la mía, solamente debo tener paciencia.
Me acuesto debajo de ella, entre sus piernas abiertas, le abro de par en par el sexo y comienzo a lamerla con mucha lentitud, mientras con un dedo le froto el clítoris tal como sé que le gusta a una mujer. Lentamente le paso la lengua por los labios rosados y carnosos. Su pequeño botón late y crece bajo mi dedo. Gime y mueve las caderas, disfrutando tanto la lamida como el movimiento de mi dedo. Baja un poco la pelvis, ofreciéndome su sexo como una perra en celo, sin imaginarse lo que le espera.
Voy a por todo. Con su clítoris entre los dedos, aprieto con fuerza, luego lo lamo y lo mordisqueo delicadamente. La siento jadear, pero ni por un instante deja de chuparte ese miembro que tanto venero. Sigo absorbiéndola y mordisqueando su clítoris, ahora con un poco más de rudeza. Quiero hacerle daño, que le duela, desahogar mis celos y mi rabia contra esta desconocida que está mamando a mi Señor, cuando soy yo quien debería estar haciéndolo. Noto cómo se va acumulando el líquido en su sexo, me mojo dos dedos y de un solo golpe se los meto en el ano. Ella se conmueve y gime.
(Mi esclava decidió excitar a nuestra convidada. La obliga a meterse todo mi miembro en la boca y se acuesta debajo de ella para lamerla. Una perra lamiendo a otra perra. Le lubrica el ano y la penetra con los dedos. ¡Perra! Sin duda alguna es mi esclava. Me excita verla hervir de celos.)
Le meto otro dedo y empiezo a abrirla con lentitud, paciencia y determinación. Empujo fuerte los dedos. Sé que le hace daño. También soy despiadada con la boca que lamo y mordisquea inclemente. Está en mis manos y soy yo quien gobierna su placer a mi voluntad. Me gusta esta sensación de ser yo quien lleve las bridas, aunque sea por algunos minutos. Pero debo tener cuidado y hacerlo sin que sea manifiesto. Si lo adviertes, si te das cuenta, seré blanco de tu furia y no quiero provocarla.
(La muy perra quiere darle a entender que ella es mi esclava e intenta asumir el rol de dominante. Conoce mi furia y sabe lo que le espera. Quiero ver hasta dónde quiere llegar...)
Empujo de nuevo los dedos dentro de su ano prieto, y sigo jugando con mi boca en su sexo. Ella continúa trabajándote con la suya. Sí, lo admito, siento un cierto placer al sentir que estoy dominando a esta mujer desconocida que te provoca tanta excitación. Sin embargo, debo ser sincera y añadir que nada puede compararse a la felicidad de saberme esclava, tu esclava. Sigo hasta cuando llega su orgasmo, potente y a toda vista doloroso. Ahora sí, finalmente suelta tu miembro, así que yo retiro mis dedos y la abandono.
(Quiero darle a mi huésped una señal de mi presencia. Agarro el látigo corto, ése que tiene siete tiras de cuero oscuro bien curtidas por el uso.)
Me arrodillo al lado de ella y la observo con atención, mientras tú tomas el fuete y descargas un golpe seco y salvaje sobre su espalda. Ella se estremece y grita de placer, como un animal en celo.
?¿Deseas saber lo que significa dominar, esclava mía? ?me preguntas sarcástico.
(Decido darle una oportunidad y la pongo a prueba.)
No soy capaz de responderte, ya que temo que sea una nueva prueba de mi adiestramiento y de veras no sé qué hacer. Insistes:
?Contesta. ¿Quieres?
Levanto la cabeza con temor, no quiero que veas culpa y duda en mis ojos. Por única respuesta, me alcanzas el fuete, invitándome a usarlo.
?Claro que lo quieres, perra. Te conozco bien porque soy tu Amo, tu único Amo. Sé que deseas probar, esclava.
?Sí, mi Señor, quiero probar.
?Debes saber que lo hago porque soy magnánimo y mi generosidad es tan grande que yo, tu Amo y Señor, te permito solamente por esta vez vivir la dicha de dominar a esta mujer.
?Sí, mi Señor, doy gracias por la oportunidad que me brindas.
(?¡De pie! ?le ordeno a mi huésped, quien comienza a entender qué le espera. La obligo a sentarse sobre mi miembro erecto y a encularse con éste, pero dándome la cara. No me quiero perder detalle.)
Le ordenas a esta mujer que se levante y se siente sobre tu miembro erecto y orgulloso. Ella lo hace sin oponer ninguna resistencia, la he abierto para ti. Ante mis ojos queda su espalda marcada por el latigazo que le diste. Me pregunto si seré capaz de golpearla. Me estremezco emocionada y espero que me des una señal para empezar con la azotaína.
Por un instante, me atormenta la duda: ¿Qué sentiré? ¿Placer, compasión, aflicción? ¿La castigaré sin piedad y gozaré con su dolor? Hay un solo modo de saberlo.
?Mi esclava desea saber qué sensaciones experimentaría al tener el dominio ?le dices a la mujer?, y le he dado permiso para que lo pruebe. Ahora te pregunto a ti, ¿puede azotarte?
(Le pregunto si mi esclava puede hacer lo mismo. Alza el rostro y habla, la voz enronquecida por el deseo. Percibo la tensión en el aire.)
?Sí, me gustaría que ella me azotara ?la desconocida habla por primera vez, y de solo escuchar esa voz grave, no me cabe duda que el deseo le hace perder la cordura.
?Bien ?me haces una señal, invitándome a iniciar la azotaína?. Te permito que le des cinco latigazos, esclava.
Esta era la señal que tanto esperaba. El fuete restalla, pero el primer golpe es indeciso y débil. No lo estoy haciendo bien. Aunque la mujer gime, y ese quejido me provoca un escalofrío. La sensación me da un poco de seguridad y continúo cada vez con más seguridad, hasta contar los cinco azotes. La mujer arquea la espalda y acaba, gritando. Ya está: ha quedado presa de la lujuria.
En ese momento, te corres. Percibo tu orgasmo y enloquezco a mi vez con el aroma del semen que estás derramando.
(Las dos están muy excitadas, fuera de sí. Quien azota quiere ser azotada y quien recibe los azotes desea desquitarse. Ambas se desviven por complacerme, sin saber que, en este juego, no son más que objetos para procurarme placer. Mi esclava busca mi mirada.)
Me debato entre el placer, los celos y la confusión. Me doy cuenta de que también quiero acabar y deseo hacerlo inmediatamente. Nuestra invitada se incorpora.
?Ahora quiero lamerte y azotarte como hiciste conmigo.
Ávida, busco tus ojos para saber si puedo hacerlo y tu asientes con la cabeza. Me tomas por un brazo y me acercas a ti, obligándome a sentarme sobre tus piernas y a abrir las mías, ofreciéndole a la mujer mi sexo hambriento de atenciones. Ella se arrodilla ante nosotros y me abre el sexo de par en par, lanzándose a lamerme, chuparme y mordisquearme con avidez. Mientras tanto tú me acaricias los pezones y los pechos con tus manos, diciéndome al oído:
?Perra, como te gusta gozar. ¡Dímelo!
?Sí, me gusta.
?¡Dímelo!
?Amo. Mi Amo.
El orgasmo se me anuncia en cada rincón del cuerpo. No tarda en explotar. Gimo, me estremezco. Pero ninguno de los dos se detiene. Por el contrario, continúan masturbándome sin pausa y me hacen acabar de manera ininterrumpida, hasta que, exhausta, me tomas en tus brazos y me das la vuelta, para ofrecer mi espalda a la mujer, que ya tiene el látigo preparado.
(Mi esclava no se esperaba que yo la penetrara, pero tanto ella como la visitante han logrado excitarme a tal punto que tengo una nueva erección. La conozco lo suficiente como para saber que ahora hará lo indecible a fin de seguir acabando porque sabe que eso me da mayor placer.)
Apenas percibo la nueva entrada de tu miembro, recupero las fuerzas. Comienzo a subir y a bajar, pensado sólo en que tú disfrutes. Sé que finalmente lo harás cuando ella me azote, cuando me veas presa del placer que me provoca el dolor, cuando veas los frutos de tu adiestramiento. Justo en ese momento la escucho aspirar profundamente y entiendo que se apresta a golpearme. Dentro de mí ruego por sentir, de una vez, el fuego de los azotes sobre mi espalda y poder regalarte el cielo.
(El fuete lacera la piel de mi esclava. La siento transmutarse en infinitos ríos de placer, cabalgando mi miembro con la ferocidad de un animal. Penetrándose profundamente cada vez que desciende. Se deja llevar en un delirio de palabras y emociones. La siento gritar.)
?¡Golpéame, perra! ¡Así! ¡Golpéame para placer de mi Señor! ¡Sé su mano!
(Sonríe feliz y me besa dulcemente la mano.)
?Amo ?susurro, la voz quebrada por la agitación?, mi Amo.

Anamar & Stevan

 
Publicado por Anamar a las 05:00

Respuestas
04 Abril 2006 - 15:01
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Qué delicioso relato, exquisito, íntimo, ardiente como el restallido de un latigazó en la blanca piel suave de una mujer hermosa, bella y lujuriosa.

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