Colección Voyeur

Domingo 17 de Septiembre de 2006
La pareja

Quedamos en encontrarnos tarde esa noche en un pub de Castiglione. No conozco en absoluto la fisonomía de ninguno de los dos y tengo curiosidad por descubrir si son como los imagino o, peor aún, que no concuerdan con el perfil de mi solicitud.
Semanas atrás había publicado un anuncio en un periódico especializado en el intercambio de parejas, en el cual solicitaba el encuentro con una pareja a fin de hacer sexo sano y sin limites. Pedía decisión y honestidad, así como que la mujer estuviera dispuesta a ser el centro de atención tanto mía como de su compañero. La respuesta se había hecho esperar unos cuantos días, hasta que finalmente a través de una llamada telefónica conversamos y fijamos la hora y el lugar precisos para encontrarnos, con la recomendación de ser puntuales.
Acepté, aunque no pregunté nada sobre ellos. Desde el primer momento me gustó la voz de ella: cálida, un poco ronca, con una vena de sensualidad y el acento casi perfecto. Del hombre no sabía absolutamente nada y en esa oportunidad no conversamos por teléfono.
Había comprado una maravillosa margarita para regalarla a la desconocida, pero luego –arrepentido– la dejé en el auto. Entré al bar. La gente se movía entre la barra, los asientos de las pequeñas mesas y los reservados. La música cálida y envolvente de un pianista cubría parcialmente el vocerío del fondo. Esperé observando a las personas que entraban, sin reconocer o por lo menos lograr individuar a la pareja con quien me había citado. Ellos se habían retrasado y los nervios me consumían.
–Hola, soy Stefania.
Me volteo y la miro. Lo primero que noto es la blusa negra sin mangas y de cuello alto al estilo oriental, una falda de cuero cortísima y a la cadera, medias de un tono más oscuro que el color de su piel y unas piernas muy largas, exaltadas por unos tacones de vértigo. Evidentemente intrigado me levanto para saludarla. Ella me toma por el mentón y busca mi boca. Se la ofrezco e inmediatamente se enciende la chispa.
Es un beso para conocernos. Siento como pega su cuerpo al mío, buscándome con movimientos pélvicos apenas perceptibles. Juro que no estaba excitado, pero en pocos segundos tengo una erección. No me avergüenzo. Por el contrario, con decisión empujo mi pelvis hacia la de ella para que lo note.
–¡Wow! Veo que ya estás listo. ¿Te resulto atractiva?
–Mucho. ¿Quieres comprobar cuánto?
Entiendo que no es nada pudorosa, porque posa su mano sobre el abultamiento evidente, sonríe y me dice:
–No eres un superdotato, pero lo que toco no está nada mal.
–¿Nada mal?
–Tu boca tiene un buen sabor y tu sexo responde a mis exigencias.
Se voltea y descubro que la blusa le deja toda la espalda desnuda, desde la nuca hasta el comienzo del hueso sacro, el cual puedo entrever. Todo esto va más allá de cualquier cosa que hubiera imaginado, por lo cual me digo que me he sacado el premio gordo en la lotería.
–¡Franco, ven! –dice alegremente, dirigiéndose a su compañero.
Lo veo levantarse de una mesa no muy lejos de la mía y acercarse a nosotros. Me comentan que habían llegado antes y que tras mi arribo me habían estudiado durante varios minutos. Terminamos de presentarnos y los invito a sentarse a mi mesa. Conversamos de esto y de aquello para conocernos. Las risas surgen con facilidad. Me siento bien en su compañía, así que el tiempo transcurre sin tropiezos. La atención de ella se divide entre Franco y yo. De tanto en tanto me toca el sexo con su mano, acariciándolo por encima del pantalón, como para mantenerlo en perpetua erección. También toca a su compañero, quien la ve con ojos lánguidos.
–¡Ven, sígueme! –me dice, tomándome de la mano y dirigiéndose hacia el sanitario de las damas.
Con esa seguridad que la caracteriza entra y yo la sigo. Estoy excitado, aunque admito que siento algo de temor. Stefania abre un compartimiento, tan pequeño que a duras penas cabe una persona.
–¡Lámeme! –me incita, levantándose la falda y dejando al descubierto una microtanga de encaje color lavanda.
Se apoya en el tabique divisorio y coloca la pierna derecha sobre la taza del inodoro. No quiero perder tiempo, así que aparto el diminuto pedazo de tela y comienzo a saborear su sexo, completamente depilado. Los labios rosáceos sobresalen y el clítoris nítido se perfila hacia afuera, como reclamando besos y caricias, que inmediatamente comienzo a prodigarle.
Enloquecido por el erótico momento que estoy viviendo me aventuro a besar y acariciar incluso su ano, el cual se contrae al contacto con mi dedo. Durante varios minutos nadie entra al baño, así que puedo disfrutar del glorioso espectáculo de hacerla y verla gozar. Después se oye un sonido y se adivinan los pasos de una persona. Me detengo asustado, pero ella –empujándome la cabeza contra su vientre y sin el menor indicio de temor– exclama:
–Ocupado. Continúa, estoy por acabar. Hazme gozar.
Al tiempo que abre la puerta, permitiendo que la muchacha que acaba de entrar al baño observe el momento culminante con una mirada a todas luces excitada.
–Entra, que también hay puesto para ti, si quieres... –agrega Stefania.
Definitivamente esta experiencia está más allá de cualquier expectativa que yo pudiera haber tenido y saberlo contribuye a incrementar esta mezcla de extravío y excitación que siento. Me pregunto qué haré y cómo lo haré si la muchacha acepta la invitación. En un  segundo opto por el ataque directo:
–¡Coño! ¿Quieren hacerme enloquecer? –les digo–. Si es así, entonces vámonos a mi casa y hagamos todo lo que se nos ocurra.

La muchacha no dice una sola palabra, asiente con  la cabeza y se acerca, viéndome detenidamente. Aún estoy agazapado entre las piernas de Stefania, quien no se muestra en lo absoluto intimidada por la situación. Por el contrario, sigue empujando mi cabeza hacia su sexo.
–¿Ustedes son reales? ¿No son de ese programa “Cámara escondida”? –pregunta.
Por curioso que parezca, continúa observando mi rostro, embadurnado con los humores de Stefania, y con lentitud va acercando su mano a su sexo. Lo roza delicadamente y deleitándose en la exploración, como si estuviera descubriendo nuevas sensaciones, agrega:
–Yo acepto. Quiero saber cómo terminará esta historia. No me lo perdería por nada del mundo.
Sonriendo, Stefania se separa de mí y tomando de la mano a la desconocida, se arregla la ropa. Como si nada hubiese ocurrido anuncia que estamos invitados a su casa. Una vez allí, Franco nos ofrece un trago preparado a partir de ron. La música suave y envolvente de Evia se expande entre las paredes de un amplio salón, donde abundan alfrombras y cojines.
Dora, la muchacha desconocida, está tendida sobre un montón de cojines y la dueña de casa la acaricia con dulzura. Pequeñas gotas de sudor corren por su cuerpo, indiscutiblemente efébico: el seno diminuto, casi dibujado, de pezones pronunciados y dorados, la pelvis musculosa y el sexo enmarcado por un pequeño tirabuzón de vellos dorados en forma de coma, que espera las caricias orales de Stefania, ya inclinada entre sus piernas. La muchacha mueve su cuerpo, impulsada por la pasión que la embarga. Sus movimientos se van volviendo más y más frenéticos, a medida que entre gemidos roncos incita a Stefania a aumentar el ritmo y la profundidad de las caricias.
Aferro la cabeza de Dora y la obligo a dedicarse a mí, en tanto Franco se coloca detrás de su mujer y la penetra con violencia, animándola a llevar a nuestra amiga común al extremo del placer. La chica no se limita a acoger mi sexo en su boca, sino que lo saborea como si se tratara de un helado. Lame lentamente a lo largo del asta y con la lengua se aventura hasta mi ano, insinuándose con una cierta prepotencia. La violación me excita, aunque me libero de su boca y busco la de Stefania, mientras Dora se insinúa entre la pelvis de la dueña de casa y yo, en una especie de sesenta y nueve en el cual Dora lame tanto el sexo de Stefania como el de Franco, quien continúa penetrándola desde atrás.
Stefania lame y luego acaricia profundamente el sexo de Dora, ubicado justo debajo del mío. La toca con movimientos rotatorios, sumergiéndola en un espiral de excitación hasta el momento en que arqueándose me invita a penetrarla. Dulcemente Stefania me guía y empuja mi miembro dentro de Dora, quien pide que nos demos prisa. Mientras Stefania me besa con pasión, embisto cada vez más profundo y violento a Dora, quien continúa dispensando sus atenciones orales a nuestros anfitriones.
Nuestros cuerpos se mueven, buscándose con afán. Cada caricia se vive como una especie de última oportunidad, en la cual la emoción de estar juntos es nuestra catarsis. Como por encanto la onda de placer buscada y deseada explota con violencia. Soy el primero en liberarme besando a Stefania, seguido de Dora quien grita de placer; mientras Franco, separándose de su mujer deja caer su semen en la espalda de su compañera dibujando espirales. Por último, Stefania busca con su boca el sexo de Franco y lo lame golosamente, lanzando grititos casi infantiles.
Nos encontramos recostados, bebiendo un buen frizzantino y acariciándonos para no perder los momentos vividos hace poco. Es entonces cuando Stefania me confiesa que Dora es su pareja y que ambas deseaban vivir una noche transgresiva, agregando que Franco es un amigo, conocido a través de un sitio de chat. Riendo Dora abraza a Stefania y besándola apasionadamente comienza a acariciarla sin inhibiciones, libre de manifestar el amor que siente por su amiga.
–Dora tiene necesidad de un hombre para expresar su femeneidad, así que de tanto en tanto organizo encuentros con hombres de personalidad erótica interesante y disfruto viéndola gozar– comenta Stefania. –Pero la noche aún no ha terminado. Por el contrario, apenas comienza...
Y con estas palabras se levanta, nos toma de la mano a Franco y a mí, guiándonos hasta la habitación de ambas. Detrás de nosotros camina Dora, quien canturrea feliz.

 
Publicado por Anamar a las 05:00

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