Colección Voyeur

Sábado 23 de Septiembre de 2006
Con desesperación

Como nos gusta a ti
 y a mí.

Juntos hemos disfrutado de los más exquisitos placeres que nuestros cuerpos han podido y querido regalarse. Tu disposición para el sexo me subyuga. Eres capaz de hacer el amor a cualquier hora, en el lugar donde estemos y a la más mínima de las provocaciones. Ahora mismo estás allí, completamente desnuda, recostada de las almohadas, abriendo y cerrando las piernas, acariciándote el sexo, lanzándome miradas lujuriosas, con ese desparpajo que te hace tan sensual, con esa naturalidad tan tuya. Continúas incitándome sin darme tregua, cuando deberías estar saciada o al menos agotada tras horas de apasionada entrega.
–Sabes que debo irme, ¡no me tientes así! –te pido en tono casi lastimero.
Sonríes con malicia y abres las piernas de par en par, dejándolas flexionadas a ambos lados, mientras fijas tus ojos verdes en el bulto que rápidamente crece en mi entrepierna. Si la voluptuosidad tuviera que llevar nombre y apellido, no me cabe duda que elegiría el tuyo.
–Al parecer no tienes muchas ganas de irte –me dices, desafiante.
Entiendo que es inútil que siga vistiéndome. No saldré de aquí hasta que estés satisfecha. Y a ti no se te satisface tan fácil.
–¿Acaso quieres que muera de deseo por ti? –digo mientras me quito la poca ropa que había logrado ponerme. Todo tu cuerpo se estremece por la carcajada con que acompañas tu invitación:
–Sí, ven aquí, amor. Vamos a morirnos juntos.
Me arrodillo entre tus piernas flexionadas. Con ambas manos te abres los labios de la vagina y me invitas de nuevo:
–Ven. Toma... entra...
Tomo mi miembro en una mano y comienzo a masturbarte. Subiendo y bajando por tu raja, pero sin entrar. Quiero que sientas mi cabeza roja y húmeda rozando tu clítoris, tus labios, esa cautivante entrada de tu cuerpo. La apoyo, subo y bajo, presiono ligeramente. Tus gemidos van marcando el ritmo de mis caricias. Unas gotas de mi leche se escapan y se mezclan con tus jugos, lubricando aún más tu raja. Vuelvo a apoyar la cabeza en tu clítoris, ahora un poco más fuerte.
–¡Ummm! Me gusta... eso que estás... haciendo –me dices entrecortada la voz por tus suspiros.
Sé que en pocos minutos aullarás enardecida, pidiéndome que te penetre hasta lo más profundo de tus entrañas. Quiero que me supliques, que me ruegues, que me implores. Deseo enloquecerte, llevarte a los límites de la desesperación. Sólo entonces te tendré a mi merced y te poseeré a voluntad. Sigo subiendo y bajando por la raja. Tú empujas tus caderas hacia mí, queriendo engullir mi miembro por completo. Me detengo y presiono tu clítoris una vez más. Me ves hambrienta y te incorporas levemente.
–¡Penétrame! – susurras en mi oído con esa voz que se enronquece con la excitación.
Te beso y continúo masturbándote. Apoyo la cabeza en el clítoris y bajo muy lentamente por tu raja para luego subir por tus labios húmedos. Tu respiración se agita. Veo el movimiento cada vez más rápido de tu pecho. Cierras los ojos y me pides de nuevo que te penetre. No accedo, todavía no. Quiero que lo desees aún más, que te retuerzas de las ganas. Me miras extrañada, no has comprendido mi juego. Sigues empujando tus caderas hacia mí. Gimes. Vuelves a cerrar los ojos y murmuras:
Métemelo.
Accedo, pero meto sólo la punta y la saco rápidamente.
–¡No! –gruñes, molesta, para inmediatamente, pedir: –Métemelo. Te lo ruego, penétrame.
Al ver que no transijo, asestas un fuerte golpe al colchón y me lanzas una mirada de rabia.
Mé-te-me-lo –silabeas, enfatizando cada sílaba como si fuera una orden. Crees que cambiando de tono me vas a convencer, mas ese no es mi juego. Cuando lo comprendas y te entregues, tendrás lo que deseas. Sonriendo, te digo:
–Por un momento lo tuviste dentro. No más.

Intentas incorporarte para montarte sobre mí, pero te detengo poniendo una mano en el pecho y manteniéndote acostada. Siento tu desesperación y vuelvo a meter la cabeza, pero no me muevo. La dejo adentro y me quedo inmóvil.
–¡Ah! ¡No hagas eso! –exclamas furiosa.
La saco de nuevo y te pregunto:
–¿No lo quieres? –sólo para hacerte rabiar más. Para mi sorpresa, tus defensas se quiebran y me dices:
–¡Mételo, por favor! ¡Te lo ruego, mételo!
El tono de tu súplica no deja lugar a dudas. Sin embargo, quiero desesperarte todavía más. Ahora meto todo mi miembro en tu sexo ardiente y me quedo quieto. Tú tratas de moverte. Te tomo de las caderas y te inmovilizo. Un sollozo se quiebra en tu garganta y me miras suplicante.
–¡Cógeme como me gusta, coño! –al mismo tiempo, exigencia y protesta.
Lo saco del todo. Te tomo por las piernas, te alzo y con todo mi peso empujo mi miembro en tu interior. El sonido que sale de ti es primitivo; tus ojos se han convertido en dos flamas que abrasan cuanto ven. Vuelvo a sacarlo del todo. Te retuerces. Gimes.
–Cógeme –exiges. No lo pides, lo exiges.
Esta vez vuelvo con todas mis fuerzas. Siento que mi cabeza toca tu fondo y empiezo a moverme frenéticamente.
–¡Sí, sí, sí! –exclamas complacida.
Te embisto cada vez más fuerte, cada vez más rápido.
–Fuerte, dame fuerte –me pides.
Cuando embisto siento que mi miembro te llena por completo.
–Vengo –gritas y acabas en un orgasmo interminable.
Tiemblas como si tuvieras un ataque de frío y ramalazos de viento helado castigaran tu cuerpo. La cara se te crispa. Sacudes las piernas sin control. Intentas buscar más aire. Agitas los brazos. Mueves la cabeza de un lado a otro. Te estremeces. Vibras. Lloras, ríes, gimes, gritas. Me pides que te abrace y luego que te suelte. Agarras las sábanas con tanta fuerza que tus nudillos se ponen blancos. Incorporas el torso y vuelves a echarte sobre la cama. Aúllas mi nombre y susurras algo que no comprendo.
Yo no puedo detenerme. Tu frenesí me ha desesperado. Te abro más las piernas. Quiero atravesarte con mi miembro. Te atraigo más hacia mí y embisto descontrolado. Deseo que te duela, que se mezcle el placer y el dolor. Oigo tus quejidos, pero también las frases que repites enloquecida:
–Dame fuerte. Me gusta. No pares. ¡Fuer-te!.
Quiero atravesarte, pero ya no puedo empujar. En la desesperación saco mi miembro de tu sexo. Te tomo de los cabellos con fuerza y te obligo a levantar la cabeza. Sigues temblando. Pongo mi miembro frente a tu cara, como exigiendo que lo mames. Abres la boca gustosa y lo engulles. Chupas con fruición, sin parar ni un segundo. Te lo empujo hasta la garganta y lo saco sólo cuando estoy a punto de acabar. Te pido que tomes mi miembro con una mano y bañes tu boca, tu cara, tu pecho mientras yo restriego mi semen blanquecino y denso por tu piel.
Caigo exhausto a tu lado en la cama. Alcanzo a escuchar que murmuras algo, pero no sabría decir si has dicho "Te adoro" o "Te odio". Me da igual. Son solamente dos expresiones de un mismo sentimiento. Yo también te odio y te adoro con similar intensidad. Así te lo hago saber, al tiempo que estiro un brazo y te atraigo hacia mí.
Quiero sentirte temblar.

© 2006 by Stevan

 

 
Publicado por Stevan a las 05:00

Respuestas
28 Septiembre 2006 - 02:19
Enviar un emailjime
exquisita contienda de poderes..evocas hasta el aroma y la atmosfera..adoro experimentar esa pequeña muerte para volver a nacer y revivirlo conciente.. es un afiesta trastoca hasta casi con lo divino. fascinada me despido..un saludo.

Tamaño de letra
Sindicación
Publicaciones
Publicidad
 
 
Categorías
Enlaces